MURIÓ NORBERTO CAMPOS, ACTOR Y MILITANTE DE TEATRO ROSARINO
El lunes a la noche se fue uno de los grandes del teatro rosarino. Después de varios meses de oponerle feroz resistencia, finalmente le ganó un ominoso cáncer, que salvaje e ignorante, se llevó el siempre etéreo cuerpo de Norberto Campos. Con él se va su hiperactivo modo de ser, su prolífica y poco ortodoxa capacidad de creación, su florida pero siempre herética verba, su corrosivo sentido del humor, su honestidad brutal, su genio desaforado.
Aunque no nació aquí, Norberto dio lo mejor de su teatro en esta ciudad, luego de una importante experiencia en el porteño Instituto Di Tella. Corren los años 70 y ante la ya palpable escalada autoritaria en el país, Campos vio en Rosario un espacio donde poder ejercer su oficio con más soltura, una profesión que no concebía sin un profundo anclaje social. En este sentido, Campos se calificó siempre como un militante del teatro y un actor de la política.
De aquellos tiempos, se acuerda Cristina Prates, una de sus primeras discípulas rosarinas. “Yo tomé un seminario de teatro con él, apenas llegó a Rosario, en 1973. Enseguida hicimos Compañero País. De ahí ya no me separé más. Creo que hemos perdido una de las pocas ‘usinas de ideas’ que teníamos en la ciudad. El era un mentor, un ideólogo, un maestro con todas las letras”, dice Prates, quien acompañó a Campos durante más de quince años en el mítico Grupo Litoral.
Hace dos años, el Instituto Nacional de Teatro lo destacó con el Premio a la Trayectoria, un galardón que sólo había sido entregado dos veces, a Rosa Avila y a Pedro Asquini. En aquel momento Campos mostraba su sorpresa: “No esperaba este reconocimiento, pensé que era muy joven, y como todos estos premios se dan cuando uno está más cerca del arpa que de la guitarra…”, bromeaba entonces el actor y director, que en ese momento contaba con casi 45 años de carrera.
Sin duda, el máximo exponente de un teatro inquietante y profundamente artístico, Campos se definió siempre en función del arte. “El teatro, la música, la pintura, brindan un espacio de goce, de placer. La gente tiene tan poco placer, la vida en nuestro país es tan humillante, que por eso tantos se acercan al arte, por la necesidad de sentirte vivo. Vos desde ese lugar te sentís vivo, sentís que algo te cambió la vida, sentís que sos distinto, que te convertís en alguien mejor. Me parece que ése es el gran secreto”, decía en una entrevista.
Junto al grupo de La Acción, su joven elenco rosarino, transitó un largo camino que culminó con Teatro del Sigilo, una puesta en la que el artista exploraba los límites del lenguaje expresivo y experimentaba con el espacio. Antes, su Politik Teatre se sumergía en el intrincado pensamiento brechtiano, pero con códigos del teatro popular inspirados en la realidad nacional.
“Para mi generación, alumnos suyos o no, Norberto fue un referente ineludible”, cuenta Rody Bertol. “Además de ser un actor talentosísimo y un gran director, creo que más que nada Norberto fue un auténtico ejemplo de lucha, algo que ha sido y es absolutamente indispensable para los más jóvenes”.
Entre quienes lo conocieron, los recuerdos y anécdotas surgen a borbotones: desde sus siempre controvertidas declaraciones, en las que condenaba públicamente la hipocresía y la mediocridad del medio artístico rosarino, hasta su permanente participación en movilizaciones y asambleas, a las que, aún enfermo, solía asistir de riguroso payaso, montado en sus zancos y marchando al son de su trompeta.
Su despedida, como a él le hubiera gustado, fue toda una fiesta. Con la indiferente ausencia de las personas e instituciones que siempre detestó, pero acompañado por su enorme troupe de amigos y familiares, apretado entre una multitud de jóvenes, allá se fue Norberto, mecido por el retumbe de su querida murga y sin más compañía que traje de “Pepino el 88”, apenas un símbolo de su coraje y su consecuencia.
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