Mitad de camino
Pasaron muchos días pero pasaron muchas más cosas. La mitad del camino es otro de los hitos imaginarios que uno se traza con la excusa del balance. La cabeza lo necesita, porque, como ha quedado dicho en nuestra crónica inicial, nada sirve sin el origen: o sea, en cada valoración que uno hace están implícitas nuestras historias, nuestra formación y nuestro lugar de partida.
De modo que, como santafesinos, toda vez que comparamos, la referencia es Santa Fe. Y a esta altura, cuando la nostalgia por el terruño se aparece con más frecuencia según van pasando los días, está claro que a uno le duele en los huesos la Argentina que se vive pero también le duele más la ciudad que lo parió.
Y es sencillo: pasado el noreste, el noroeste y buena parte de cuyo, podemos afirmar que, a pesar de las carencias de cada uno de los lugares visitados, de los olvidos, de las preelectorales promesas incumplidas, no hay ninguna ciudad que esté tan deteriorada ni estancada como la nuestra.
Contado lo que nos duele de allá, veamos lo que se siente acá: al margen de lo paisajístico, este último mes estuvo signado por los hallazgos arqueológicos y paleontológicos y por la relación feudal de los gobernantes con los habitantes tanto de San Juan como de San Luis.
Entre el Valle de la Luna en San Juan y su continuidad, el Parque de las Quijadas, en San Luis, hay un resumen del período terciario que al visitante lo atrapa, lo involucra con la historia y lo transporta hasta un estado de interrogación tal que llega un momento que uno quisiera huir despavorido de sí mismo, nomás para no seguir preguntando, como esos padres a los que los hijos los acorralan con preguntas que no tienen respuestas.
Lo otro, la relación política de poder y súbditos sólo cambia en la prensa nacional con que cuentan uno y otro feudo. San Juan es a Gioja lo que San Luis a Rodríguez Saa. O sea, una herramienta para perpetuarse en el gobierno y para, paralelamente, montar negocios privados valiéndose del estado para incrementar escandalosamente el patrimonio personal.
Aunque, claro está, habrá que rescatar en San Luis la obra pública, que no se le parece a la que se ejecuta en ninguna provincia argentina. “Aquí no tiene casa el que no quiere”, dice un opositor con franqueza. Y ni pensar lo que dicen los oficialistas. “Roba pero hace”, dicen los moderados del Adolfo. “Y acá ni hacen”, dicen los sanjuaninos. Acaso ahí radique la diferencia.
Por último, tal como sucediera en provincias visitadas con anterioridad, la cuestión minera ocupa la escena, sobre todo más cerca de la Cordillera, por las implicancias a la potabilidad del agua, por la condición de recursos no recuperables que el estado argentino cede sospechosamente a grupos económicos que ofrecen condiciones poco convenientes y porque es simbólica de cómo el país se sigue rematando como si 500 años hubieran pasado en vano.
No mucho más que eso. El viaje sigue con la virtud de que nunca es rutina y con el defecto de que hay que cuidar la salud más que cuando uno es sedentario. Pero no se crean que por este detalle mínimo no vale la pena. Ya aguarda Mendoza en el horizonte y allí dicen que siempre hay sol y buen vino, de modo que son dos alicientes que pueden hacerle recuperar las energías a cualquier viajero. Vayamos.
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