NEUVA YORK, CIUDAD FANTASMA EN UNA NOCHE A OSCURAS
Aunque la luz empezó a volver y a las 21 el servicio se había restaurado totalmente después de más de 30 horas de interrupción, no hubo nada de normal ayer en Nueva York. La ciudad se despertó del apagón como si tuviera resaca, con los huesos ateridos y un gran dolor de cabeza. Había muchos negocios cerrados, el subterráneo se parecía a un mamut, porque era un gigantesco monstruo dormido. En la calle, la gente vagaba distraídamente con actitud de domingo, a pesar de que era viernes. El mensaje oficial era que había que tomarse el día con calma, como si se hubiera producido una gran nevada. Pero había más de 30 grados, y los neoyorquinos querían pedir asilo en el Polo.
Había sido una noche extraña, como de película. En Nueva York, nunca se ven las estrellas. Pero, ante la ausencia de luz, la gente pudo apreciar las constelaciones que existen en su firmamento. En la oscuridad, y desde la ribera de enfrente, Manhattan parecía un cañón de piedra, no un centro urbano. Las pequeñas llamas titilantes de las velas le daban un aspecto fantasmagórico e irrepetible. De lejos, la ciudad parecía una enorme trampa sin suministro eléctrico. Un gran cascarón frágil.
La mañana del día siguiente a este apagón gigantesco fue también la del dolor sin solución de los almaceneros y dueños de restaurantes. Cantidades de leche y crema, entre otros productos de rápida descomposición, por el calor reinante y la ausencia de refrigeración debieron ser arrojados a la basura. Ningún seguro cubre esa enorme pérdida. Recién al anochecer, casi 24 horas después de iniciarse la oscuridad, Nueva York recuperó en tres cuartas partes la energía y casi toda Long Island tenía luz y los refrigeradores volvieron a ponerse en marcha. Aunque los aeropuertos fueron los primeros en comenzar a funcionar, lo hicieron con limitaciones. Igual, los trenes y el subterráneo.
Casi nada fue sencillo, ciertamente. Hubo 80.000 llamados a los equipos de emergencia. Los bomberos tuvieron que liberar gente en cerca de un millar de ascensores que quedaron atascados donde los sorprendió el corte de luz. Y también en los subterráneos. El uso de las velas se generalizó, pero con el costo de 60 incendios, algunos de ellos graves y el saldo de un bombero con severas heridas.
La noche del apagón fue sorprendente en todos sentidos y no sólo por esos incidentes y algunos muy escasos saqueos. Mucha gente durmió en las escalinatas de los edificios públicos, resignados en medio del caos a que nunca lograrían regresar a sus casas. Estaban allí los oficinistas con sus trajes y maletines, agrupados en multitud, lo que daba cierta protección, aunque no exenta de algún peligro.
Mientras la oscuridad se iba devorando todo, había curiosamente un clima de fiesta, como si todo el mundo hubiera decidido celebrar la anormalidad en vez de maldecirla. Como los departamentos eran agujeros calurosos debido a una temperatura que no cedió de los 32 grados, la gente salió a la puerta de los edificios con cerveza, vino y hasta champán, a pesar de que beber alcohol en la acera pública está siempre prohibido.
Se hacían acompañar por una vela o linterna, junto con aquella radio a pilas que no se usa nunca, y que siempre está en el fondo de un placard. Las oxidadas escaleras de incendio, que arrancan de las ventanas de los viejos edificios, hacían las veces de patio. La policía, que nunca deja que nadie se apoye en ellas, no podía decir nada. Era todo un Viva la Pepa.
Los restaurantes de comida china, que son los más baratos y populares, hervían de actividad. Sus huesudos cocineros se derretían preparando estofados de pollo con verduras a la luz de la potente llama de sus hornallas, mientras los que habían caminado horas y horas por sobre los puentes de Manhattan demandaban con voracidad cualquier plato de comida. Y hubo quienes hicieron su negocio. Los camioncitos de los helados, que recorren los barrios tocando por un molesto altoparlante una melodía de cajita de música, sonaron hasta que vendieron todo. En muchos restaurantes, sin embargo, tuvieron que regalar las tortas de queso o el tiramisú, por miedo a que se pudrieran.
Las emisoras comenzaban ya a informar que la falla se debió a la antigüedad de las redes, que son de los años 50. Una novedad antipática en una ciudad donde la tarifa común de clase media apretada ronda un mínimo de 100 dólares mensuales.
Lo único que rompía la oscuridad de la noche era algún colectivo que pasaba de vez en cuando, o un avión perdido en el cielo. Cualquier rayo de luz significaba una esperanza. La palabra oficial era que el suministro eléctrico volvería pronto, pero nadie lo creyó. Esta promesa comenzó recién a cumplirse al amanecer. La gente despertaba sobresaltada por esa lamparita que había quedado encendida o aquel ventilador que de repente revivía, luego de haber estado horas parado.
A mí, este apagón me sorprendió junto a mi familia camino al aeropuerto JFK, tratando de tomar un vuelo a Buenos Aires. Nos llevaba un taxista marroquí, dispuesto a sacarnos hasta el último centavo por hacernos el favor de conducirnos a este incierto destino. Cuando llegamos a la estación aérea, encontramos a miles de personas en estado de agobio y caos.
Los agentes de seguridad se rieron en nuestras caras cuando les preguntamos si íbamos a poder salir. De repente, en el aeropuerto más vigilado del mundo, se habían perdido las reglas y el sentido común. Todo era un barullo de gente irritada. Nos tomó apenas unos instantes darnos cuenta de que nuestro proyecto de viajar se había convertido en una aventura de destino más vano que incierto. Y que debíamos resignarnos y volver a la ciudad. Nos trajo el mismo taxista con afán de cobrarnos todo el dinero. No había otra. Ciento veinte dólares costó la vuelta de casa al aeropuerto y del aeropuerto a casa. Había una multitud tratando de tomarse el mismo auto, y eso tenía un precio demasiado alto.
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