"ME SIENTO PERSEGUIDA Y TODAVÍA ME DA MIEDO SALIR A LA CALLE"
Todo fue tan rápido que no pude verle la cara al agresor. Yo estaba de perfil. Apenas recuerdo algo amarillo que en realidad es la bicicleta playera de ese color en la que se movía el hombre. Ahora esa imagen me persigue todo el tiempo”, cuenta Sabrina a Clarín.
Hacía pocas horas que Sabrina Sangiao (18) había vuelto de vacaciones con su familia. Era la tarde del jueves 2 de marzo cuando se encontró con su novio Mariano en la Confitería Balcarce de Crámer y Juramento, en Belgrano. La pareja se sentó en una mesa junto a la vidriera que da a una esquina y pidió dos capuchinos que les sirvieron unos quince minutos después de las cinco. No llegaron a tomarlos: un joven frenó una bicicleta junto al cordón y empezó a disparar contra el ventanal.
En medio del griterío y sin entender lo que pasaba, los jóvenes intentaron correr hacia la parte de atrás del local para protegerse. Cuando se levantaron Sabrina sintió un golpe y después dolor. Una bala le había dado en la pierna a la altura de la rodilla derecha y otra rozado el glúteo.
Hoy la Policía está convencida de que ese joven del que habla la Sabrina es Martín Ríos (27), un vecino suyo de Belgrano. El muchacho está detenido desde el viernes 14 pero en un principio su arresto estuvo vinculado con la muerte de Alfredo Marcenac (18), quien también sufrió un ataque indiscriminado a tiros mientras caminaba por la avenida Cabildo. En ese ataque quedaron heridas otras seis personas.
Las pericias balísticas realizadas por la Policía, determinaron que el arma usada en estos dos hechos y en otros dos, contra un colectivo y un tren, es la misma Bersa calibre 380 que tenía Ríos en su poder.
“Apenas me enteré lo de Alfredo, se me vino esa tarde a la cabeza. Era muy similar y lo asocié con ese ataque. Fue muy desagradable y angustiante”, dice.
La chica cursa el quinto año del secundario. El ataque no le dejó secuelas, sólo una pequeña cicatriz en su pierna. Estuvo un día internada en el hospital Pirovano donde recuerda que la Policía le dijo que le habían sacado una bala calibre 380, como la que mató a Alfredo, también un día jueves (el 6 de julio) y casi a la misma hora, minutos después de las 17.
Sabrina asegura que su vida no es la misma desde entonces. “Salgo siempre acompañada, sobre todo por mi mamá. Y cada vez que veo una bicicleta amarilla me siento perseguida. Todavía me da miedo salir a la calle y ando mirando todo el tiempo para todos lados. No es fácil”, reconoce en su charla con Clarín en la que no quiso ser fotografiada.
—¿Pudiste al menos volver a la confitería?
—No y no creo que esté preparada para hacerlo por ahora.
—¿Y pasaste por Cabildo, por el sitio en el que mataron a Alfredo Marcenac?
—Tampoco. Son cosas muy duras. Es un horror. Es como revivir el ataque una y otra vez.
El único sospechoso detenido vive a sólo siete cuadras de la familia Sangiao. Pero Sabrina asegura que jamás oyeron hablar de él ni lo vieron en el barrio. “Yo pensé que era un loco que pasaba por ahí y me confundió con alguien. Cuando me enteré de la detención sentí entre tranquilidad y escalofríos, porque estaba ahí nomás”, explica.
Es que al principio, los investigadores pensaron que los 15 tiros que perforaron la vidriera a centímetros de la cara de Sabrina y terminaron hiriéndola en una pierna, eran el resultado de un drama pasional.
La chica hoy sigue enojada por eso: “Me agarró impotencia. Y hasta me hacían quedar mal a mi. Yo estaba con mi novio y eso no tenía nada que ver. Es más pienso que lo dejaron todo ahí y no tomaron conciencia de donde vino el ataque. Si se hubiera hecho de otra forma, tal vez lo de Alfredo no hubiera ocurrido y hoy estará vivo”.
En los próximos días (aún no hay fecha confirmada), Sabrina le contará en persona a la jueza lo que vio esa tarde de marzo. Esta segura que no puede reconocer la cara de su agresor pero tiene una idea fija: “Ese hombre tiene una falla psicológica, es un loco pero no de los inimputables. Sólo quiero que se haga justicia y que vaya a la cárcel”.
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