Margarita Belén: el olvido
Margarita Belén sabe tan poco que ni debe saber que es famosa. La localidad que pasó a la historia como la de “la masacre de Margarita Belén” no se acuerda que a 16 kilómetros de su ejido urbano, en un descampado a la vera de la ruta nacional 11, la alimaña del proceso mató a más de 20 personas por la espalda, en un operativo conjunto entre el ejército y la policía que fue presentado en los medios como “un enfrentamiento entre subversivos y fuerzas del orden”.
En Margarita Belén viven unos 5 mil habitantes. La mayoría de ellos hacen culto a la frase serrateana de que “por no pasar ni pasó la guerra”. Sólo que allí si pasó.
Un mediodía de abril hay poca gente en la calle. Unos veteranos circulan en bicicleta y unos adolescentes juegan al pool. Unos jubilados caminan rumbo a una plaza de yuyos mal podados y una señora espera el colectivo rumbo a Resistencia. Vida de pueblo y vida de olvidos.
Una colegiala secundaria, ante la pregunta del cronista sobre el pasado que vuelve como en el tango, dice que “algo le han dicho en la escuela”. Invitada a refrescar la memoria, mira sonrojada una cámara nada intimidante y con la colaboración de unas amigas balbucea que “fue un enfrentamiento entre gente que pensaba distinto al gobierno y el gobierno, que la mató porque pensaba distinto”.
Dicen que lo mejor será preguntarle a una profesora de historia de la zona, como para despreocuparse definitivamente.
Un maestro de compromiso escaso dice que él si sabe qué pasó aquel 13 de diciembre pero no recuerda demasiado “porque era muy chico”, como si alguien no debiera saber que San Martín cruzó Los Andes, nomás porque no lo vio. El maestro sostiene que lo mejor será preguntarle a quien era intendente en aquellos tiempos. Y allá vamos.
En la casa color ladrillo oportunamente indicada sólo ladran unos perros chuscos y nadie contesta.
Pero será cuestión de tener paciencia. Ya viene el Negro Milcovich, el intendente. Y empieza a hablar callando, que es una forma de no hablar. A su favor, da la impresión que –en efecto- no sabe nada. “yo fui intendente, sí, pero a mí me metieron preso por ser justicialista y me tuve que ir. Después me dejaron quedar y me quedé. Hasta que me volvieron a echar. Yo me enojé, porque nunca había echo las cosas mal”, cuenta el hombre con pinta de bonachón que sin haber leído a Fukuyama parece pensar que las ideologías nunca existieron.
La siesta en Margarita Belén está de más, como todo lugar en que a esa hora nomás se duerme. Será mejor marcharse. Marcharse con la bronca que traen los olvidos, a la búsqueda de la felicidad que trae la memoria. Que ya verán que existe.
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