MAÑANA REGRESA EL CONTRA A LA TV.
Sacos azul oscuro con botones dorados, pantalones grises, zapatos lustrosos, alianzas en los anulares: Juan Carlos Calabró y Antonio Carrizo, de cuerpos espigados a los 69 y 76 años, comparten algo más que el garbo. En el living del departamento de Calabró, rodeados de paredes espejadas y estatuillas de bronce, con el Jardín Botánico en el ventanal, conversan con códigos comunes, de humor naif, como si repitieran una rutina, en la otra orilla del reportaje. El periodista les pregunta por tercera vez lo mismo. Por un momento, parecen encarrilarse en la respuesta. Pero no. Desvían, nuevamente, hacia diálogos cargados de bromas: efectivas o a medio elaborar. “Cuando te doy este pie, buscá el remate”, le sugiere Carrizo a Calabró, como si se tratara de un ensayo y no de una entrevista periodística.
Será dificil sacarlos de su mundo. Están concentrados en el regreso de El Contra, mítico personaje creado por Calabró, bajo el nombre El admirador, hace más de 35 años. Carrizo fue su partenaire entre 1989 y 1997, el último período. Mañana, desde las 21, por América, la dupla volverá a la televisión, con Pablo Echarri y Soledad Silveyra como invitados.
Calabró, usted sostuvo hace tiempo que ya había cumplido con todos los objetivos de su vida. ¿Para qué vuelve alguien que ya cumplió con todo?
Es que hacer El Contra no es un objetivo. Objetivo es algo que ansiás porque no tenés. Yo ya cumplí con El Contra. Además, hice cine, radio, teatro y televisión. Realmente, no me queda ningún objetivo. Vuelvo para conformar un poco a mi hija Marina y su marido (Maximiliano Ambrosio, empresario gastronómico). Ellos crearon una productora y, como es lógico, manotearon lo primero que tenían a mano. Era muy dificil negarse. Ahora estoy embalado. Para mí es como empezar de nuevo. Me siento mejor que en el último ciclo: estoy lúcido, veloz, me prendo en todas.
El paso del tiempo, la noción de finitud, ¿influye en el deseo de seguir trabajando?
Carrizo: Claro. A nadie le gusta retirarse.
Calabró: A mí sí. No sé si te acordás, Antonio, que cuando terminamos con el ciclo anterior te dije: “Este es el último Contra”.
Carrizo: Sí. ¿Y?
Calabró: Y vos pensaste que se trataba de una pose.
Carrizo: Y lo era.
Calabró: Bueno… pero pasaron 5 o 6 años… Me cansé de no hacer nada en televisión. Y con lo que se ve ahora…
El padre de El Contra clava un cigarrillo en una boquilla y comienza a pitar entrecerrando los ojos. Con su tostado estival y su pañuelo que asoma del bolsillo del saco, haciendo juego con la camisa, parece un viejo playboy setentista. Una mucama acerca torretas de triples de miga y Carrizo, de boina y aspecto de intelectual del grupo Florida, ataca los pisos superiores. “Usted, mi amor, me tendría que haber avisado. Así no comía antes de venir”, le dice a la mujer. Calabró, entretanto, le pide a su amigo que no deje caer esquirlas de huevo duro al piso. Luego, ambos se pierden en diálogos generales. Carrizo señala el parecido entre el barrio que asoma en los ventanales y París. Calabró, enemigo de los viajes, comenta que Mar del Plata es la ciudad más lejana que visitó.
Le sigue un tema pesadillesco: el corralito. Los dos quedaron atrapados en aquel bochornoso 2001. . “Y eso que Cavallo era tu amigo, Juan Carlos”, recuerda o se burla Carrizo. Calabró pega un leve aplausito, se muerde los labios y se lamenta: “Unos días antes me lo crucé en un restaurante y le pregunté por los rumores sobre los plazos fijos. Me contestó: No va a pasar nada. Téngame confianza. ¡Téngame confianza! Ya está. Igual, soy un tipo de costumbres muy simples. Tengo este departamento y una casita en Mar del Plata. No tengo yacht ni country. Me arreglo con poco, con lo que me han devuelto. Ni siquiera sé muy bien cuánto voy a ganar ahora. No necesito de El Contra para parar la olla”.
Ya que hablamos de políticos, ustedes empezaron a trabajar juntos en 1989, año electoral. En los 80 era simpático que los políticos fueran a ciclos de humor. Eso cambió. ¿Nunca temieron haber sido funcionales a campañas políticas?
Calabró: No, querido, no. Nosotros hemos llevado a todos, aún en sus peores momentos. Hasta ahora, los únicos que se negaron siempre a venir a El Contra fueron Carlos Reutemann y Guillermo Vilas. Jorge Lanata estuvo por venir, pero justo se enfermó ese día.
