LOS POEMAS DEL ABUELO
¡De que callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera la primavera !
¡Yo, muriendo!
¿Quién le dijo que yo era
risa siempre, nunca llanto,
como si fuera la primavera?
¡No soy tanto!
El temple rítmico del son corría por sus versos. Su voz trabajaba todos los registros, desde el réquiem tristísimo del llanto hasta el trino invencible de la alegría. Los repiques de los tambores de su poesía traían los sueños libertarios ancestrales de los africanos y la guitarra, que alguna vez fue látigo en su isla, se transformó con rimas en los arpegios del pueblo cubano. Aquel poeta mayor de la patria grande latinoamericana se llamaba Nicolás Guillen.
En la provincia cubana de Camagüey, el 10 de julio de 1902, casualmente el mismo año que Cuba iniciaba su vida como país independiente, nació un negrito que se convertiría en el poeta más importante en la historia en la isla caribeña. Hombre que nunca olvidó su ciudad natal y que en uno de sus versos llamado “Elegía a Camagüey” la hizo eterna.
¡Oh Camagüey, oh suave comarca de pastores y sombreros!
No puedo hablar pero me grita la noche este misterio
No puedo hablar pero me obligan el perfil de mi padre, su índice de recuerdo
No puedo hablar pero me llaman su detenida vos y el sollozo del viento
¡Oh Camagüey, campo santo, campo santo, santo, santo
beso tu piedra secular, tu frente ennegrecida
piso con mis zapatos de retorno, con mis pies de ida y vuelta
el gran reposo de tu pecho
Nicolás Guillen creció en un hogar donde en su niñez, los libros y la comida nunca faltaron. Su padre, había participado en la guerra de la independencia cubana; fue senador por el partido liberal y también se desempeñó como periodista. Pero cuando Nicolás tenía 15 años, la familia Guillen sufrió un golpe terrible: el ejército cubano asesinó a Don Nicolás Guillen, durante la represión de una revuelta política ocurrida en 1917. El poeta recordaba en uno de sus escritos aquel triste período de su vida: “Mi padre murió en el 17’, en un acontecimiento histórico de Cuba al que llamaron ‘La asonada de La Chambelona’. Y dejó a mi madre con seis hijos, de los cuales yo era el mayor. Fue una pelea terrible, pues como los conservadores eran dueños del poder, con su más feroz caudillo, Menocal, en la presidencia de la república, nos negaron de inmediato la sal y el agua: Embargaron la imprenta que mi padre tenía y la utilizaron para editar sus propios periódicos. Durante mucho tiempo la única entrada que mi madre recibió fue una pequeña pensión que le venía como viuda de mi padre, que fue soldado en la guerra del 95, es decir, del ejército libertador”.
Años después, el poeta tuvo un paso fugaz por la Universidad de la Habana, en la carrera de Derecho, pero abandonó al poco tiempo de haber comenzado. Volvió a su Camagüey natal y comenzó a trabajar como periodista, profesión que le permitía hacer lo que más le apasionaba: escribir. En los años 20’ publicó en diarios y revistas sus primeros versos. Luego de un tiempo de trabajo en Camagüey, se mudó a la Habana. Allí intensificó sus relaciones con escritores e intelectuales de todo el mundo. Algunos de sus amigos ilustres de aquellos tiempos fueron Federico García Lorca y el poeta negro norteamericano Langston Hughes, cuya influencia sería sumamente importante para la obra de Guillen.
Su gran debut literario fue en 1930, cuando su poesía irrumpió en las letras cubanas al publicar en el diario de la marina, “Los motivos del son”. Nicolás Guillen comenzó a tomar como protagonistas en aquel poemario a los hombres y mujeres del pueblo cubano, a los negros, a los humildes, a los que nunca había entrado en las hojas de las bellas letras. Y también se colaron en su poesía las expresiones del lenguaje popular.
El ensayista y poeta Roberto Fernández Retamar escribió alguna vez estas palabras sobre la aparición de “Los motivos del son”: “Creo que pocas veces, en la literatura de un continente, un número tan pequeño de poemas ha provocado, al momento de su aparición, igual alboroto. Nicolás Guillen había entrado con pie derecho, bailador y ruidoso, en la historia de nuestras letras…”
Desde su juventud, Nicolás Guillen participó intensamente en la vida cultural y política Cubana. Su afiliación al partido comunista le costó en la década del 50’ la persecución y el exilio en varias ocasiones. Buenos Aires lo cobijó en aquellos grises días de su historia. Y nuestra querida Santa Fe, se rindió a sus pies en 1958, cuando la naciente escuela de cine documental, con Fernando Birri a la cabeza, lo convocó para brindar un recital de poesía y se enamoró de aquel sonriente personaje.
Pero el 1 de enero de 1959, las noticias del triunfo de la revolución cubana lo sorprendieron gratamente en Argentina y de forma inmediata viajó a Cuba. Sólo dos años después Guillen fue elegido presidente de la unión de escritores y artistas de Cuba, cargo que mantuvo hasta su muerte.
El asesinato de Ernesto “Che” Guevara en aquel Octubre triste de 1967, en una escuelita pobre de Bolivia conmovió a innumerables escritores y poetas de todo el mundo, pero Nicolás Guillen fue uno de los que más se desangró en versos por la muerte de aquel hombre.
“…. Estás en todas partes. En el indio
hecho de sueño y cobre. Y en el negro
revuelto en espumosa muchedumbre,
y en el ser petrolero y salitrero,
y en el terrible desamparo
de la banana, y en la gran pampa de las pieles,
y en el azúcar y en la sal y en los cafetos,
tú, móvil estatua de tu sangre como te derribaron,
vivo, como no te querían,
Che Comandante,
Amigo”.
Durante sus prolíficos 87 años, Nicolás Guillen mostró su compromiso con la patria cubana y latinoamericana, con sus hermanos de raza, con todos los desheredados del mundo y fundamentalmente, con la creación poética. Luego de una larga enfermedad, la muerte lo encontró el 16 de julio de 1989, en su querida Cuba.
Pablo Neruda, alguna vez describió con estas palabras la relación entrañable que existía entre la isla y el poeta: “Cuba es un punto de la tierra rodeada por todas partes por el mar y por la poesía de Nicolás Guillen. Allí los brazos y los vasos, las palmeras y las caderas, los vientos y los cuentos tienen el perfume ácido, salado y azul de la espuma antillana, y propagan un sonido de plata fina y cascabel silvestre; son sonidos que Nicolás Guillen recibió como herencia en la sangre o donación que el hizo de su activo corazón, haciéndolo patrimonio sonoro de su pueblo”.
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