MIL CHICOS MUEREN AL AÑO POR CARDIOPATÍAS CONGÉNITAS
Más de mil niños mueren por año en el país por falta de acceso al tratamiento quirúrgico de las cardiopatías congénitas que sufren. Son muertes evitables en un 95%.
Este es uno de los alertas que serán datos y tratados en el IV Congreso Mundial de Cardiología Pediátrica y Cirugía Cardíaca Pediátrica, que se desarrollará del 18 al 22 de septiembre en Buenos Aires, según dijeron a Clarín los copresidentes de ese encuentro, los doctores Horacio Capelli y Guillermo Kreutzer.
Horacio Capelli es jefe de Cardiología del Hospital Juan P. Garrahan. Kreutzer fue jefe de la División Cirugía Cardiovascular del Hospital de Niños R. Gutiérrez, donde aún, jubilado, sigue operando. Hablan desde ese lugar y desde la experiencia que les da el contacto cotidiano con sus pequeños pacientes. Sintetizan el problema en el desfasaje que hay entre la demanda y la oferta de atención en hospitales públicos.
Las últimas estadísticas oficiales, con datos de 2002, indican que ese año murieron en el país 864 niños menores de un año por “malformaciones congénitas del sistema circulatorio”.
Capelli relata: “En este momento un neonatólogo tiene un nivel de biblioteca razonable, por lo que un chico sobre el que hay alguna sospecha rápidamente es derivado al cardiólogo pediatra. Un simple diagnóstico con electrocardiógrafo detecta el 99 por ciento de las cardiopatías”, relata Capelli. Algunos padres pueden detectar sus síntomas: el niño que se cansa cuando toma la teta; el que tiene dificultades respiratorias, los labios morados.
El problema es qué se hace con esos chicos. “Se va armando un cuello de botella, porque la disponibilidad de los quirófanos en el país es limitada”.
Las operaciones son complejas. Requieren la presencia en el quirófano de unas ocho personas. También, son largas. Relativamente baratas: 15.000 pesos, informa Kreutzer, contra unos 60 mil dólares en los Estados Unidos. Pero aquí aparecen los turnos de un año de espera o más, para los chicos en condiciones médicas de esperar, y otros que reciben un turno llamado “flotante” o “volante”. Sus padres ruegan que un chico con un turno ‘normal’ no llegue a la operación —y si no llega es o porque tiene fiebre, o por falta de medios económicos o porque murió— para que atiendan al suyo. “Uno comete la aberración —reflexiona Kreutzer— de decir: ¡qué suerte que no vino tal así podemos operar a Raulito!”. Por eso se habla de “la lista de la muerte”.
¿Cuántos chicos hay en estas condiciones? Los cálculos de Capelli son los siguientes: “La incidencia de las cardiopatías congénitas es del 1%. En el país hay alrededor de 700.000 nacimientos por año, es decir, unos 7.000 con defectos cardíacos congénitos. Entre el 60 y el 70% de estos requiere tratamiento quirúrgico antes del año; de ellos, el 50% antes del año de vida. Se necesitan entonces unas 3.500 cirugías al año y la oferta en el país es de 2.000”.
¿Todos los chicos operados pueden llevar una vida común y corriente? “Yo hago la analogía con una cubierta recauchutada. Podés ir a 80 km/h; no a 180. Entonces, estos pibes pueden jugar al fútbol, por ejemplo, pero no entrenar como Coria, 14 horas por día”, sintetiza Kreutzer. Ojo: “El riesgo quirúrgico global es del 5%. Cada patología tiene su complejidad, además hay chicos que llegan en condiciones inoperables”.
Kreutzer tiene un ejemplo reciente. Una mujer de José C. Paz se acercó al Hospital Gutiérrez con su niño en brazos. Había cambiado su pantalón por monedas que le permitieron tomar el colectivo. “Sabíamos que no la podíamos mandar de vuelta, porque no iba a volver”. Entonces, se hizo un lugar, el chico de un turno programado no llegó y operaron al pibe de José C. Paz. A los diez días, madre e hijo fueron dados de alta. Al día siguiente, Kreutzer se los encontró otra vez en el pasillo del hospital. ¿Qué hace acá? No tengo para volver, respondió. ¿Qué está comiendo el chico? Nada. “Los internamos a los dos otra vez”.
¿Soluciones? Capelli habla de mejorar los centros regionales. “No para que tengan centros de alta complejidad, sino para que resuelvan bien las complejidades menores. Lugares como el Garrahan deberían dejar de atender diarreas para poder hacer más operaciones de alta complejidad con muy baja mortalidad”.
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