NACIDO PARA SER GRANDE
No por casualidad se lo considera el sucesor de Pete Sampras. Sobre el mismo césped donde el inolvidable Pistol Pete fue siete veces campeón, el suizo Roger Federer conquistó Wimbledon por segundo año consecutivo, al ganarle al norteamericano Andy Roddick por 4-6, 7-5, 7-6 (7-3) y 6-4, en 2h31m de una batalla emocionante y pareja.
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El Federer Express, el del rostro imperturbable, el del tenis exquisito, es otra vez el campeón del tercer torneo de Grand Slam de la temporada. Un certamen en el que llegaba como el gran favorito y se encargó de cumplir al pie de la letra con lo que se esperaba de él. En esta superficie, el suizo es el mejor del mundo. Indiscutible, a partir de las 24 victorias seguidas que acumula sobre césped, la segunda mejor marca en la era abierta, por detrás de los 41 triunfos seguidos de otro monstruo: Björn Borg. Un éxito que le reportó un ingreso de 1.200.000 dólares en su cuenta bancaria, y que también significó el 17° título de su carrera y el sexto en esta temporada, tras imponerse en Australia, Dubai, Indian Wells, Hamburgo y Halle, hasta convertirse en el máximo ganador en lo que va de 2004.
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Fue un gran partido, tal como podía imaginarse cuando se conocieron los nombres de los dos finalistas y los dos principales preclasificados. Roddick, el dueño del saque más poderoso del mundo, aparecía como el único jugador capaz de contener el sólido andar de Federer sobre el pasto londinense. Con otro detalle en danza: podía ganar justo en un 4 de julio, el día de la independencia de los Estados Unidos, una fecha en la que antes se consagraron, en este mismo certamen, sus compatriotas Sampras y Jimmy Connors.
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El norteamericano empezó bien. Apoyado en la potencia de su saque y con capacidad para resistir los peloteos en la base, Roddick fue más agresivo y decidido en el principio y encontró un rápido quiebre en el tercer game para marcar la primera diferencia, antes de que la lluvia -¡cuándo no!- interrumpiera las acciones durante 35 minutos, con el score 3-2 para A-Rod.
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En la reanudación, Roddick mantuvo el ritmo veloz que propuso y afirmó ese dominio hasta adueñarse del primer parcial. Pero no consiguió retener esa firmeza y perdió el foco en el segundo parcial, en el que quedó rápidamente 0-4. Federer tampoco terminaba de sostenerse, y con tres errores consecutivos le dio paso a la recuperación de su adversario: 4-4. Así lucharon hasta el duodécimo game, cuando el suizo acertó un passing paralelo perfecto para quebrar y dejar todo en sets iguales.
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El tercero empezó como el primero, con un break del norteamericano para adelantarse en el resultado, pero cuando estaba 4-2 el mal clima volvió a cortar las acciones durante 40 minutos. Y este parate perjudicó a Roddick, que ya no fue el mismo de antes. Federer regresó con las ideas muy claras, se animó a subir un poco más, y de inmediato emparejó el resultado, y en el desempate, el suizo jugó a la perfección. Restaba saber cómo reaccionaría el norteamericano al encontrarse en desventaja. Lejos de entregarse, contó con varias oportunidades para pasar al frente, con seis puntos de quiebre. Pero no los aprovechó, y en el séptimo juego, en la única posibilidad de break para Federer, un drive ancho del norteamericano significó el estiletazo definitivo, y poco después, en su primer match-point, el número 1 trazó un ace perfecto. Wimbledon era suyo otra vez.
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Federer lo festejó como si fuera la primera vez. La máscara del hombre frío cayó y el suizo se arrodilló con un grito de festejo inmenso. Se abrazó con su vencido, arrojó la muñequera al público y se sentó a llorar en su silla; en el palco, también celebraba su novia y representante, la ex tenista Miroslava Vavrinec. El Nº 1 volvió a ganar en el momento exacto. Como un relojito suizo.
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