Madre tierra
Unos nubarrones maliciosos no dejan que el sol aparezca detrás del río Paraguay, cerca del puerto de Formosa. Allí hay un círculo de unos diez metros de diámetro formado por sogas y en el medio un menhir, la piedra tallada de 4 metros de altura que un aborigen diaguita ha traído desde Tucumán. A un costado se ha hecho un montículo de piedras adoquinadas y más cerca del menhir un pozo donde en minutos comenzará a arder leña.
Representantes de pueblos originarios están por agradecerle a la Tierra la posibilidad de estar allí, junto a otros ancestros de pobladores primitivos, para celebrar un congreso que es un reclamo permanente contra los atropellos y una voz de alerta a favor de la paz.
Crecencia, la hija del Cacique Nenaloik, un toba que mandó en la región hasta que los blancos lo dejaron sin nada, es la encargada de encender la fogata.
Fuera del círculo, testigos mudos de la ceremonia, habemos un puñado de curiosos: unos policías guardianes, unos funcionarios oportunistas, unos mosquitos furibundos y unos insomnes incorregibles. De frente al río, a la espera del sol, habla Carmelo Sardina, quechua andino. Agradece a la tierra a nombre de los otros 16 aborígenes que, tomados de la mano, escuchan con los ojos cerrados a su lado.
A un occidental despistado le da por aplaudir pero los pueblos originarios no tienen reservada esa costumbre gringa. Crecencia pide “que Dios bendiga y de sabiduría a todos”. Luis Pincén, un descendiente de los mapuches de las pampas aclara que “no hay inocencia en nuestra presencia, sabemos que las religiones dominantes dicen que las nuestras son del demonio. Sin embargo, venimos a decir que tenemos nombre propio, que debemos recuperar nuestras comidas, nuestra lengua, pero, más que nada, nuestra espiritualidad”.
Pincén habla y viste como un hombre común de la provincia de Buenos Aires. En cambio, el representante de los navajos estadounidenses, que se encarga de aclarar que allí les han dado una representación en el Senado, tiene indumentaria tradicional. Claro que, contrasta con la de su traductor, un mozo que luce una remera de la selección francesa de rugby. Los guaraníes hablan con timidez guaraní y el diaguita Yapura, que talló el menhir en Tafí del Valle y lo hizo llegar hasta Formosa, lo hace con un discurso de unas pocas palabras y unos muchos silencios.
El efecto de transportar a los visitantes a épocas remotas y colocarle la carne de gallina está por lograrse, si no fuera porque a Thaayrohyadi, el guía espiritual del Consejo de Ancianos y Sabios Otmí, Olmeca, de México, le suena el celular en medio de la ceremonia. Para subsanar le inconveniente, un navajo hace caso omiso y pide “que el gran espíritu esté con ustedes esta mañana”. Ahora Carmelo hace sonar una caracola (obsequio mexicano) cuatro veces y ante cada son se da un giro por el contorno del círculo de los que nos participan de adentro y otros por fuera.
Con la llegada de la mañana llega también un funcionario provincial. Entonces autorizan a que se pueda filmar, lo que antes estaba prohibido. Además de a la tierra, al fuego y al agua, hay lugar para agradecerle al gobierno que organice este encuentro. Otras tres vueltas en círculo y un cierre musical de un artista tucumano con su quena completan la velada. Con el sol en alto relucen más los colores de los trajes tradicionales y se desnuda un agente de la policía provincial que se aparta para atender su teléfono móvil y cuenta a los gritos dónde le ha tocado estar en suerte.
Se agradece la presencia de los de la Confederación del Cóndor (los del sur), del Quetzal (Centroamérica) y el Águila (Norteamérica). El saludo final es con la última ronda, con los primeros calores de la mañana, con las manos entrecruzadas como si estuvieran esposadas, estrechándolas a los hermanos de aquí y de allá. Ya hemos pedidos deseos a una hojas de coca que luego fueron incineradas. Ya nos queda flotando la idea que “los que pierden su idioma y su espiritualidad quedan reducidos a la nada”. Ya nos vamos. Delante nuestro se marcha también Carmelo Sardinas. Debajo de su indumentaria aborigen típica brilla en su pantalón blanco la inscripción Calvin Klein.
claudio_cherep
Este contenido no está abierto a comentarios

