MUERTE EN LAS VÍAS: LE ROBAN EL CELULAR Y LO TIRAN ABAJO DEL TREN
Los rayos del sol de la tarde se cuelan por las ventanas de la casilla de madera. Hace frío, pero adentro el clima no importa: sólo están los familiares más cercanos a Juan Marcelo Cruz llorando junto a su ataúd. Afuera, vecinos y amigos esperan en silencio, frotándose las manos o protegiéndolas en los bolsillos de sus camperas. Muchos fuman. Casi ninguno habla.
Todavía no pasaron 24 horas del crimen y por eso el dolor está tan presente. La noche anterior, la del domingo, Juan Marcelo caminó junto a su novia Sheila las 15 cuadras que separan a su casa de la estación Libertad, partido de Merlo. Mientras aguardaban allí al tren que los llevaría hasta la siguiente estación, la de Merlo Gómez, un grupo de cinco ladrones intentó robarle el celular, la campera y las zapatillas.
Primero le preguntaron la hora y se las dijo. Enseguida uno de ellos mostró un arma y le exigió el celular. El se los dio. Pero cuando quisieron sacarle las campera y las zapatillas Juan Marcelo se resistió: forcejeó con ellos hasta que el que estaba armado le disparó en una pierna. El joven empujó a su novia y le gritó: “Corré”.
Fue lo último que dijo. Eran las 20.07 y el tren que esperaban para ir a Merlo Gómez fue el que terminó con su vida: los ladrones lo empujaron a las vías y Juan Marcelo murió arrollado.
Los ladrones escaparon corriendo con el celular de la víctima ante la mirada evasiva de la gente que estaba en el andén. Sólo cinco testigos declararon en la causa: Sheila, el guarda del tren, el maquinista y su ayudante, además del auxiliar de la estación que fue quien avisó a la Policía, aunque no vio nada. Ningún pasajero quiso colaborar.
En la estación no había policías. “Eso es algo normal”, dijo Fernando Jantus, vocero de Metropolitano, empresa concesionaria de la línea Belgrano Sur (que va desde la estación Buenos Aires, en Capital, hasta Marinos del Belgrano, en Merlo). “La estación Libertad no está considerada como peligrosa, así que sólo hay guardias rotativas”, detalló.
Allí tampoco hay cámaras de vigilancia, ni buena iluminación. Sólo hay algunos bancos de madera, un baño sucio y la pequeña e inexpugnable ventanilla donde está el vendedor de boletos. El andén de la estación es bajo y mucha gente camina por las vías. Del otro lado de la estación hay un gran terraplén y casas cuyos frentes dan a las vías.
Juan Marcelo tenía 19 años y vivía en la humilde casilla de la calle Carlos Ortiz, entre Fray Luis Beltrán y Marconi, frente a un amplio terreno en el que una plaza le ganó el lugar al basural.
Trabajaba de albañil junto a uno de sus cuatro hermanos y su padre, Juan Carlos. Había terminado el secundario y había estudiado computación. Hacía más de dos años que estaba de novio con Sheila, a quien casi siempre acompañaba en tren a su casa.
Justamente el papá de ella fue el que le dio la terrible noticia a los Cruz. “Primero nos dijo que había sido un accidente, pero después supimos que le habían pegado un tiro y lo tiraron abajo del tren”, dice quebrada la mamá del chico.
“Espero que se haga justicia y que terminen todos presos porque mi hermano era un chico serio y trabajador. Nos destruyeron todo, nos partieron el alma”, cuenta Eduardo, uno de los hermanos de la víctima. Para él, los autores del crimen “tienen que ser de la zona y hay gente que los conoce y no quiere decir nada, porque tienen miedo”, sostiene.
Por ahora la fiscal de Morón Karina Iuzzolino, titular de la UFI 5, cuenta con pocos testimonios y declaraciones no muy descriptivas. Además de la comisaría 4ª de Merlo, investiga el crimen la DDI de Morón. Y la Policía Científica perita una vaina de calibre 22, del arma con que le dispararon al chico, para ver si de ahí puede surgir algún dato más que los lleve a la banda. Por ahora sólo se sabe que serían jóvenes de entre 18 y 20 años, según declaró la novia de la víctima.
En el amplio jardín de poco pasto los vecinos resisten el frío en silencio, que con la caída del sol se hace más intenso. Siguen fumando y aguardan el momento en que les toque entrar a la casilla de madera para darle el pésame a la familia, que llora la muerte de un hijo y espera que aparezcan testigos que puedan señalar a los asesinos.
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