LOS PIBES LO TENÍAN GANADO Y SE QUEDARON SIN EL PREMIO MAYOR
Se fue la ilusión. Y ese llanto y esas corridas y empujones llenos de impotencia en el final del partido no hace más que demostrar que da más bronca porque el partido parecía controlado. Porque los pibes lo tenían cuando se fueron al descanso para encarar luego el segundo tiempo, con seriedad, pero con una gran tranquilidad futbolística. Pero la madurez demostrada por este equipo argentino hasta ayer se fue de golpe. Un pecado de juventud hizo que en 5 minutos ese 2 a 0 pasara a transformarse en un peligroso 2 a 2; y otro exabrupto hizo que, además, tres minutos después el equipo se quedara con un hombre menos. Demasiado golpe y demasiado rápido para asimilarlo…
Lo cierto es que Argentina se había ido al descanso con una exagerada ventaja de dos goles ante España. Porque —si se analiza con frialdad— hasta el empate hubiera estado bien en esos primeros 45 minutos. Pero a los tres Garay fue a buscar una pelota casi perdida en el segundo palo metiéndola dentro del área chica para que Biglia la empujara al 1 a 0. Y a los 30, cuando España se venía, Garay cabeceó al gol y junto al palo para poner un 2 a 0 exageradísimo, pero contundente.
Argentina no tuvo problemas con la cancha. El césped sintético impedía el traslado normal de la pelota porque, de repente, la hacía más rápida o, de repente, la frenaba. Pero ninguno de los dos equipos pareció sentirse molesto por el campo de juego.
Lo claro es que todos los antecedentes acumulados por este conjunto dirigido por Hugo Tocalli daban el partido como cerrado tras ese 2 a 0. Faltaba todo un tiempo, es cierto, y el fútbol tiene de especial eso de dejar el resultado abierto siempre, pero hasta ayer a la Argentina no le habían convertido goles y tampoco la habían complicado demasiado los rivales. ¿Cuál fue el error entonces? ¿Cómo se dio vuelta todo? Argentina salió a enfriar tanto el segundo tiempo que al final fue todo el equipo el que terminó entrando frío. Y ahí aparecieron los pecados de juventud ya citados. Ahí Argentina no supo ni pudo controlar el aluvión español que se sabía que iba a venir. Fueron 4 minutos furiosos y dos goles clavados para empatar el marcador, pero para golpear desde donde más duele: el estado anímico. Y, además, con el problema adicional que provocó la expulsión de Cardozo, que fue a un costado bien fuerte producto justamente por la calentura del momento.
Y cambió todo. España arrancó el segundo tiempo 2 a 2 y con un hombre más. Fue y fue. Buscó y buscó. Con Jurado y Cesc como abanderados con la pelota al piso y tratando de jugar siempre. Mientras, Argentina corrió y corrió. Metió y metió. Aguantó bien cerca de Ustari y renunció a atacar para apostar a los penales…
Y Ustari se fue haciendo figura al salvar un par de situaciones comprometidas. Y de repente, a 8 minutos del final del segundo suplementario, el árbitro sueco —pésimo al penar más severamente que se tirara una pelota un metro lejos del lugar de la falta en vez de sancionar como correspondía la reiteración de patadas de los españoles— expulsó a Ruz y Argentina por fin pareció respirar de tanto asedio. Error. Cesc, el mejor de la cancha, encaró a Acevedo dentro del área, encontró el hueco y le dio fuerte y arriba para clavar el 3 a 2. Y sentenció todo. Y apagó el sueño argentino.
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