“ME ENCANTA PARÍS, PERO NO LA CAMBIO POR PARANÁ”
Ya no es la que planchaba en los bailes, ni la aburrida que prefería entrenar en la pileta toda la tarde en vez de coquetear en su adolescencia, ni la que responde al apodo de La rusa, como la llamaban las amigas en su infancia a la orilla del río. O sí, sólo que el paso del tiempo le torció el destino y la convirtió en una suerte de protagonista de Mirtha de Liniers a Estambul. De un pasado deshilachado por la timidez a devorarse el mundo desde afiches y pasarelas, con su estampa como mejor herramienta. “Soy la que siempre fui, sólo que con los años descubrí un mundo diferente. Pero las raíces siguen firmes. Me encanta París, pero no la cambio por Paraná”, confiesa Valeria Mazza, la de risa extraña y silueta perfecta. La chica del interior, que no sabe de fronteras.
Nació en Rosario hace 31 años, pero a los cuatro su familia se mudó a Entre Ríos y allí creció. Dice Paraná y se emociona. Dice Ni iork y se le tuerce la boca cuando recuerda su desembarco en Nueva York, en el 94, como la cara visible de una marca de jeans. “Ahí dejé de ser Valeria, para ser Valeria Mazza. Y fue buenísimo, pero complicado: una vez que sos, tenés que demostrar por qué… Y más en esta profesión”, asegura la mujer que esta noche se prueba como conductora en la TV argentina, después de 8 años cumplir ese rol en pantallas de Italia y España.
Con su marido, Alejandro Gravier, como productor general, Mazza animará durante cuatro sábados (desde hoy, a las 22.30, por Telefé) el show Esta noche invito yo, con sede en diferentes teatros de Buenos Aires. El debut será sobre el escenario del Colón.
No tiene las ojeras que una imagina en cualquier persona que acaba de aterrizar en Ezeiza, después de 12 horas de vuelo, a cuento de un viaje relámpago de tres días a Italia. Viene del frío y Buenos Aires acusa 30,5ø de sensación térmica. Ella luce como si nada, como si posar bonita fuera su terreno más conocido. “Mi vida es un viaje… un viaje de ida y vuelta, siempre. Yo al mundo le debo de todo, pero si no trabajara en la Argentina sería muy injusta. Por eso nos —cuando dice nos incluye a su marido— hicimos este tiempo para estar acá. Necesito mostrar lo que sé y compartirlo. Y quiero disfrutarlo con mi gente”, desliza la rubia de ojos achinados, subida a unas chatitas que la hacen altísima.
Teleadicta por autodefinición, reconoce que “la soledades de hotel me hicieron descubrir dos maravillas: el roomservice (servicio en la habitación) y la tele. Veo todo. Vi todo: yo crecí con Carlitos Balá y lloré como una loca con El derecho de nacer (con Verónica Castro), la primera novela que seguí íntegra. También era fana del Capitán Piluso (el genial personaje de Alberto Olmedo). Ahora me mato con Resistiré”.
Lo de las “soledades de hotel” remite directamente a sus viajes laborales recorriendo buena parte de Europa y los Estados Unidos. Claro, antes de Estambul, la chica del interior pasó la escala de rigor: “El shock más fuerte lo tuve cuando llegué a Buenos Aires. Yo tenía 18 para 19 y esto era la gran ciudad. Me encantaba venir a vivir sola, la independencia, las luces, pero también me pesaba un poco la responsabilidad, la autogestión, el dejar de ser la hija que todo lo tiene. Y padecí una crisis total. Una vez que sorteé ese escalón, pude viajar por el mundo, siempre empezando de abajo y peleando por laburar”.
Atrás quedaban, entonces, sus competencias de 400 y 800 metros estilo libre y espalda, sus boletines de buena alumna en la Escuela Normal Superior José María Torres, las desventuras con su amiga Maju Lozano, sus siestas con el pijama puesto.
Madre de Balthazar y de Tiziano, de aquellos primeros viajes sin compañía —cuando dice que se presentaba con un Hola, soy Valeria, vengo de Argentina— recuerda una fantasía recurrente: “Mil veces me iba a dormir pensando en que podía morirme y que recién se iban a dar cuenta mucho después, cuando alguien sintiera mal olor. Pero a la mañana siguiente todo volvía a empezar y recuperaba mi instinto de aventura”. Y con la noche recrudecía el ánimo gris. Eran años en los que “sabía que tenía lo que estéticamente se necesita, pero me faltaba la personalidad”.
Con la personalidad pulida y la confianza ajena, fue jugando su propia rayuela, de pasarela en pasarela. Recordemos, gana la rayuela aquel que llega al cielo y sabe volver al punto de partida.
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