Nada más que nieve
Ahora sí, vamos cerca, lo más cerca posible, de la cima del Aconcagua. Culpa de Billiken uno no puede disfrutar la historia argentina; sin embargo, la soledad invita a preguntarse por aquellos hombres que cruzaron un día vaya a saber cargando qué situaciones personales diferentes y qué sensaciones tan inimaginables. Los primeros kilómetros son a puro sol, pero más arriba se aprecia claramente que no hay celeste posible en el cielo.
Llevamos cadenas. Un gaucho lugareño nos enseña a colocarlas en el auto pero dicen los gendarmes que todavía no harán falta. A propósito de patrióticos pensamientos hay un puente a un costado de la ruta. Es el Puente de Picheuta, donde unos soldados de la vanguardia de las huestes de Las Heras fueron sorprendidos por los realistas. Un lugar de piedra, que ha quedado así desde entonces, aunque, claro, sin los soldados de Las Heras.
Más adelante vuelve el camino a reclamar respeto. Un camión ha tumbado y está desparramado en el suelo andino. Hay que pasar con cuidado, dice otro gendarme, como si hiciera falta. La cornisa ofrece a los más temerarios la chance de mirar el río Mendoza a pleno, pero mejor observar la ruta, para no terminar como el camionero reciente. Además, la roca cordillerana a menudo se desprende sobre los techos de los automóviles.
De pronto, unos puentes montañeses que fueron ferroviarios se apartan del camino y aparece la más grande claridad que uno se pueda imaginar. Ni Gianola en la propaganda de Ala lo podría decir mejor: aquí hay tanta nieve que la ruta se parece a un hilo de alquitrán frío que pronto comenzará a desaparecer bajo la espesura blanca. Comienzan a aparecen los primeros puestos de esquí: Los Penitentes, el lugar top, o Laguna de los Horcones, para aspirantes a top.
Todo está cerrado por ella que ahora está dando alegría a los turistas que gambetean obstáculos: la nieve. Blanco aquí y allá. En Puente del Inca espera el sitio más hermoso. Es un antiguo paso de los primitivos pobladores que ha quedado a un costado de la ruta. Después construyeron un hotel que se derrumbó y hoy quedan esas ruinas, doradas, sin nieve, que contrastan con los alrededores blancos.
Unos kilómetros más adelante ya la nieve ganó la ruta. Ni tiempo para colocar cadenas. Está la frontera abierta pero hay que volver, porque pasar a Chile podría implicar quedar varados allí, con la tradicional hostilidad trasandina para con nosotros y lo desfavorable del cambio monetario. El pobre Cristo Redentor está canoso de nieve y su traje raído también luce blancuzco, al igual que la barba y el bigote del Salvador.
El regreso será con cuidado y con satisfacción. Aún cuando no pudimos apreciar la cima del Aconcagua ni el Cementerio del Andinista –nombre que habla por sí mismo- el regalo blanco paga el recorrido. La Cordillera se vistió de agosto y eligió lavarse en la nieve justo para nosotros. Y para los suizos que lo miran por TV, porque aquellos Alpes no le atan los botines al paso que hizo glorioso al Ejército de Los Andes.
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