Meter la mula
El pulso de Chilecito estuvo muchos años signado por la Mina La Mexicana, de la que ya mucho habláramos. Por eso, además de la osamenta de hierro del cable carril y de los vestigios de las minas que la naturaleza hermoseó con el tiempo, existen dos museos que la recuerdan.
Uno está a los pies de la mina, en un espacio verde que constituye la primera plaza-museo del noroeste argentino y el otro, en la avenida de acceso a la segunda ciudad riojana. Ambos cuidan el patrimonio material pero, ninguno de ellos, rememora a los obreros que extraían el mineral. Y es una omisión constante, ante cada obra, en el recorrido del periodista ambulante.
Pero por fortuna, ante los olvidos oficiales se levanta casi siempre la tradición oral. En honor a la memoria, los más viejos chileciteños cuentan lo poco que valía para los dueños de las minas, la vida de los que le daban suculentas ganancias. En eso, es probable que los chilenos hayan llevado la peor parte.
Justamente los trasandinos tenían –vaya uno a saber porqué- las mejores condiciones para buscar el oro. El mineral no se encontraba en lingotes sino que había que saber elegirlo, entre otras piedras. Y los chilenos eran verdaderamente buenos. Sólo que a veces, se demoraban más de la cuenta en la mina y se llevaban algo para sí.
Allí, los ingleses eran implacables. Habían erigido una suerte de servicio de inteligencia que delataba a los infractores y éstos recibían dos castigos posibles, con el mismo final: la muerte. Uno era trasladarlos en las mismas vagonetas del cable carril por donde bajaba el oro, pero dejarlos caer al vacío desde las partes más altas.
El otro, el que da título a esta nota, consistía en una ejecución que concluía con el obrero cargado en una mula, en posición de arco, con las piernas y las manos cayendo sobre cada lado del animal, ya sin vida, para ser conducido a una fosa común que se hallaría en el cementerio de Chilecito.
Como las mulas estaban tan acostumbradas a este trabajo, porque las muertes se daban a diario por ejecución o por el trabajo infrahumano, no necesitaban jinete ni guía, sino que iban solas al cementerio, con la carga de una vida cegada sin siquiera la suerte de que los familiares se den por enterados. Por eso las llamaban las mulitas funebreras.
Ahora, puede que esta pretendida reivindicación semeje un desfasaje histórico, pero si trasladamos la situación de los mineros de fines del siglo XIX y la comparamos con la que padecen hoy en día, encontraríamos que en 120 años nada ha cambiado. Mismas son las muertes prematuras, mismas las vidas que no son vidas, mismos son los que las provocan y mismos son los que se llevan los dividendos, aunque prescindan de las mulas.
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