LOS PUNTOS Y LAS DUDAS
Conjugar el verbo sumar no es malo para Colón ni para Unión, aún cuando los sabaleros sumaron de a tres y los tatengues de a uno. Sirve, sí, pero la realidad de los rendimientos contrasta con la realidad de los resultados. Ambos lucen mejor en la tabla que en la cancha.
En el entretiempo, muchos ni silbaron. Hay un reproche peor que los silbidos para un equipo: la indiferencia. El público de Colón se sentó indiferente a esperar el inicio de la segunda mitad. Como si estuviera convenciéndose que este equipo, del que esperaban más, no está capacitado para dárselo. Pero esto es materia discutible. No se puede saber si Colón es más que lo que ha mostrado hasta ahora. Pero sucede que antes nadie dudaba de que era más y ahora muchos lo ponen, con razón, en tela de juicio. No obstante, Colón le ganó con justicia a Estudiantes, lo que no quiere decir que haya jugado bien. Vamos a obviar el primer tiempo, porque entre Colón que no podía y Estudiantes que jamás quiere, levantaron bostezos y nada más. Ya en la segunda mitad, Maturana puso línea de tres, regresó a Fuertes y sumó a Héctor González al medio. Una buena idea, que no iba a prosperar porque el venezolano se pasó de revoluciones y se tuvo que ir expulsado. Y vuelta a cambiar de planes, ahora sin Giovanni justo cuando éste había levantado, ahora con Romagnoli, ahora con la misma escasez de ideas de siempre.
Pero a Colón le alcanzó en el último minuto, más por lo que no hizo Estudiantes, que jugó 25 minutos con un hombre de más y jamás quiso pasar la mitad de la cancha, que por lo que hizo Colón, al que su propio técnico acabó elogiándole la actitud, como si esa virtud no tuviera que ser implícita.
Se fue la tarde con dudas y con festejos. Merecidos festejos, en caliente. Para la reflexión en frío, en función de un equipo que, si para muestra basta un botón, erigió en figura del rival al veterano y lento Fabbri y está necesitado de la dinámica de Romagnoli, al que hace poco ni siquiera consideraban.
Unión jugaba un partido bisagra ante Defensores. Unión debía demostrar y demostrarse que no era uno más de los que hay en este certamen. Tenía que elegir entre olvidar la tabla del descenso y mirar solo para arriba (si ganaba era escolta) o seguir entre los que hacen un culto de la irregularidad. Y lamentablemente eligió este último camino. A esta altura, conviene decirlo, no lo eligió por propia vocación, sino porque no le queda otra. Es decir, Unión es un equipo más de los que hay en el Nacional B: es irregular, puede ganarle a cualquiera pero también puede perder con cualquiera, tiene lagunas dentro de un mismo partido, cae anímicamente ante la primera adversidad. Con Defensores, un equipo que no ganaba hacía un año como visitante, pudo cambiar. Pero no tuvo cómo hacerlo. Rescató un punto, merecido punto por lo que fue el partido, pero no lo suficiente como para cumplir con el objetivo inalcanzable para muchos, de ganar tres partidos seguidos. Sin fútbol, preso de arrebatos, a veces alcanza pero la realidad indica que, por lo general, no sirve. Y ante Defe no sirvió. Hubo un rato de primer tiempo para ilusionar, para pensar que Unión iba a optar por mirar la tabla solo para arriba, porque dominó, porque empezó ganando, porque tuvo presencia en el área rival y no pasó zozobras en la propia, pero luego se pareció demasiado a un equipo de este torneo y lo pagó caro.
Ahora hay que barajar otra vez en medio de un maso de naipes que guarda cualquier carta para cualquiera, hay que volver a la inestabilidad emocional, hay que volver a lo que ha sido casi siempre una constante. Y mirar más el promedio que al líder. Una pena, porque lo tuvo servido y no pudo aprovecharlo.
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