LOS INVISIBLES DEL POP
Joe Messina abandonó la música hace más de treinta años y puso un lavadero de autos en un suburbio de Detroit. A menudo los clientes llegaban escuchando la radio, en la que se oía el familiar sonido de Tamla Motown, la fábrica de éxitos de Detroit de fines de la década de 1960, con lo cual el lugar se llenaba con el ritmo efervescente de una época más inocente en la que Stevie Wonder, Smokey Robinson y Marvin Gaye eran los reyes indiscutidos. Los acordes casi nunca entusiasmaban a Joe Messina, un fan del jazz de mediana edad que tenía poco tiempo para la afectación del pop. Sin embargo, Joe había tocado en cada uno de los temas que se escuchaban en la radio.
“Dicen que yo toqué en más sesiones de Motown que ningún otro —dice Messina—. Estuve ahí de principio a fin, y debo haber tocado en más de cien temas. Eran trabajos por dinero, por así decirlo. Completaban lo que ganaba tocando jazz en clubes como el Twenty Grand o el Chit-Chat”.
Esos clubes desaparecieron hace mucho y, en cierto sentido, también el jazz que se tocaba ahí, que quedó relegado a los márgenes por los caprichos de la moda. Los temas soul que tocaba Messina, sin embargo, perduran, y muchos se incorporaron al panteón de los clásicos del pop, como Heatwave, por Martha Reeves y the Vandellas, Signed, Sealed, Delivered (I’m Yours), por Stevie Wonder, y I Heard It Through the Grapevine, por Marvin Gaye. En todos Messina toca la guitarra pero si cualquiera de esos temas empezara a sonar ahora, no lo reconocería. “Es increíble, ¿no? —dice, como si a los 74 años acabara de percibir lo absurdo de la situación— pero así fueron las cosas. Eramos músicos de jazz y no nos interesaba el pop. Ahora me doy cuenta de que formamos parte de la historia del pop”.
Los músicos que contribuyeron a crear el sonido Motown en un pequeño estudio al que llamaban “Snakepit” (Nido de serpientes) eran conocidos como los Funk Brothers. Grabaron más simples exitosos que Elvis, los Beatles, los Rolling Stones y los Beach Boys juntos. Para el público, sin embargo, eran invisibles y anónimos. Hasta ahora. Su reconocimiento tardío se debe al documental Standing in the Shadows of Motown (De pie a la sombra de Motown), que se estrenó aquí esta semana. Allí, los Funk Brothers —los ocho sobrevivientes del grupo original de doce— vuelven a reunirse, acompañando a cantantes invitados como Chaka Khan, Bootsy Collins y Ben Harper. Las interpretaciones se alternan con recuerdos personales y un material fílmico de la época en que el pequeño sello Tamla Motown de Detroit, de Berry Gordy, era la fábrica de éxitos más importante del pop de fines de los 60 y principios de los 70.
El documental llevó diez años y fue posible gracias a Allan Slutsky, un músico que usa el seudónimo Dr. Licks y que a fines de los 80 escribió un libro sobre el más importante de los Funk Brothers, James Jamerson, el genio del bajo que dio al mítico sonido Motown su sello.
En el bar del Hotel Ponchartrain del centro de Detroit se nos suma Joe Hunter, 75 años, espléndido, con una camisa con motivos de leopardo y un gran sombrero Panamá. Es un dandy entrado en años y contrasta con la modestia del ítalonorteamericano Messina. Hunter tocó el piano con todos, desde John Lee Hooker hasta Curtis Mayfield, y llegó a Detroit luego de pasar por otro legendiario sello de blues, Chess Records, de Chicago. Habla del bajista casi con veneración. “Jamerson tomaba. Y cómo. Decía que tocaba mejor. El bajo de What’s Goin’ On, por Marvin (Gaye)… bueno, lo tocó tirado boca arriba en el piso del estudio”. Los dos se sorprendieron cuando Slutsky los contactó y les habló del documental. “Pensé que era sólo otro proyecto delirante más —dice Hunter riéndose—, por eso le pedí que me mostrara el dinero. Cuando recibí el cheque empecé a buscar un piano”. El tema del pago y los derechos empañó la reputación de Motown desde el primer momento. Berry Gordy, fundador del sello, era un empresario de la vieja escuela y nunca pagó a sus músicos más que el básico gremial a pesar de que cada tema alcanzaba el primer lugar en los charts.
“Berry tenía carisma y hablaba como los dioses —recuerda Hunter y toma su segunda copa de merlot aunque su médico le prohibió el alcohol—. Cuando me contrató, me dijo: ‘No tengo dinero, pero vamos a crecer juntos’. Yo debo haber sido la raíz que se hundía en la tierra mientras él florecía. Ganábamos diez dólares por tema. Le decían ‘básico’, pero era limosna. Pero me caía bien. Era como el rey Midas: todo lo que tocaba se convertía en oro”.
Motown, cuyo estudio en Detroit tenía sobre la puerta la inscripción Hitsville USA, era una empresa como cualquier otra: apuntaba a conseguir un máximo de ganancia con un mínimo de costos. La música de temas clásicos se grababa con un sistema improvisado de tres pistas que la empresa compraba con descuento al dj de una radio local. “Uno llegaba, el productor le daba una hoja con lo que tenía que tocar y se grababa en un par de horas —dice Messina—. Uno nunca sabía la melodía ni la letra, y por lo general nunca llegaba a escuchar el tema terminado”.
Motown era la quintaesencia del pop manufacturado, y de la magia. La mayor parte de los éxitos se sostenía en el ritmo de Jamerson y el baterista, Benny Benjamin, que murió de sobredosis en 1969. Lo sucedió Richard Allen, alias “Pistol”, del que John Lennon dijo: “Tocaba con tanta fuerza que sonaba como si estuviera golpeando con un árbol”. Motown se trasladó a Los Angeles a comienzos de los 70, y ese fue el principio del fin. “Ahí —dice Hunter— nos dimos cuenta de que nos habían dejado afuera del sueño”.
Berry Gordy vive en una mansión de Bel Air. Y los Funk Brothers que sobreviven ganaron dos Grammys por la banda sonora del documental. Hunter y Messina ocupan un lugar importante en Hitsville USA ahora es un museo dedicado a los años dorados del soul de Detroit. Volvieron a salir de gira y tocaron para “ese hombrecito de la Casa Blanca”, como dice Hunter con ironía. A Jamerson no le fue tan bien. Cuando la NBC grabó su celebración de los 25 años de Motown tuvo que comprarle una entrada a un revendedor para poder ver cómo se homenajeaba a las estrellas que él había acompañado. Murió poco después. “No tenía dinero —dice su hija en el documental—, y seguramente se sentía muy mal”. Su espíritu está presente en cada cuadro de Standing in the Shadows of Motown, cuyo título muy bien podría servirle de epitafio.
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