LOS NUEVOS HIPPIES
Argentina, mayo, 1971. En el sillón presidencial estaba sentado el general Agustín Lanusse. Las comisarías incluían servicio de coiffeur. En el Teatro Argentino, propiedad de Alejandro Romay, un público cincuentañero llevaba prismáticos para ver los desnudos de Hair. Un musical espejo del movimiento hippie en el que, entre otras cosas, se condenaba a la sociedad de consumo, mientras sus productores facturaban millones de dólares en las 45 ciudades del mundo donde se representaba.
Hoy que la traducción capilar de lo alternativo son las “crestas” de las modernas peluquerías de Palermo Viejo, y que el mayor rasgo de tribu es la devoción palermitana por el diseño, el musical vuelve a presentarse en la calle Corrientes. ¿Anacronismo? ¿Capricho? ¿Voluntad de rescatar “lo mejor de una época”? ¿Falta de nuevas ideas?
“Creo que esto es colaborar con un granito de arena en el movimiento por la paz”, asegura el director Rubén Elena, mientras cuenta que al mismo tiempo, el musical u ópera rock se repondrá en los Estados Unidos.
Es que la obra escrita por dos actores del off Broadway, Gerome Ragni y James Rado, resultaba, entre otras cosas, un alegato en contra de la guerra de Vietnam. La escribieron una noche otoñal de 1965 después de ver a 600 jóvenes hippies protestar en el Central Park de Nueva York contra esa guerra.
Por la entrada del teatro Premier, deambula un joven que parece transportado directamente de aquella marcha. Vincha en el pelo largo, chaleco y jean. Adentro, en la sala y sobre el escenario Ruben Elena da instrucciones a los integrantes del elenco, 30 jóvenes actores, bailarines y cantantes, elegidos entre un cásting de 1261 postulantes.
La escenografía es exactamente la misma que la de la obra original, estructuras metálicas para que los jóvenes se trepen por doquier, expresando la libertad con esos típicos movimientos años 70, mezcla de animalidad y danza contemporánea, una bandera gigante de los Estados Unidos en el fondo y un auto a un costado donde se ubicará la banda de 10 músicos que tocarán en vivo.
Elena reproduce técnicas utilizadas en los ensayos de 1971 para crear el aire de “tribu” necesario para la representación. Es que la obra cuenta la historia de jóvenes neoyorquinos que decidieron irse a vivir en comunidad.
Ubicados todos en ronda —incluida Jaqueline Evans, esposa de Elena y productora ejecutiva de la obra—, se toman de las manos, conversan de lo que les pasa en escena, lo que quisieran, después todos se besan y abrazan.
Fue el mismo Elena quien, 32 años atrás consiguió en Nueva York que los autores le permitieran hacer la obra en Argentina. Por entonces Elena tenía 25 años y estaba estudiando en Roma. La modalidad de los dos hippies autores era quedarse con el 50% de la recaudación en cada parte del mundo que se representara.
Al volver a la Argentina, en 1971, el joven director mantuvo reuniones con Alejandro Romay —dueño de Canal 9 y del teatro Argentino— y Daniel Tinayre. Ellos aceptaron producirlo.
¿Y no les parecía contradictorio unirse al establishment? “Claro, pero son dos cosas diferentes, un tema es el espíritu de la obra y otra la producción comercial del musical”, responde el director dando muestras de un férreo sentido práctico.
En aquel momento, una de las exigencias del contrato señalaba que el elenco debería estar integrado por personas afines al movimiento, que hayan pasado por las experiencias psicodélicas de rigor, dieta macrobiótica, vida comunitaria.
Por eso el mismo director de la puesta de Broadway, Michael Butler, salió a buscar hippies por las playas de Villa Gesell, Pinamar, Mar del Plata y Uruguay. Uno de ellos fue Horacio Fontova que estaba trabajando en un parador de Villa Gesell (Pajarraco) por la comida. Otro, aunque en Uruguay, fue Rubén Rada.
Según Elena, hasta Alberto Spinetta se presentó a la audición pero no quedó porque su registro no coincidía con el del protagonista. El que tampoco quedó fue el mismo Elena, que se apartó de la dirección poco antes del estreno, según él porque Romay “me quería imponer gente de su canal, que no tenía nada que ver con el espíritu de la obra”.
Agustín Cuzzani y Roberto Villanueva se encargaron de la traducción y adaptación. La coreografía la hizo Marilú Marini, habitué del vanguardista Instituto Di Tella que en el 69 había sido clausurado por Onganía. Terminó la tarea el coreógrafo Fred Reinglass, que había montado la obra en todo Estados Unidos. Una astróloga determinó la mejor fecha para el estreno. El 7 de mayo de 1971.
La obra que anunciaba la llegada de la “era de Acuario” y propugnaba el amor libre, iba segunda en recaudaciones en Buenos Aires, después de la revista El Maipazo del año, que encabezaban José Marrone, Nélida Lobato, Jorge Porcel y Don Pelele.
Con esa muestra de tolerancia que nuestra sociedad siempre supo dar, a la calle del teatro comenzaron a llamarla “la calle de los locos”. “En la vereda de Bartolomé Mitre al 1400 personajes como éstos se están multiplicando”, decía un epígrafe de un diario que mostraba a dos jóvenes. Según cuentan eran apresados cuando iban a comer.
Mientras unos jóvenes soñaban con el amor libre, otros tenían un sueño más concreto y comunitario: que Perón vuelva y los ayude a instaurar la patria socialista.
Fueron tres meses de éxito hasta que algo comenzó a andar mal. De pronto, en las representaciones, los hippies actores declamaban frases como “¿Y vos mañana venís?”. Y otro respondía: “Si nos pagan lo que pedimos, sí”. El reclamo era coherente con sus ideales: tener todos el mismo cachet de 180 mil pesos moneda nacional. “En 60 días termina Hair por irreverencia gremial de hippies que no lo son tanto”, anunció un diario que ventiló el asunto.
Como respuesta, Alejandro Romay insultó a los intérpretes y a sus familiares directos. Según él aceptar eso sería establecer un precedente irreverente. Sin embargo más tarde, ya sosegado, decidió hacer caso a los reclamos, aunque sólo por dos meses.
Al año siguiente, la tribu de Hair había sido reemplazada por caras y nombres conocidos: Johnny Tedesco, María José Demare, Adrián Lobato, Valeria Lynch, Maico Castro Volpe (la hija de María Concepción César) y otros. Siguió haciéndose hasta 1974.
Hoy ese punto del cachet comunitario no será un problema, todos aceptaron cobrar de acuerdo a su protagonismo.
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