MURIÓ HORACIO LARUMBE
Murió cerca de la medianoche del sábado, en las puertas de sus horas preferidas, las de bohemia, y de un modo bastante previsible, a los 64 años, en su ley. Mientras Horacio Larumbe sigue entrando en ese gran tal vez del que habló Rabelais, acá quedan ciertos consuelos. La música de su piano, por supuesto: su talento, su swing, el riesgo, la capacidad de improvisación. Y también sus ironías. En 1996, cuando su corazón lo amenazaba, le dijo Clarín: “El año pasado, con Herb Ellis, toqué tres días (pre)infartado. Le dije a la doctora que me atendía: Si no puedo fumar ni tomar, ¿qué quiere que haga? “¿Usted no se analiza, Larumbe?”, me preguntó. No, doctora, no soy supersticioso. Casi se infarta ella”.
Esta vez, el corazón le falló al mítico pianista con el que pidieron tocar Chick Corea, Hermeto Pascoal y otros grandes. Al pianista ciego, como prefería que le dijeran. “Porque no me parece bien hablar de “no vidente”. Nadie dice no rico sino pobre”.
Larumbe nació el 5 de enero de 1939 en Lincoln, provincia de Buenos Aires. A los 4 años, sus padres le preguntaron qué quería hacer. “Tocar el piano” contestó. Su primera profesora fue una vecina, Bocha Solana. El iba per diendo la vista por un glaucoma; ella le escribía en trazos grandes para que pudiera leerlos. Cuando tenía 7 años, la familia se mudó a la Capital Federal para que el pequeño Horacio —hijo único— estudiara en una escuela para ciegos en Lafinur y Las Heras. Larumbe no se olvidó ni se olvidaría de Bocha Solana.
Empezó tocando en Radio El Mundo. Pero a los 16 ya trabajaba en brumosos clubes nocturnos. Su debut, en el El Zonda, de Caseros, fue inolvidable. “Tocaban tres orquestas: una típica, una de jazz, en la que yo estaba, y una guaraní. Se armaban peleas fenomenales. Esa noche, mientras tocábamos, empezaron a matarse con sillas, botellas y puñales. Me escondí atrás del piano. De pronto entró la Policía Montada y empezó a repartir. Un músico de la guaraní le metió una cuchillada a un caballo, que quedó muerto en medio del salón. Yo estaba aterrado. No sé cómo conseguimos cobrar”, le contó hacer siete años a Gabriel Senanes, hoy director del Colón.
Con el tiempo fue inclinándose hacia las jam sessions. De día tocaba música académica; por las noches —encendidas de tabaco y whisky— se dedicaba al jazz. “No sé si el jazz es nocturno o simplemente que la noche es mejor para todo”, se preguntó alguna vez. A mediados de los 60 se radicó en Suecia por cinco años. Tocó en el Artist Club, con músicos famosos. Volvió con un órgano Hammond, convertido en el único organista argentino de jazz. “Por lo tanto, era el mejor y a la vez el peor de la Argentina”.
Sabía que le resultaría dificil vivir de su música. Pero igual se quedó. En los 80, compartió largas sesiones en el club Jazz & Pop con músicos más jóvenes que él, hoy parte de una nueva e interesante generación de jazzeros. Admirador de Horacio Salgán, de Astor Piazzolla y del tango en general (“Que también da la posibilidad de improvisar, aunque recién se lo explota ahora”) hace poco grabó un disco con María Volonté, rescatando varias piezas de los 40. En la Argentina no editó ningún disco propio. “Nunca quise ser famoso. Me gustaría vivir bien, tocando para unos pocos a los que les guste lo mío”, fue su deseo.
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