MENDOZA: SEPARADAS AL NACER Y JUNTAS 28 AÑOS DESPUÉS
Son idénticas, los mismos rasgos físicos, igual grupo sanguíneo (B positivo) y coinciden sus fechas de nacimiento: el 28 de abril de 1974. Pero no se conocían hasta que una casualidad las reunió tres años atrás.
Todo indica que Mariana y Liliana, de 31 años, son gemelas y fueron separadas a pocos días de nacer en el hospital de Niños Emilio Civit, de la capital mendocina. Ahora quieren realizarse los estudios de ADN para comprobar que tienen lazos sanguíneos, pero ninguna tiene recursos económicos para cubrir los gastos del análisis.
A los pocos días de nacer, Liliana fue adoptada por el matrimonio de vendedores ambulantes Justa Amaya (78) y Antonio Chevrete (fallecido hace 20 años), que tenían otros once hijos y vivían en un barrio humilde del departamento de Godoy Cruz, en el Gran Mendoza. A la madre de las gemelas, Irma Falcón y su marido, el afilador de cuchillos Ramón Chilote, las enfermeras y médicos que atendieron el parto les aseguraron que la segunda gemela, a la que llamaron Viviana Chilote, había fallecido a los tres días de nacida.
La pareja cuenta que en el hospital no les dejaron verla mientras estaba con vida porque la cuidaban en una sala de neonatología. Tenía complicaciones de salud por su bajo peso, apenas 1,3 kilo. Sólo recibieron el cuerpo de una beba que sepultaron en un cementerio de la localidad agrícola de Junín, donde vivía la familia Chilote junto a otros 4 hijos y la única gemela que supuestamente estaba viva. Unos años después, se mudaron a otra población rural, la cercana San Martín, a unos 40 kilómetros de la capital.
Hasta entonces las supuestas gemelas crecieron con ausencias: Mariana creía que su hermana estaba muerta y Liliana sabía desde los 4 años que había sido dada en adopción por una joven llamada Blanca, que tenía sus facultades mentales alteradas y decidió entregar a su hija al cuidado de la familia Chevrete.
En diciembre de 2002, el destino las unió por pura casualidad. La hermana mayor de Mariana, Claudia Chilote, estaba de compras en un concurrido shopping comercial del centro mendocino cuando vio en el local a una chica con apariencia familiar. Se le acercó y le dijo: “¿Sos adoptada?”.
La pregunta iba dirigida a Liliana que, sin comprender porqué una extraña podría hacerle ese planteo, apenas balbuceó un sí. “Es que tengo una hermana igual a vos”, amplió Claudia. La posible gemela sólo atinó a pensar en voz alta: “será porque dicen que todos tenemos un ser idéntico en algún lado del mundo”. La charla continuó y aparecieron más coincidencias: igual fecha de cumpleaños y la misma maternidad. Las mujeres intercambiaron teléfonos y, quince días después, las supuestas gemelas se conocieron.
“Nos miramos, nos abrazamos y nos quedamos en silencio por unos minutos”, recuerda Liliana, mientras esto sucedía el resto de su familia biológica seguía de cerca el encuentro.
Igual de emotivo fue el contacto con su posible mamá biológica: “Nunca terminé de asumir que mi hija había muerto. Fue una alegría muy grande haberla encontrado, siempre le digo que la queremos igual que a su hermana”, dice ahora Irma.
Desde que encontraron a Liliana, la familia biológica no ha dejado de frecuentarla y estar en contacto, a pesar de la distancia que hay entre San Martín y el barrio Aeroparque, de Las Heras, donde reside ahora la joven.
Liliana dice que está dispuesta a llevar el apellido de sus verdaderos padres. Por eso, presentó su caso en la Justicia de Familia de Mendoza para solicitar un examen de ADN.
Pero la defensora de pobres y ausentes no le dio buenas noticias: tenía que pagar de su propio bolsillo los mil pesos que cuesta el análisis.
Ninguna de las familias está en condiciones de asumir ese gasto judicial. Tanto Liliana como Mariana están desempleadas, tienen hijos pequeños y sus maridos viven de changas. Sólo les quedó recurrir a un canal de televisión mendocino para hacer pública su historia y organizar una colecta de fondos que les permita llegar a la verdad.
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