MURIÓ EL POETA Y PREMIO NOBEL CZESLAW MILOSZ
La lúcida conciencia de la destrucción y la negativa a hacer de ella mera “poesía”, en el sentido estatuario y oportunista de la palabra, son un indicio de la ética literaria de Czeslaw Milosz, escritor e intelectual polaco que murió ayer a los 93 años en su residencia de Cracovia (sur de Polonia), por una insuficiencia cardio-respiratoria.
Ejemplo de esa ética son estos versos, que escribió al terminar la guerra en 1945, ante las ruinas de Varsovia: “Ustedes, a quienes no pude salvar/ Escúchenme./ Intenten entender estas simples palabras, ya que de otras me avergonzaría./ Les juro que en ellas no hay sortilegio./ Les hablo en silencio como una nube, como un árbol”.
Sobreviviente de un horror que está más allá de las palabras, Milosz quedaría marcado para siempre —como Paul Celan, como Primo Levi y tantos otros— por esa imposibilidad de nombrar que viene del horror y que es la negación de la poesía pero al mismo tiempo su motor más potente, la fuerza para su búsqueda perpetua de nombres nuevos, de mundos nuevos.
El poeta quería una palabra tan poderosa como el silencio, tan inocente como la nube o el árbol para que tocara con sus dedos ligeros el rostro de los muertos. Aborrecía la retórica de las lápidas, de la historia, de la política, de la prensa. Y fue no obstante un artista político en el sentido más cabal de la palabra, y un profundo opositor al stalinismo. En la ceremonia de entrega del Nobel, en 1980, Milosz utilizó ese estrado de privilegio para invocar la causa que había defendido desde la tribuna anónima y humilde de su vida de artista y de emigrado: “El exilio del poeta es en la actualidad el simple ejercicio de un descubrimiento relativamente reciente, por el cual sabemos que quienquiera que detente el poder dispone también de los medios necesarios para controlar el lenguaje, y no sólo mediante la censura, sino, sobre todo, alterando el significado de las palabras”.
Su causa contra ese poder que arrebata la verdad y destruye la belleza del mundo se manifestó tanto en la resistencia contra las tropas del Reich como en una vanguardia poética, lírica y colérica a la vez, que brilla en libros como Las calles de Vilna, La salvación y muchos otros; y le valió persecuciones, emigración, la larga proscripción de sus libros en su país. Después de alternar la poesía con la representación de Polonia en el plano diplomático, Milosz rompió con el régimen comunista y se exilió en Francia en 1951. Allí publicó el ensayo El pensamiento cautivo, donde ataca al régimen comunista y a los intelectuales polacos que se avenían a su discurso único. En 1960 se radicó en los Estados Unidos, donde fue profesor de literatura y lenguas eslavas en la Universidad de Berkeley, California. Veinte años más tarde se levantaba en Polonia la proscripción de su obra, y la Academia sueca le concedía el Nobel: aunque pueda pensarse que en cierta medida se premiaba al entonces emergente sindicato Solidaridad de Lech Walesa, a cuyas luchas adhirió fervientemente el poeta, ello no hace sombra al vigoroso resplandor de su voz.
Junto con Wislawa Szymborska, la deliciosa poeta de El gran número y Fin y principio, también ella Premio Nobel en 1996, Milosz formó parte de la casi desconocida literatura polaca, según él mismo, a causa de “las dificultades que genera su traducción”.
Como a todo gran poeta, no le cabe otro homenaje que el silencioso encuentro entre los vivos y los muertos que es la lectura.
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