LOS SANTAFESINOS MARCHARON NUEVAMENTE HACIA SAN CAYETANO
Como año a año ocurre en Santa Fe, y en cada ciudad del país, la festividad de San Cayetano, volvió a congregar a miles de fieles en los distintos templos dedicados al patrono del trabajo.
La Parroquia de San Cayetano, ubicada en Padre Genesio 1644, en el barrio de Guadalupe Oeste, abrió sus puertas a las 0 del sábado, dando comienzo con el rezo del rosario y luego celebrar la primer misa del día.
Se realizaron distintas misas durante todo el día, y luego, a las 19, tuvo lugar la peregrinación y la misa central, a cargo del Arzobispo santafesino, José María Arancedo.
EN ROSARIO
Bajo un sol radiante que apenas lograba mitigar los rigores de la fría tarde de ayer, el arzobispo de Rosario, monseñor Eduardo Mirás, dirigió un mensaje en el que fustigó la avaricia, el egoísmo y la falta de solidaridad de nuestra sociedad, contrastando estos males con la obra y el mensaje de San Cayetano, “un hombre entregado a hacer el bien a los enfermos y los necesitados” que rechazó las riquezas materiales para darse a los demás. “Que el hombre viva con dignidad en una sociedad de hermanos no es una utopía, es una conquista que siempre tenemos que intentar. Un mundo de solidaridad, ése es el secreto de la vida cristiana”, señaló Mirás durante la misa de campaña celebrada ayer en la plaza de la Libertad, con motivo de celebrarse el día de San Cayetano, ante más de cuatro mil fieles que llegaron hasta ese lugar tras la peregrinación que se inició poco después de las 15 desde Buenos Aires al 2100, donde está ubicada la iglesia que lleva el nombre del santo.
A la hora de la lectura de las intenciones, la desocupación tuvo un lugar de privilegio, y también la solidaridad con el pueblo paraguayo por el incendio que cobró cientos de vidas. “Por todos los que viven angustiados por penurias económicas”, se pidió, junto con una apelación a la honestidad de los dirigentes.
Una columna de fieles de casi cuatro cuadras de longitud se desplazó lentamente desde el templo a la plaza, cubriendo el recorrido de poco más de seis cuadras en media hora, siempre detrás de la imagen del santo, que se erigió sobre un vehículo cedido por una cochería y estaba custodiada por un cordón de cadetes de la policía. Durante el trayecto se entonaron canciones litúgicas y rezos. Y no faltó el ya tradicional agitar de pañuelos con que se saluda al santo, que se disparaba una y otra vez produciendo una suerte de blanco aleteo sobre las cabezas de la grey.
Pese al frío, muchos fieles se descalzaron para realizar la peregrinación. Algunos no se quitaron las medias. Pero otros se le animaron al gélido asfalto con los pies desnudos. Las espigas, las estampitas y los pañuelos al aire se mezclaban con los abrigos, las bufandas y los gorros con que los fieles se cubrieron del frío. Las oraciones y las canciones litúrgicas, por su parte, sonaban interrumpidas por el canto de los vendedores ambulantes, que intentaban liquidar sus existencias de mercancías ante el inminente fin de la fiesta.
“Hay que proteger a la sociedad del egoísmo y la falta de hermandad que hoy padece. San Cayetano fue un ejemplo de caridad con los más pobres”, dijo Mirás desde el palco erigido en la plaza de la Libertad, de frente a calle Mitre. “La humanidad está herida por el egoísmo y la avaricia, que produce desequilibrios en la sociedad”, agregó Mirás antes de reiterar “un llamado de atención frente a la codicia” y condenar la tendencia actual de aferrarse a las riquezas.
“Los bienes materiales deben fructificar en bien de todos. Entre todos podemos hacer un mundo más amable”, aseguró Mirás insistiendo sobre lo que fue el eje de su mensaje y de toda la misa, que comenzó con la lectura del pasaje del Evangelio según San Mateo donde se afirma que nadie puede servir a dos señores al mismo tiempo: “No se puede servir a Dios y al dinero”.
