LOS INUNDADOS QUE SE REFUGIARON EN EL CEMENTERIO
La improvisada habitación que en el caos de las primeras horas posteriores a la invasión del Salado armó un grupo de inundados entre los ataúdes del segundo piso del Cementerio Municipal, fue sin dudas una de las fotografías de la tragedia más impactantes y difíciles de olvidar que publicó El Litoral.
Hasta ahora eran seres anónimos que en la desesperación por escapar del agua y encontrar refugio en un lugar seco se cobijaron junto a la muerte.
La presunción de que podrían vivir en el barrio San Pantaleón, dada la cercanía con el cementerio, fue acertada. En Gaboto 5050 encontramos a la familia, y supimos que era de apellido Gómez. Con la foto tomada el último día de abril de 2003 en la mano consultamos a los vecinos hasta dar con Marisa Gómez, la mamá, que en la fotografía se ve sentada sobre la cama rodeada de algunos de sus hijos.
Cuando le mostramos la copia quedó petrificada y apenas atinó a decir “se me hizo un nudo en la garganta”, al tiempo que sus ojos se llenaban de lágrimas. “Trato de no recordar lo que vivimos el año pasado”, confesó estremecida ante un torbellino de vivencias que invadieron su mente luego de ver la foto.
Físicamente está distinta. Además de que su cabello creció, su cuerpo está a punto de parir una nueva vida. Al contar la fecha probable de parto que le indicó el médico, fue ella la que sorprendió: 29 de abril, es decir, hoy, un año después de la peor tragedia que vivió Santa Fe.
Seguramente desde hoy, o en unos pocos días, un nuevo hermanito alegrará la vida de Valeria, de 12 años; Daiana (9); Alberto (8) -los tres en la foto-; y de los más chiquitos, Eleonora (4) y Dalila (2).
COCINA ENTRE LÁPIDAS
La niña parada al pie de la cama es Daiana y tiene entre sus manos un pollito, que luego su madre cocinaba y servía como alimento entre cruces, flores marchitas y placas fúnebres. “Para comer en ese lugar tenés que tener un estómago…”, dijo Marisa.
Al ver la fotografía los chicos reconocieron “la campera de papi” y “la jaula donde teníamos los pollos que nos comíamos”.
Marisa recuerda que con la ayuda de un vecino llevaron las camas hasta el cementerio y las cosas más necesarias para los chicos. “Mi marido no quería dejar la casa y yo, que no podía creer que llegara tanta agua de golpe, me puse nerviosa cuando empecé a ver que la gente corría para todos lados, gritaba y lloraba. Los chicos estaban bien aunque un poco asustados”.
Ya instalados en el cementerio, Marisa estuvo tres días sin dormir. “Nunca me gustaron esos lugares, a pesar de que vivo cerca no me gusta entrar, y de noche, sin luz, es peor. Escuchaba ruidos y tenía miedo.
Pero cuando el agua irrumpió en su vivienda sólo pensó en buscar un lugar alto y seco para proteger a sus hijos. Y el cementerio fue, en medio de la desesperación, el refugio más seguro que encontró.
La tragedia en números
El 5 de mayo de 2003 los centros de evacuados alojaron a la mayor cantidad de evacuados: 75 mil personas, alrededor de 28 mil familias. A partir de ese día algunos comenzaron a regresar a sus hogares.
A un año de la tragedia hídrica, hay en La Tablada 150 personas viviendo en carpas. En los 3 barrios para inundados se reubicaron 1.820 personas, 84 familias en Loyola; 64 en Gorriti y San Lorenzo; y 150 en Callejón Roca.
Hasta hoy percibieron el pago de la reparación económica 383 personas, que recibieron en total 2.773.267 pesos. Sólo 2 personas rechazaron el cobro.
Todavía sin un hogar
En la búsqueda de las tantas historias que dejó la catástrofe y que fueron reflejadas por los fotógrafos del diario, hay muchas que aún hoy siguen siendo dramáticas. Son casos en los que la inundación agravó la situación de miseria y postergación.
Paola Barrios tiene 18 años y tres hijos. En junio del año pasado fue retratada con uno de sus pequeños en brazos, junto a su hermana Marcela, en el campamento de La Tablada. El reclamo, en plena emergencia, era por lo más elemental: colchones, abrigo, comida. El reclamo hoy es por una casita propia, como la que le dieron a otros evacuados que perdieron su vivienda.
“Me fui de la carpa porque en una tormenta se nos vino abajo, y los chicos se enfermaban a cada rato”, contó. El Litoral la encontró en un local del Movimiento Abolición de la Miseria, al fondo del barrio. Allí vive “de prestado” junto a sus hermanos y sobrinos.
“Por ahora tenemos un techo”, dijo la joven mamá, que sólo cuenta con un plan Jefes de Hogar para mantener a su familia. “Los 150 pesos nos alcanzan para unos días y después nos rebuscamos apilando adobe o `enllenando’ pisaderos para algún ladrillero”. Para ella la inundación fue otro obstáculo, aunque seguramente el más difícil, de los tantos que debió sortear en su joven vida de sacrificios.
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