Los sueños de la cultura
Una foto autografiada de Arturo Illia mira de reojo los guantes de Carlos Monzón que cuelgan de una pared. El sombrero desacomodado de la dama oronda que está dentro del marco de un Soldi original espía las medias de Ariel Ramírez que lucen a un costado. Las esculturas de indios tobas de Juan de Dios Mena relojean un piano de cola como si estuvieran coladas en el sitio.
El perro Fernando –emblemático can chaqueño al que Alberto Cortez lo inmortalizó como “callejero por derecho propio” yace en el patio y adentro vive la cultura de Resistencia. Lilita Carrió inauguró la temporada de actos culturales mientras Frondizi la escuchaba desde una foto avejentada. Hay cientos de pocillos de cafés que nunca se tomaron y otras tantas botellas vacías que sí se acabaron en veladas interminables.
Es el Fogón de los Arrieros, el lugar de paso obligado para los visitantes ilustres de la capital del Chaco y el espacio al que nunca irían los que abonan la teoría jauretchiana de que los que van al Fogón son “la inteligentzia”. En los caserones se hablan maravillas del Fogón de los Arrieros y en las casitas ni se quiere hablar. El humor es la condición principal para pertenecer, según algunos; para otros hay que tener una billetera gruesa que te ponga de buen humor y recién entonces podés entrar.
Lo cierto es que el Fogón de los Arrieros es ya un mito y de sostenerlo se encarga una comisión directiva que reverencia la historia de los pioneros, mantiene la mística y organiza actos y espectáculos que, aún cuando ya no puede asistir el Perro Fernando, reavivan la leyenda de un espacio absolutamente singular.
El Fogón de los Arrieros es un Centro Cultural, nada más y nada menos. Pero no cualquier Centro Cultural. Hijo de una peña de bohemios y cajetillas que llamaban el “Club de los Bagres”, hermano de los amigos que concurren a las peñas y padre de muchos artistas locales, tiene una personalidad propia que se fue forjando durante 63 años y que lo hacen único en una provincia que sabe más de hacheros que de artistas.
Pero eso sí, en el baño del Fogón de los Arrieros hay un ejemplar de “La razón de mi vida” que se ofrece como papel higiénico. O sea, lo que viene del pueblo, en el Fogón de los Arrieros se lo pasan por el culo.
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