Molestos como moscas
Pese a que la noche de los desérticos llanos riojanos es fría, el alba hacer picar la lana sobre el cuerpo y anuncia que habrá una jornada soleada. Viene bien, después de varios días sin que el sol anuncie su presencia recostándose en las montañas que, desde aquí, se ven lejanas.
Patquía, que en quechua quiere decir “cruce de caminos”, le hace honor al nombre y divide las rutas entre los que van hacia la capital riojana, los que marchan rumbo a un cruce con Chile o los que han decidido poner proa a Chilecito, el pueblo de viñedos que debe su nombre a una furibunda inmigración trasandina que hoy ya no es tal.
Pero la ruta no se ofrecerá apacible como el día al periodista ambulante. Unos pocos kilómetros rumbo a las tierras del siempre presente Joaquín V. González, una señas delatan la presencia de un control. Uno avanza con la tranquilidad del que todo lo lleva en regla; sin embargo, no habrá que estar tan seguro.
Se anuncia el control con el pomposo nombre de “fitosanitario”. Los centinelas visten de un verde ecológico que hace pensar que no exageran en nada. Y enseguida consultan sobre la presencia de frutas en el vehículo. Es más, antes que el viajero pueda contestar, solicitan la requisa de la unidad, a la que cualquier caballero no puede oponerse.
De repente, tras un silencio breve que se parece a una eternidad, mientras otros cuatro empleados del Senasa y un policía observan con detenimiento a su compañero que no para de requisar, éste se vuelve hacia el chófer y dice como quien encuentra algo peligroso, con tono denunciante: “aquí hay dos kilos de mandarina y un pimiento verde. Los vamos a tener que decomisar”.
Ante semejante contundencia, a uno no le queda más que agachar la cabeza, pero igualmente, atina a preguntar, casi como en un susurro, un módico “porqué”. Y entonces el agente, siempre serio pero de buenos modales, invita al conductor a visitar una casa rodante en las inmediaciones y a labrar el acta de infracción.
No hay reprimenda, sino una didáctica y amena charla. La mosca blanca ha invadido la zona y suele alojar sus gusanos en las cáscaras de la mandarina y otros frutos. Hay que cuidarse, dice el hombre. Mientras deja constancia que le acaba de incautar a un periodista ambulante la friolera de dos kilos de mandarina y un morrón que, en el rigor del informe, aclara que es verde. También dice que serán destruidas, para que uno no crea que se la comerán en el control.
Después, acaso para impresionar, muestra en un tubo de ensayo lleno de un líquido viscoso, dos moscas blancas a las que, a esta altura, uno empieza a odiar. El empleado está sentado sobre tres ruedas viejas de camión que obran de sillón, tapizado con una frazada.
El lugar es poco acogedor y mientras uno firma el acta de infracción, varias… moscas, sí, moscas, se apoderan de la casilla rodante. El inspector dice que no hay que temer porque son moscas negras. Uno se queda tranquilo entonces, y se apresta a marcharse lo antes posible. Cuando en el camino comienza a leer el volante instructivo que recibió con el acta, descubre que la inquilina de las mandarinas se llama científicamente “anastrepha fraterculus”.
Parece una tomada de pelo. Pero no, unos kilómetros más adelante, leyendo el diario, se puede descubrir que en efecto, la plaga asola la zona, aunque podría ser producto de plaguicidas que las multinacionales venden como buenos a los pobres pequeños productores. La tomada de pelo es esta, entonces.
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