LOS PIBES PAGARON EL PRECIO DE LA PRESIÓN
Es curioso: ese circuito tan atractivo, que viene ofreciendo victorias argentinas con frecuencia semanal, es el mismo que acaba de ensañarse con las mejores ilusiones. Las bajas por lesión de Coria y Nalbandian lo convirtieron de un día para el otro, de atrapante a cruel. De excitante a inhumano.
Es ese mismo circuito el que asistió a la explosión de aquellos dos pibes que, se veía, serían campeones. Uno, Coria, fue recibido con toda la pompa por empresarios y analistas, castigado luego con una controvertida sanción por doping, reverenciado finalmente en alemán y en polaco. Y ahora lo devuelven desgarrado, después de un Abierto de Estados Unidos que tuvo algo de cinismo en su organización y cierto morbo en su predilección por los tenistas locales.
El otro, Nalbandian, fue tentado por la zanahoria del Masters. Un problema en el recto abdominal lo tuvo a maltraer desde Wimbledon. Y otro, decisivo, en la muñeca izquierda, lo sacó del camino cuando su potencia amenazaba con aguarle la fiesta al torneo del millón de dólares.
¿No tienen algo de culpa los pibes? Con las lesiones confirmadas e irremediables, resulta fácil conjeturar: un retiro a tiempo en Nueva York acaso habría bastado para que las distensiones no fueran desgarros. Diez días de reposo habrían servido para el milagro de la recuperación y la posibilidad de mantener la esperanza de ganar en Málaga. Pero hay que volver al circuito para entender el fondo de la cuestión…
Un tenista profesional es una empresa ambulante. Hay contratos que cumplir, managers que prevén cada movimiento, colaboradores que viven de sus triunfos, competencias a las que no se puede faltar. Y miles de dólares que se juegan en cada partido. De ellos se nutre el circuito profesional hoy y de ese circuito, a su vez, surgen buena parte de las ganancias de los jugadores.
Y entonces, aunque representar al país resulte fascinante, y aunque los dos se hayan cansado de hablar del orgullo y la emoción que se siente al jugar la Davis, es el jugador profesional el que le gana la pulseada al tenista del sueño celeste y blanco. Y entonces, como Coria, habrá que dejar todo en la cancha ante Andre Agassi por más que el cuerpo pida un parate. Y como Nalbandian, será necesario soportar el dolor abdominal y disimular una molestia en la muñeca para darle pelea a Roddick y seguir aspirando a un lugar en el Masters.
Lo saben quienes los conocen: sus ganas de jugar la Davis son bien sinceras. Pero sus ganas de triunfar cada semana y de ganar dinero en la corta vida del tenista de elite, son tan genuinas como aquel espíritu amateur. Por eso aceleraron a fondo en ese circuito que se los devora. Y que nos dejó con las manos casi vacías.
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