“Los tipos como vos van a desaparecer”
La frase textual salió de la boca de un ignoto colega. Estaba dirigida a este escriba. Fue en el hall central de un teatro santafesino. Había decenas de personas asombradas. Pareció un chiste y, sinceramente, no parece grave viniendo de quien viene. Pero es un claro ejemplo del nivel de irracionalidad y reduccionismo que impera en algunos sectores “cultos” del kirchnerismo mediático. En Santa Fe, también. Por Coni Cherep
Hubo una leve discusión. El chico, un periodista gráfico dedicado a los temas del espectáculo, me saludó altaneramente en la puerta de un teatro santafesino. El saludo pretendió ser la continuidad de un lamentable cruce de ideas en las cada vez más irracionales discusiones que se dan en las redes sociales.
En una de esas tantas “discusiones”, el cronista dijo, a propósito de un comentario mío: “¿Pagamos un asado con lo que cobraste por esta nota? La nota era una opinión sobre el atentado a Antonio Bonfatti. Y en ella expresaba mi mirada sobre el asunto. Nada diferente a lo que vengo escribiendo desde hace diez años. Nada. Lo mismo que digo, sobre este y otros tantos temas, desde que tengo memoria.
Pero el pibe, aprovechando la distancia, el semianonimato y sobre todo la sensación de “patota virtual” que dan estos espacios, aprovechó para insultarme. Porque decirme que cobro por escribir, es decir, que me pagan para que escriba lo que supuestamete “no pienso”, es una ofensa. Es un insulto. A mi honestidad intelectual, pero también es una acusación falsa. Y los que todavía entendemos a la honestidad como un valor, es decir, los que tenemos la tranquilidad de saber que decimos lo que decimos porque lo pensamos y no porque nos conviene, los que todavía nos tomamos el atrevimiento de no aceptar órdenes ideológicas orgánicas para decir, tenemos derecho a pedir que si afirman tal cosa, o lo prueban o nos piden disculpas.
Pero las disculpas no llegaron. Apenas una burla que agregaba una nueva agresión: “Entonces es una pena que pienses así”. Yo me limité a no responder, cosa que lamentablemente se vuelve más común en quienes sufrimos agresiones desde el barro. Es preferible callar, dejarlo pasar y no embarrarse. Nos gana la lógica y el sentido común: ¿Qué gano si discuto en el barro? Embarrarme. Y sinceramente hay mucho trabajo por hacer como para andar demorándose en subnormales que se creen iluminados repitiendo consignas políticas adolescentes que seguramente escuchan en peñas repletas de intelectuales que se masturban con la construcción de una leyenda de la que se sienten, por fin, protagonistas. Aún cuando en la leyenda haya un montón de tipos que se van enriqueciendo sin poder explicar ni cómo ni cuándo. Pero eso son “daños colaterales”, “errores menores, en la construcción del movimiento emancipatorio latinoamericano”. Bellezas del idioma que me conmovían cuando mi vida no tenía sentido. Después vino la vida privada. Las obligaciones con los demás. El sueño, legítimo y honesto, de construir una vida que tenga como objetivo la felicidad.
Pues suena a sueño liberal, sí. Y quizás lo sea. Pero no dejo de creer, maldita sea, qué horror, que lo más importante de mi vida está en los afectos, en las entrañas de mis relaciones amistosas y familiares, en el placer de trabajar de lo que me gusta, en soñar con hacer cada día un poco más, con darle a la “gente” un poco más. Por eso mantengo abierto desde hace diez años un portal de noticias que no es rentable. Por eso promuevo y trabajo día a día en contenidos inéditos para la tele local, por eso empleo a más de 15 personas. Por eso me comprometo con ellas todos los días. Por eso, me da por las pelotas que duden de mi honestidad. Pero como no puedo evitar la mirada del otro, al menos tengo el derecho a pedir que no lo digan con ligereza.