Carrizo: A Zamora no lo llevaba nadie, ni siquiera para hablar en serio. A Aldo Rico no lo llevaban para hablar ni en broma ni en serio… Pero no, sólo nos cuestionamos cuando no salía bien un programa.
¿Cuál fue el personaje más complicado?
Carrizo: ¿Tenés idea de lo que fue hacer El contra con De la Rúa? Salió extraordinario. Pero él se fue mascullando que el libreto no lo había convencido mucho…
Calabró: Se puso las manos en los bolsillos, empezó a caminar y dijo: “Yo siempre he venido a estos programas, me he divertido. Pero el libreto… (frunce el ceño, en gesto de poca convicción). Y yo me había matado ese día… El todavía no era presidente; recuerdo que pensé que jamás podría serlo. Y, en realidad, no me había equivocado tanto.
¿Con qué personaje tuvieron el mayor rating?
Calabró: Con Carlos Menem, en el 89, pasamos los 39 puntos de rating.
¿Ahora van a invitar a Néstor Kirchner?
Calabró: No creo que me interese. Estuvo en todos lados. Dentro de tres meses puede ser. Ahora no sería novedad. Me interesaría, eso sí, conocer a su mujer.
Existe una foto suya dándole la mano a Jorge Rafael Videla. ¿Se arrepiente de eso?
Calabró: El era el presidente y yo un laburante que no estaba al tanto de la política. Vino a una función en Mar del Plata y me dijeron que después quería saludarme. Le di la mano como se la di a De la Rúa, como se la daría hoy a Kirchner, sin imaginar qué pasaba. La obra se llamaba La noche de los sinvergüenzas… y cayó justo. Había hecho chistes sobre Martínez de Hoz y no sé si le tocó o no. En mis 40 años de carrera nunca bajé línea.
Carrizo, que hasta ahora hizo comentarios sobre fotografía, pintura y literatura, enumera los invitados de 1989. Calabró está en desacuerdo con el orden: desaparece y vuelve al rato, con una prolija lista que elaboró a puño y letra en aquel tiempo. Amalia Lacroze de Fortabat (a la que Renato le preguntó cómo se las arreglaba con sus pinturas en un dos ambientes), Alvaro Alsogaray y su hija María Julia, Tu Sam, Carlos Grosso, Alberto Albamonte, Guillermo Patricio Kelly figuran allí, entre otros. “En El Contra estuvieron Maradona, Monzón, presidentes, qué sé yo, todo el mundo”, recuerda Calabró. Pero la discusión acerca del orden de los invitados del 89 continúa. Por momentos, Calabró y Carrizo parecen Jack Lemmon y Walter Matthau en Extraña pareja.
Podrían serlo: Carrizo es locuaz, disperso, borgeano, fanático de Boca, abundante en ademanes. Calabró es parco (“Me hiciste hablar de milagro”, confesará al final), detallista, obsesivo con el trabajo, hincha de River y poco lector. “No somos ningún tipo de pareja —acota Carrizo—. Apenas un dúo de laburantes.” Su compañero aclara: “Ciertas diferencias son ciertas. Yo tengo más estudios que Antonio, pero él tiene más cultura que yo. A mí háblenme de fútbol, golf o ciclismo. Y paren de contar. No puedo inventar un conocimiento que no tengo.” Al final de esta frase, su partenaire habla por celular. Tiene que volar a la radio. Saluda y se retira. Calabró queda a solas, más concentrado en la nota.
¿El Contra es el personaje que más alegrías le dio?
No. Aníbal también fue de antología, una obrita maestra del humor. Johnny Tolengo, en cuanto a chicos se trata, también. El Contra es el personaje con el que me siento más identificado; fue obra mía y ahora es de los dos. Antonio es el que más aportes hizo entre los que me acompañaron.
¿Hasta cuándo piensa hacerlo?
Pensaba en terminar El Contra antes de envejecer. Ahora creo que al personaje le quedan cinco o seis años. Aunque nunca se sabe. Sólo puedo asegurar es que siempre voy a ser minucioso. Si fuera barrendero, mi calle sería siempre la más limpia.
¿A qué se dedica hoy? ¿Se aburre?
Para nada. Juego con mis nietos. Camino mucho por el Botánico. Como afuera con Coca, mi mujer. Pinto botellas, encendedores y mates. Antes hacía ciclismo. Pero, desde la muerte de mi padre en un accidente, le tomé aversión a la bicicleta. Sólo volví a subirme a una para hacer mi personaje de Campeones.
¿Le teme a la muerte?
Creo, simplemente, que la muerte es como un sueño eterno. A medida que voy cumpliendo años me pasa lo contrario que me pasaba cuando corría en bicicleta. En aquellos tiempos, veía la meta y no hacía más que ansiar llegar primero. Ahora la veo y querría entrar entre los últimos.
Este contenido no está abierto a comentarios

