Mi noche triste
Cae la noche sobre Junín de Los Andes. La ciudad parece no haber descuidado nada en términos arquitectónicos. Detalles aquí y allá que la convierten en una modelo que sólo podrá perder la corona a manos de su vecina San Martín. La luna no se quiere perder la fiesta y se refleja de tal modo en el río que baña a la ciudad que da un aspecto diurno a la escenografía.
No parece que vaya a hacer tanto frío hoy. Si uno es adepto a gozar del paisaje con todos los sentidos, hay que acampar. Para oler la hierva, seleccionar las piedras, degustar una trucha, mirar los cerros o escuchar a los pájaros hay que estar lo más cerca de la tierra. Una carpa es la alternativa mejor para ese tuteo con el aire libre. Anoche –dice un baquiano- cayó una buena helada. Pero bien abrigados resistirán, agrega tranquilizador.
Hoy va a caer otra helada. El cobertor del auto es el primero en percibirlo. Primero se ha humedecido y ahora empieza a convertir su humedad en hielo compacto. Adentro de la carpa, naturalmente que también refrescó. Por fortuna el cubre techo aguanta la humedad; pero el frío pasa igual. Una bolsa de dormir es poco, habrá que dormir vestido. Eso es. Aunque puede que no alcance.
No. por cierto que no. Es preciso agregar frazadas. Tampoco alcanza. Probemos agregando más abrigo. Todo es inútil. La luna se mete con su reflejo y el humo de la boca dibuja en la claridad imágenes que se esfuman. Pero mientras la vista se pierde y la mente imagina las piernas se entumecen. Miremos la hora. O, intentemos hacerlo. Las manos no responden tampoco. Las yemas de los dedos duelen demasiado.
En un segundo habrá que disparar. Es solamente levantarse y salir disparando hacia el auto y de allí hacia el pueblo, porque el sitio donde la luna se refleja en el río está en los suburbios. Parece muy sencillo pero sin embargo el cuerpo no está presto a acatar órdenes. Finalmente sí que lo hace. Salimos disparados. La capa de hielo sobre el cobertor del auto ha crecido, pero no impide que éste arranque.
La aguja de la temperatura hace huelga una vez más. El reloj, ahora sí que se puede ver, marca las 3 de la mañana. Una estación de servicio –la única- está abierta. Ahí hay calefacción y café caliente. También hay una espera prolongada frente a un televisor que no tiene frío. Martes 13. No te cases ni te embarques. Menos intentes acampar en invierno al pie de la Cordillera de Los Andes. Llega el alba. Vamos a contarlo, que por suerte podemos.
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