LOS SOLDADOS QUIEREN VOLVER A EE.UU.
Se suponía que eran los militares invulnerables de una potencia invencible. O al menos, eso es lo que creyeron los estadounidenses durante la invasión a Irak. Pero, esa imagen victoriosa del Ejército está siendo reemplazada ahora por la de soldados cansados, que ya no creen ni en sus comandantes ni en la causa de la guerra. Sólo quieren volver a casa, estar con sus familias, cuidar el jardín. No quieren saber más nada del desierto. No quieren más muertos.
Este cambio de la moral en la tropa no puede sino tener un profundo impacto en la opinión pública en los Estados Unidos. Por primera vez desde que se inició la guerra, los sondeos de opinión están afectando a la Casa Blanca. Y esto no es sólo por el escándalo de los informes de inteligencia truchos, que atribuyeron al régimen de Saddam Hussein la compra de uranio en Africa. Es también porque, ante la ausencia de armas de destrucción masiva, se ha perdido cuál es el propósito, el sentido, de la misión. Y los hombres que tienen que cumplirla no parecen entenderla tampoco.
“Si Donald Rumsfeld estuviera aquí, le pediría su renuncia”, asegura el especialista Clinton Deitz. Está en Fallujah, una conflictiva ciudad iraquí. En teoría la tropa no puede cuestionar a sus comandantes, sobre todo durante un conflicto. Al soldado no le importa, y le abre su corazón a la cadena ABC. Otros hacen lo mismo.
“Tengo mi propia lista de los más buscados”, indica un sargento.
Se refiere al mazo de cartas que distribuyó el Pentágono con los cabecillas del régimen de Saddam. Pero “los ases de mi mazo son Paul Bremer, Donald Rumsfeld, George Bush y Paul Wolfowitz”, dice.
La bronca de la tropa es natural. Les dijeron que iban a liberar un país, y en cambio les tiran piedras. Encima, Washington les viene posponiendo el regreso desde mayo pasado. Les prometieron que el camino más rápido para volver era conquistar Bagdad. No fue así. Ahora, lloran junto a sus esposas por teléfono. Y ellas, muertas de miedo por la seguridad de sus maridos, lloran por televisión. Su patriotismo no ha disminuido, su entusiasmo sí.
Los medios ya no tiene una alineación automática con el poder, como lo tuvieron en las primeras semanas de la ocupación. Y en un país en donde mucha gente inclina su opinión por lo que ve en la pantalla, esto significa un problema para George W. Bush. El presidente tiene por ahora la suerte que ningún candidato demócrata tiene capacidad de hacerle sombra. Pero, los estadounidenses no están contentos. Perciben que la economía se sigue hundiendo, y que la clase media está pagando un precio demasiado alto.
Los vientos de la opinión pública están cambiando rápidamente. Hace unos meses, la gente se enervaba ante cualquier signo de oposición a la política exterior de Washington. Hoy, en cambio, hay mayor incertidumbre. Algunos siguen sin entender por qué los iraquíes son tan desagradecidos, y agreden a los que se supone que han venido a liberarlos. “Yo quería ayudar a esta gente. Pero, he visto demasiado. Una vez que pacificás una zona, se pone mala otra vez. Me gustaría que este país estuviera bien, pero ya no me importa nada”, señala otro soldado, Eric Rattler.
Y mientras la tropa se queja, la lista de muertos sube. El número de bajas no es enorme, pero es constante. Los estadounidenses tienen todos los días una mala noticia a la hora de la cena. Es como el ruido de una canilla que no deja de gotear. Y así, poco a poco, corroe la paciencia.
Este contenido no está abierto a comentarios

