Murena y el frágil ardor del instante
Es difícil estar aislado. Así comparece Héctor Murena en este libro breve y meditado, y así pasó sus últimos años, cuando lo escribió, hasta alejarse mucho de sus contemporáneos, que ya no lo eran, pues Murena, por pensar contra su tiempo, se fue volviendo anacrónico, y esa es una meta que nadie suele ambicionar. A poco de morir, en 1975, había devenido en espécimen único y apartado. Sin embargo, al comienzo, Murena había sido promesa generacional, escritor reconocido, animador de comités editoriales, autor de un par de ensayos que llamaron la atención. No careció de triunfos, y por entonces, la década de 1950, años de renuevo intelectual, nada hacía pronosticar su futura soledad, su destino de extinción, que también lo fue de un tipo específico de hombre de letras. Puede considerarse a La metáfora y lo sagrado como un adiós iluminado, un canto de cisne, incluso un amén, en el caso de que esta palabra esperanzada pudiera cuajar en algún género literario.
Desemejante a cualquier otro publicado en 1973, el libro resultaba ininteligible, en todo caso incompartible. Sus temas –la melancolía, el sentido del tiempo, la traducción, el arte como mediación con lo sagrado, el silencio– no eran novedosos, más bien “clásicos”, ítems de la currícula estética. Pero Murena difiere en lo esencial: no busca explicar, ni describir, ni siquiera defender la obra de arte, a la cual toma por vestigio, no por motivo de adoración cultural y mucho menos por algo que un artista podría “hacer”. Creía que el móvil del arte era la nostalgia por el Otro Mundo, y que la fe, reminiscencia de una plenitud desbaratada, era la piedra donde asentar la voluntad de crítica. En Argentina, donde la religión no es tomada muy en serio, entender a la crítica como acto de fe conduce a la incomprensión, o al desprecio, mucho más si las fuentes sugeridas son el Tao, la Biblia, la Torah y el Mito. No sorprende que en un escenario intelectual que sólo apreciaba el racionalismo deductivo, el afán de sistematización y la lectura dialéctica de la realidad, se le haya embutido el sambenito de “místico”.
Cuando se considera al arte únicamente como forma historizada se extravía el camino regio de acceso a lo sagrado, y entonces las obras se estancan en síntomas de época y medran en corrientes estéticas cuyas variantes se actualizan de tanto en tanto, del mismo modo en que un parque de diversiones debe ofrecer nuevas atracciones para poder seguir siendo visitado. En el mejor de los casos la obra es “avidez amedrentada”, pues el diálogo con la muerte es ineludible; en el peor, cualquier cosa puede ser consagrada por curadores o comentaristas que llaman “arte” a lo que, en propiedad, debería ser llamado “cualquier cosa”. Después de todo, se sabe desde hace décadas que la “muerte del arte” ya está certificada, lo que no es nada malo, no todo dura para siempre, por más que los deudos insistan ahora en transformar al funeral en baile de disfraces.
Si se tratara únicamente de proclamar que “el arte nace por necesidad de Dios”, Murena se habría integrado a una tradición milenaria de lectores de textos religiosos muy despreocupada de los dogmas ateos del momento. Pero Murena atraviesa muchos más límites. En éste, su libro final, la incapacidad de desentendernos de lo útil, el dominio, y las industrias de la cultura y de la política instala un cono de sombra sobre nuestras irrecuperables vidas. Es la existencia en el engranaje, cuyos dientes se han llamado Revolución Industrial, Terror Revolucionario, Tecnocracia, y Administración Democrática del Estado de Cosas. Y aunque nuestros saberes sean inútiles fascinaciones, o bien locuras, las ideas “de época” exigen servidumbre, que seamos pensados por ellas, y encima, quienes se dedican a las letras y al pensamiento las trompetean con gusto y arrestos. Y por cierto que Murena no era conservador ni reaccionario, sólo un no-creyente en las consignas de transformación violenta de la realidad que a sus adversarios les llevaría décadas purgar, y nunca del todo.
El libro pasó desapercibido, porque para 1970 Murena estaba eclipsado, en buena medida por autodestrucción, pero ya antes el contexto se le había vuelto expulsivo. Causas: la declinante aptitud del liberalismo, en cuyos círculos él había hecho nido, para civilizar la incultura local; el lustre conseguido por marxistas y populistas entre las nuevas elites intelectuales; el desinterés por el “pensamiento crítico” de origen alemán, traducido e interpretado por Murena; el hechizante cambio de situación en Cuba; y en fin, la aparición de la revista Contorno, numen duradero de los devotos de la historicidad y el carneo político de la literatura. Curiosamente, otra aventura editorial previa, Las Ciento y Una, había aglutinado en 1953 a Murena con los contornistas David Viñas, Juan José Sebreli, Carlos Correas y Rodolfo Kusch. Pero no pudieron soportarse y los jóvenes abandonaron rápidamente la senda de Murena, que tampoco hubieran podido seguir. En cuanto a sus ínfulas intelectuales, nunca terminaron de cuajar en pensamientos poderosos, más allá de que alguno de los de Contorno sobreviviera a fuerza de estilo.
Lo cierto es que Murena no tenía predisposición al “compromiso”, regla de oro de la época, y además, en política, no era un crédulo. Se reitera en estas páginas que el tiempo, así como lo experimentamos, es caída y privación gestionadas por regímenes de fascismo simpático o de encierro comunista. Ambos fabrican seres mortecinos, sin cielo y sin luz, aunque se siga trabajando todos los días y pagando cuotas de créditos y participando de comicios. Su opuesto es el frágil ardor del instante y allí no vale la política ni los sistemas de pensamiento. Sólo la espera, sin pasado, sin futuro, y hasta sin esperanza. Con los años se comprueba que las doctrinas al uso eran pasajeras, o ilusionadas, cuando no pretenciosas, es decir velos que nos superponemos para evitar darnos cuenta que no hay respuestas. Solamente podemos confiar, consolar, enamorarnos, no obedecer. Cualquier otra intención es pérdida de tiempo, salutaciones al lenguaje de la serpiente.
Los centros de tensión de La metáfora y lo sagrado se condensan en el hombre no reunido consigo mismo y sin el poder del amor, en la estética como claudicación, en la consistencia de las palabras, siempre promesas o amarras, pero también dones equívocos, y en la vida como arte de fracasar dejando frutos. Nada de esto podía interpelar a sus contemporáneos, que vivieron entre la fiesta y el pandemónium, y tampoco nos dice algo a nosotros, más tranquilizados. El prólogo del libro está fechado por Héctor Murena el 15 de julio de 1973. Dos días antes Héctor J. Cámpora había resignado la presidencia de la Nación y de allí en más el país se abismó hacia la insanía y la barbarie, la confusión y el estruendo. Ya nadie escucharía nada más que balazos y órdenes de mando. Quiso el azar que justo ese día de 1973 se fundara en
Buenos Aires la Asociación Argentina de Sordos. No se lo tome como metáfora o broma cruel: había algunos, por entonces, que hubieran querido, y mucho, escucharse unos a otros.
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