Medio año
En los cálculos previos parecía nada. Seis meses, una parte del camino, un mojón más. Y, en efecto, seis meses no es tanto para recorrer un país que ha vivido muchos años, que tiene muchas cosas para contar y mucha tierra para mostrar. Sólo que los modos de viajar, los tiempos que uno se ve obligado a manejar, hacen caer el peso de los días, que al principio caían como una caricia, como una mano pesada.
A una esquina golpea la Argentina con su traje de miseria, a la siguiente mitiga con el remedio de un paisaje prodigioso. En el medio, uno, un jirón, casi nada en medio de un todo, de una torta que irremediablemente es de unos pocos. Es la Argentina. Para pensarla en un recodo, para disfrutarla en la recta que sobreviene al recodo. Para sufrirla en la próxima pendiente.
Seis meses pasaron. La Mesopotamia, el Litoral, el Noreste, el Noroeste, Cuyo. Distintas regiones, parecidos dueños, los mismos que la sufren. Ahora el viajero ya aprendió a ajustarse a los tiempos que el derrotero impone y no a desafiar al derrotero queriendo imponer sus tiempos. Uno aprende en la ruta que pocas veces es uno el que manda. Seis meses.
Y paralelamente a los tiempos humanos, urbanos, rurales, están los tiempos de un acompañante que también siente el peso del viaje: el auto. Ya comienza a acusar impactos de ripio, tierra, agua, sol, nieve. A veces se rebela y en otras quiere que lo atiendan como si quisiera cobrar vida, como si necesitara de que quien maneja tenga una psicología especial para dedicarle.
Los tiempos del viajero son acorde a lo que se puede y no a lo que se quiere. Un país –semejante país- en diez meses es nada; una provincia acaso sí. Entonces hay que optar. Y en el elegir uno yerra o acierta, cuenta a medias, se olvida de contar. No se puede hacer todo en todos los lugares. La sensación es que siempre es poco, que es difícil profundizar porque enseguida hay que contar.
Pero nada es una queja, todo es un placer, una alegría que se encuentra en la solidaridad de un pueblerino, una sonrisa en la cara de un niño mapuche/toba/criollo/gringo, una sorpresa que se esconde detrás de un cerro, una rutina que jamás será. Así medio año, con preguntas nuevas, con ritmo más cansino, con dolores de lo que pudimos ser como país, con el camino que los sueños prometieron a las ansias, con 18 mil kilómetros más, con las ruedas gastadas y las ganas intactas.
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