LOS NOCHEROS: DE AQUÍ, DE ALLÁ Y DE TODAS PARTES
El sol cae a pleno sobre los cerros y no hay nada que se parezca a un apuro aquí, a diez kilómetros de la capital salteña, en pleno ensayo de Los Nocheros. Galletitas dulces, pan casero, bizcochitos de grasa, gaseosas, algunas cervezas, cigarrillos y hojas de coca descansan sobre la mesa de pool que, también, soporta estoica un par de estuches de guitarra. Los hermanos Kike y Mario Teruel, Rubén Ehizaguirre y Jorge Rojas pasean despreocupados por el parque o trabajan (de a uno, de a dos o todos juntos) en los arreglos con su grupo de músicos. Cero nervio, cero estrés. Es notable, menos de dos horas por avión y ya la vida es otra.
Por estos días, Los Nocheros ensayan las canciones de Estado natural, su octavo trabajo discográfico, que llegará a las disquerías mañana. Puntillosos, arrancan por el primer tema del CD y siguen cronológico el orden de los temas. Pero, con los periodistas de Clarín en la base de operaciones, prefieren dedicarse a la tarea de ser buenos anfitriones, rol que manejan a la perfección.
Anteponiendo el él a cualquier nombre propio que digan (“el” Kike, “el” Mario), Los Nocheros conservan no sólo el acento salteño, sino también la tranquilidad de haberse hecho de abajo: de esas guitarreadas largas en casas de familia hasta las peñas; de las peñas a los festivales folclóricos de todo el país; y de allí recién a la conquista de la Capital. Por eso, el hecho de abrir mercados en lugares como Paraguay, Uruguay, Chile y más recientemente España y los Estados Unidos lo llevan como otro paso adelante en su carrera, algo de que sentirse orgullosos, pero sin perder la cabeza o la calma provinciana.
“Nosotros hemos tenido la suerte de llegar sólidos a la Capital, ya con el apoyo del público y los medios del interior —dice Kike, el nochero más “ejecutivo” y quien eligió vivir ocho años en Mataderos, sólo para trabajar en la carrera de la banda, mientras el resto continuaba en Salta—. Y lo mismo pasa ahora, que encaramos una carrera internacional y que tenemos la suerte de ser muy conocidos en la Argentina.”.
“Es muy lindo viajar diez días para hacer conocer tu música en otros países, pero después quiero volverme a mi provincia —tercia Rubén, que en la banda cumple los roles de compositor y una de las primeras voces—. Salta es la patria de la chacarera, la única música completamente argentina para mí. Tenés que quedarte una noche aquí, entre los cerros, y vas a comprender el sentido de la chacarera.” Mario —el cerebro musical nochero, también con toda su vida vivida en Salta— siente algo parecido: “Creo que no dejaría Salta nunca. Dios quiera que no vaya a existir alguna cuestión de fuerza mayor para que me tenga que ir, porque se quedaría un pedazo de mi vida acá.”
Jorge —la otra primera voz de Los Nocheros y también un factor importante en la composición— vivió toda su infancia en el Chaco salteño, pero ahora está en Nisacato, Córdoba. “Es un sitio en donde hay una finca y la otra está a tres kilómetros. Es lo que busqué cuando me fuí de acá, un lugar tranquilo, en el campo.” Entonces, ¿qué pasa con la fama y lo que trae aparejado, las luces de la gran ciudad? Kike responde: “Soy un enamorado de Buenos Aires, me tuve que volver por una cuestión de seguridad (N de la R: dos años atrás secuestraron a su esposa), pero en el disco mi foto es al lado del Obelisco.”
Vamos entonces a Estado natural, o mejor a por qué eligieron ese título para su nuevo álbum. Todos, por separado, concuerdan en que explica a la perfección el momento por el que están pasando, como individuos y como banda. Para Jorge es porque “después de quince años de cantar, estamos bien asentados. Y nos hemos puesto sensibles con nuestras canciones y repertorios”. Mario cree que el estado natural de Los Nocheros es “sentir el folclore y la música nuestra con el sonido que tenemos. Tiene más que ver con la parte interior que con la exterior”. “Por ahí, con ese vértigo de cantar, de ir a medios, de promocionar un disco, el estado natural de un artista se pierde —ahora quien toma la voz cantante es Kike—. Pero creo que en nuestro caso no pasa y que estamos en condiciones de mostrarle a la gente lo que queríamos cantar, queríamos mostrarnos como somos.” Rubén lo vende bien: “Cuando hemos terminado el disco, nos gustó. Y eso es lo primero. Así también es el método para elegir las canciones: las que nos paran los pelos a los cuatro, son las que van al disco.”
Juran y perjuran que son “amigazos” y que, estando los cuatro en Salta, son varias las noches en que terminan juntos en alguna guitarreada por esas cosas del destino. Más allá de que muchas veces coincidan en La Panadería, la peña folclórica de Mario, en la que puede comerse el mejor locro de la provincia.
Pero sorprenden cuando mencionan que más de una vez han cantado por separado. Y ningún repertorio nochero. A Kike le gustan las canciones del viejo rock nacional y al primero que menciona es a Roque Narvaja (“eso es porque ha estudiado en Tucumán y allí mamó esa movida”, chicanea con gracia Rubén). Jorge —un consumado productor, entre otros, del Chaqueño Palavecino y los Carabajal— prefiere siempre un repertorio romántico de zambas, chacareras y boleros. Mario también es “zambero” y enseguida habla de la tradición: Jaime Dávalos, el Cuchi Leguizamón, Manuel Castilla. Rubén va un poco más allá, precisamente a la música que escuchaba de chico: “Mi viejo, de Piero, Quique Villanueva, Beto Orlando, Los cuatro soles, Los terrícolas o algún tango trasnochado, tipo Los mareados”. Eso sí, dicen el cuarteto, nada de emprendimientos solistas de verdad.
Al momento de las fotos, se les pregunta cómo se llama el cerro que tienen a sus espaldas. Mario, picardía provinciana, responde: “No tiene nombre. Tenemos tantos cerros por acá, que no podemos nombrar a todos.”
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