NALBANDIAN SE JUGÓ TODO
Firmaba y firmaba David Nalbandian. Firmaba en pelotas de tenis gigantes, en gorras, en remeras, en cubreasientos. Estaba ahí Nalbandian, atrapado por varias decenas de admiradores que querían guardarse para siempre su autógrafo. El, pacientemente, con la misma paciencia con la que destruyó a Mark Philippoussis, accedía a cada uno de esos pedidos. Sabía, seguramente, que esos admiradores, más todos los otros que estuvieron entre las más de 10 mil personas que colmaron el estadio, habían disfrutado hasta el éxtasis de su fantástica actuación. Sabía que se habían enrojecido las manos de tanto aplaudir, sabía que rozaban la disfonía de tanto esforzar la garganta con cada alarido, sabía que se habían dado vuelta (primero, la mayoría apoyó a Philippoussis) a medida que la superioridad se hacía manifiesta e irremontable. Sabía, Nalbandian, que ellos se merecían una firma suya tanto como él se merecía la ovación conmovedora que lo despidió al cabo de las tres horas y 13 minutos y del 7-5, 6-7 (10-12), 6-3 y 6-2 de excelso tenis.
Como suele suceder, el cordobés se agrandó frente a una figurita difícil como el gigante australiano. Finalista de Wimbledon, 20° tenista del mundo, Philippoussis tiene uno de los mejores saques, pero además dispone de otros golpes valiosos. Claro, su poderoso servicio lo obliga a apostar ahí todas sus fichas. “Sé que habrá games en que ni siquiera voy a ver la pelota”, había dicho Nalbandian en los días previos. “La cuestión pasará por estar bien de la cabeza”, completó en el análisis anti Philippoussis. Y ayer, Nalbandian estuvo más que bien de la cabeza: estuvo perfecto. Verdaderamente perfecto.
Philippoussis, a lo largo de todo el desarrollo, conectó 34 aces contra apenas cinco suyos. Pero Nalbandian nunca perdió la calma, jamás resignó la concentración. Al contrario: esperó su oportunidad, cada oportunidad. Y cuando dispuso de ellas las usufructuó de la manera más adecuada. No dejó que el australiano fuese seguido a la red, lo mantuvo a raya con un gran revés que le hizo considerable daño, lo movió hacia una y otra banda. Y lo demolió con sus palazos marca registrada. “Más allá de los aces que metió, una de las claves fue que le pude encontrar bastante el saque”, dijo Nalbandian, toda felicidad, cuando el resonante éxito ya estaba incorporado a sus pergaminos.
Después de quebrarse el saque una vez cada uno, Nalbandian se apropió del primer set tras romper otra vez el servicio de Philippoussis en el 11° game y mantener el suyo en el siguiente para el 7-5. El segundo parcial terminó en un impresionante tie break (ganado 12-10 por el australiano). En el tercero, Nalbandian recuperó a pleno el control. Se sentía muy cómodo y su calidad ponía distancias mayores. Philippoussis no le encontraba la vuelta (hizo 74 errores no forzados) al tenis de su agrandado rival. Fue 6-3 en el tercero. En el ultimo, el grandote levantó un match point (con un ace, por supuesto). Pero Nalbandian, sacando para ganar, brilló en el octavo juego. Con 40-0 clausuró su gran noche con un servicio ganador que Philippoussis devolvió lejos: 6-2.
Por primera vez en 22 años (desde 1981, con Vilas y Clerc), hay dos argentinos en los octavos de final del Abierto de Estados Unidos: Nalbandian y Coria. Los chicos —que ya son grandes— siguen haciendo historia…
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