Los puesteros arrasados en La Salada denuncian a policías, barras y autoridades
Pagaban unos $500 pesos por jornada para trabajar en la calle y ahora no saben qué hacer; esta noche venderían en modalidad de “manteros”.Lo primero que aclara Gabriela es que no se llama Gabriela. Tiene tantas ganas de hacer saber lo que pasa con los puestos desalojados anoche como miedo a sufrir las represalias. Le apunta a los que toman decisiones en los alrededores de La Salada, sean policías, vecinos, barras de distintos clubes o las mismas autoridades de la feria.
Hace más de cuatro años que Gabriela, o como se llame, tiene su puesto de comidas sobre una de las cortadas que rodean La Salada, “el mercado negro más grande de Latinoamérica”, según un informe elaborado por el Departamento de Comercio estadounidense. En los puestos no conocen el documento y sólo se preocupan por juntar los casi 500 pesos que necesitan cada jornada para pagar el alquiler de un puesto de un metro de ancho. Eso incluye luz, limpieza y $30 de una seguridad privada que rara vez responde cuando hay problemas.
Gabriela trabajaba sobre “La Ribera”, donde en enero de 2011 dos hombres murieron en medio de un enfrentamiento. El municipio decidió levantar los puestos y la mujer, de 28 años y dos hijos, tardó varios meses en volver a trabajar. Hasta hoy lo hacía sobre una de las arterias arrasadas por las topadoras. No sabe qué hará esta noche.
Tampoco lo saben Rodolfo y Juanita, que cuidan juntos el montón de hierros doblados en que se convirtió su puesto. Desde hace cuatro años, la edad de su hija Valentina, venden ropa tanto a vecinos como a comerciantes de la Capital y de distintas provincias, que llegan en incontables micros para hacer “El tour de La Salada”, llevar mercadería barata al interior y revenderla.
Como cada madrugada de martes, jueves y domingo, esta noche pensaban abrir para juntar, primero, la plata del alquiler del puesto, y después empezar a pensar en comida, transporte y el alquiler de $1500 que les cobran por un cuarto en Camino de Cintura.
“Dicen que esto lo hacen por la inseguridad y es cierto. Acá todo de mueve en efectivo y la gente que viene es un blanco fácil para los ladrones. Entran con plata y salen con mercadería. Siempre tienen algo para que les roben”, reflexiona otra mujer, que tampoco quiere dar su nombre, al costado de un impactante cementerio de chatarra, que todavía no fue juntado por los camiones oficiales ni por los carros que se acercan desde anoche para llevarse lo que sirva.
Policías, barras y autoridades
Así quedó la zona donde estaban ubicados los puestos. Foto: Fernando Massobrio
“Acá todos saben que los que deciden son barras. De River, de Boca y de San Telmo”, agrega la mujer, pero aclara que no son los únicos responsables de las irregularidades que se dan tres veces por semana a la orilla del Riachuelo. En suma, cada vez que abre la feria.
“Ni las autoridades municipales ni la Policía hacen nada. Están arreglados y tienen los mismos intereses, que son económicos”, denuncia, y cuenta que hace poco, luego de la muerte de un hombre cerca de allí, un grupo de vecinos fue hasta La Comisaría 10° de Ingeniero Budge y allí les recomendaron “no hacer la denuncia” para evitar “represalias”.
Varios de los señalamientos de los puesteros van también hacia el empresario Jorge Castillo, responsable de La Salada, quien esta mañana destacó que los puestos arrasados “son parte de la parte ilegal” del predio.
“Hasta noviembre, esa parte estaba libre, pero luego vino el descontrol y se llenó de puestos”, sostuvo Castillo en diálogo con TN. Tres vendedores coincidieron al señalar que las topadoras se movieron sobre la cortada Araña Goiri y se detuvieron a metros de la vereda donde comenzaban los locales del empresario.
¿Qué pasará esta noche?
Entre los puesteros esta mañana reinaba la incertidumbre sobre el futuro, pero la mayoría coincidió en que no pueden dejar de trabajar y que, esta noche, la única opción será acomodarse en alguna parte. La feria abrirá en la madrugada y varios ya pensaban la forma de acomodarse en la calle, bajo la modalidad de “manteros”, pero a su vez temían ser sacados por la fuerza.
Fuente: La Nación
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