Nada es verdad y nada es mentira
Si algún logro comunicacional hay que reconocerle al Kirchnerismo es que consiguió relativizar todas las afirmaciones. Incluso las cosas que se ven, las que se palpan, terminan siendo relativizadas por el argumento de las “operaciones de las corporaciones” que “conspiran contra el modelo nacional y popular” Por Coni Cherep
En cierta medida, lo único positivo que consiguió instalar la frustrante aplicación de la ley de medios, es que los medios que responden a los intereses de algunos grupos empresarios han perdido la credibilidad ciega que supieron tener en su momento y hoy, casi todos los argentinos miramos con desconfianza tanto lo que llega desde la órbita oficial, como lo que pretenden instalar desde el pretendido Periodismo Independiente
“Nada de lo que dicen los medios es absolutamente cierto, y nada absolutamente falso” decía un viejo profesor de la Universidad y Argentina prácticamente ha consagrado ese principio a la hora de escrutar la veracidad de las afirmaciones que salen desde las pantallas y sus derivados de las usinas periodísticas tradicionales.
Esta semana, Jorge Lanata volvió a ocupar el centro de la escena después de muchos meses. Su manifiesto y reiterativo Anitikirchnerismo lo volvió repetitivo, y luego de las denuncias contra Lázaro Baez, su impacto en la agenda de los medios había mermado.
Sin embargo este domingo, y en inocultable combinación con las elecciones del próximo domingo, puso en el aire dos testimonios impresionantes: dos personas directamente vinculadas con el Triple crimen de General Rodriguez que destapó el negocio de la Efedrina en el país, aseguraron que el mismísimo Jefe de Gabinete de Ministros de la Presidenta, Anibal Fernandez, fue el autor intelectual de los asesinatos y que la razón de semejante latrocinio fue su condición de “Jefe de una banda de narcotraficantes” que eliminó a los competidores.
La afirmación de los delincuentes sonó certera, y el lunes por la mañana, en su habitual ronda con la prensa, el verborrágico Ministro apareció trémulo y confuso a la hora de defenderse. Obviamente que acusó a Lanata de “haberle montado una operación para evitar que sea Gobernador de Buenos Aires”, pero en un inesperado agregado acusó a sus propios competidores en la interna del FPV de Buenos Aires, entre los que se encuentra el mismísimo Presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Julian Dominguez, de “haber colaborado con la patraña de Clarín”, lo que disparó todo tipo de elucubraciones.
Y más: en una frase que preferirá olvidar rápidamente, le recomendó a sus competidores que “en lugar de acusarme de narcotraficante, deberían dejar de comprarle merca a los dillers de la Provincia”.
Enseguida salieron las relativizaciones, las descalificaciones a los denunciantes, las interpretaciones de la denuncia, el contexto, presuntas extorsiones, en fin… hasta se habló de la voluntad del Papa por correrlo a “Anibal” de su candidatura.
Y una vez más, la denuncia, los hechos, la gravedad de las acusaciones pasaron a un segundo plano, y lo que se terminó discutiendo fue si “Clarin miente o no”, “Si Anibal es victima de una opereta” y cualquier discusión lateral que evite ir al centro de la cuestión: ¿ es posible que el Aníbal sea jefe de una banda narco y que haya mandado a matar a tres personas?
Así es la realidad argentina hoy. Todo depende de quien lo diga, y desde donde lo dice.
Ningún hecho es real, ni ficticio. O todo lo contrario.
Es probable que el debilitamiento de la vieja omnicredibiliad de los medios sea un efecto sano para las instituciones democráticas, y que las sociedades sean mejores cuando sus convicciones dependen de sus propias conclusiones en el cotejo de argumentos, antes que consecuencia de un discurso único.
Pero al mismo tiempo se vuelve muy peligroso que nada de lo que se diga, incluso la afirmación de un crimen, merezca un tratamiento serio, por encima de las chicanas políticas.
En Argentina, nada es verdad y nada es mentira.
Y algo de trágico hay en esa afirmación: cuando no hay ninguna certeza, ningún poder tiene límites. Y corremos el riesgo de que las “verdades” se impongan por la fuerza.
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