Es mejor hacer que boquear. Ya lo dije hace poco. Se puede ser desde el discurso un progresista absoluto y al mismo tiempo ser una mierda de persona. En esos casos, concluyo, no estamos en presencia de un “revolucionario”. Sino de un hijo de puta que se aprovecha de un colectivo para beneficio personal.
Pero vuelvo a la escena de la frase: El chico me saluda y yo le digo, con algo de justificada bronca: “¿Por qué me saludas? Vos me debes una disculpa. Vos me acusaste de ladrón. Y quiero que me lo repitas en la cara”. Y sí, le acerqué mi cara a la suya y le dije, en insólito comportamiento matón: “Porque a las cosas hay que decirlas en la cara, cagón. Y yo te las digo: vos sos un pelotudo”.
Bravuconeada la mía. Probablemente incorrecta. Pero consecuencia del cansancio de recibir agresiones de tipos sin ninguna clase de autoridad, sólo porque me atrevo, sí, me atrevo, a escribir lo que pienso. O peor, me atrevo a pensar.
El chico dudó un segundo mientras estábamos cara a cara. Y respondió: “¿Y vos qué sos?” – “Yo soy lo que vos quieras que yo sea, pero al menos yo te digo las cosas en la cara, ¿ok?”, me di vuelta y me fui a seguir charlando con decenas de amigos que me esperaban en el hall del teatro, ignorando lo que estaba pasando.
Unos minutos después, quizás hayan sido segundos, el chico, el alumno aplicado del discurso único, el soldado de la causa noble a la que todos debemos rendirnos si no queremos quedar abrazados a Cecilia Pando, escupió, en voz alta, algo alterado: “No serás ladrón, pero sos funcional al enemigo” (sic); a lo que yo respondí gestualmente con una mano y un gesto de maloler, pidiéndole que se aleje. Y fue entonces, sí, con la voz aún más alta y temblorosa. Con la excitación de quien cree en la necesidad de la extinción del “enemigo”. Con la convicción de estar cumpliendo con una acción revolucionaria, que dijo: “Los tipos como vos van a desaparecer”, sic, sic, sic.
Me acompañaba un colega que conversaba amenamente conmigo sobre el espectáculo que salíamos de ver. ¿Qué te dijo? Sí, sí. Eso me dijo. Que los tipos como yo vamos a desaparecer.
Mentiría si dijese que el asunto me provocó angustia alguna. En estos casos, los años me han enseñado a diferenciar jerarquías e importancias. Quien lo dijo no me merece ningún respeto. Pero me asombró que se haya animado a decirlo y me generó algunas preguntas:
¿Hay gente que de verdad cree que los que pensamos diferente y somos “funcionales” a lo que ellos creen, es el “enemigo” vamos a desaparecer?
¿De verdad imaginan una sociedad hegemónica, con silencio del otro lado?
¿De verdad sueñan con un discurso único, con la eliminación de la controversia, con el final de la discusión, con la extinción de las diferencias?
Hacía mucho tiempo que una frase no me sonaba tan elocuente y temeraria: “Los tipos como vos van a desaparecer”.
Lamento decirle, al pelotudo, -conste que se lo dije a tres centímetros de su cara sin escudarme en el anonimato ni las patotas virtuales- que se olvide de esa fantasía.
Que los que pensamos diferente no vamos a desaparecer. Que los “funcionales” al enemigo, que los liberales, que los conservadores, que lo que quieran creer que somos, no vamos a desaparecer.
Que nos importa un pito la condena “moral” de quien cree en la fantasía de la revolución abrazado a Amado Boudou.
Que vamos a seguir pensando y diciendo lo que pensamos, sin necesidad de ser socios de Clarín.
Que vamos a seguir “aparecidos” y diciendo lo que querramos, donde querramos o podamos.
Que afortunadamente confiamos en las mayorías, y las respetamos.
Y que sí, que creemos en la República. Y que en las repúblicas los poderes tienen límites.
Y afortunadamente, los pelotudos, también.
Este contenido no está abierto a comentarios