“San Cayetano imitó la forma de vida de los apóstoles. Estaba encendido en los ardores de la caridad”, dijo Mirás sobre el final de su mensaje. La misa de campaña comenzó poco antes de la 16, cuando ya todos los peregrinos se había acomodado en la plaza, –en la que había equipos de sonido que permitían seguir la misa desde todos los rincones– y terminó unos cuarenta minutos más tarde. Poco antes del final, la realidad social más inmediata se hizo presente de nuevo con la Oración por la Patria. “Queremos ser nación, una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común. Danos la valentía de la libertad para amar a todos sin excluir a nadie”.
Todo por un peso en el mercado litúrgico
Poco antes del comienzo de la peregrinación, que es el principio del fin de la festividad de San Cayetano, los comerciantes que ofrecen sus mercancías litúrgicas en torno al templo de Buenos Aires al 2100 comenzaron a ofertar sus productos con fruición, concientes de que les restaban pocos minutos para liquidar sus existencias, cosa que no lograron en absoluto. El precio de la mayoría de los productos era una cifra redonda: un peso. Por un peso se podían adquirir cuatro, cinco y hasta siete espigas con estampitas, que fue sin dudas el producto más requerido. Por esa misma cifra se ofrecían llaveros, tres velas, cuadritos con la imagen del santo, pulseras-rosario, imanes para heladeras, pañuelos para agitar y botellas que guardan en su interior la venerada efigie. También un peso costaban las rosas o los lirios de plástico con estampitas. Y más allá de los productos destinados al alma, también se ofrecía una gran variedad de mercancías destinadas al cuerpo: choripanes, panchos, facturas, bebidas, roscas, praliné. Por un peso se podían degustar cinco facturas, o una rosca de pan, o bien dos pastelitos, o tres cubanitos artesanales rellenos de dulce de leche. Ya casi al final de la misa, con la fiesta a punto de terminar, los vendedores transitaban en medio de la multitud ofreciendo sus productos a precios cada vez más accesibles: por un peso se podían obtener cada vez más productos. Y ya al cierre, cuando pocos minutos después de las 16.30 comenzó la desconcentración desde la plaza de la Libertad, el precio de la mercancía perdió su denominación numérica: “A voluntad”, voceaban los vendedores.
Un “niño bien” que renunció a todos sus privilegios
San Cayetano nació en 1480, en Vicenza, cerca de Venecia, Italia. Tanto su padre, el conde Gaspar de Thiene, como su madre, María di Porto, eran de familias nobles. Estudió en la Universidad de Padua, donde obtuvo dos doctorados. Se fue después a Roma, donde llegó a ser secretario privado del Papa Julio II, y fue nombrado notario de la Santa Sede. Allí pudo comprobar el grado de relajación de los católicos y la enorme distancia existente entre el mensaje de pobreza y humildad de Cristo y la fastuosidad y el lujo que caracteriza la vida en el Vaticano.
Por ese motivo, se propuso fundar una comunidad de sacerdotes que se dedicaran a llevar una vida lo más santa posible y a enfervorizar a sus fieles. Y así creó la comunidad de los Padres Teatinos.
San Cayetano era de una familia muy rica, pero se desprendió de todos sus bienes y los repartió entre los pobres. “Veo a mi Cristo pobre, ¿y yo me atreveré a seguir viviendo como rico? Veo a mi Cristo humillado y despreciado, ¿y seguiré deseando que me rindan honores? Oh, qué ganas siento de llorar al ver que las gentes no sienten deseos de imitar al Redentor Crucificado?”, escribió en una carta en la que explicó las razones de su desprendimiento.
Murió sobre una cama de tablas, sin colchón (para imitar la humildad de Cristo), el 7 de agosto de 1547, en Nápoles, a los 67 años de edad. Se lo declaró santo en 1671.
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