NEWELL´S CAMPEÓN, DESPUÉS DE DOCE AÑOS
Nadie, pero nadie en serio, podía creer lo que estaba viendo. El Newell’s que en la previa se lo veía relajado palpitando la segura obtención del campeonato, salió a jugar nervioso y por momentos, sobre todo en la media hora inicial, cometió una serie interminable de errores. Defensivos, sobre todo, que le terminaron costando muy caro. ¿Miedo escénico? Quizás. Lo cierto es que Newell’s desconcertó y obligó a que sus hinchas sufrieran demasiado.
En un par de minutos, apenas, quedó claro que llegar a la final de la recta no iba a ser una tarea simple. Los cuatro del fondo, aunque duela decirlo, jugaron un primer tiempo de principiantes. Mal en los relevos, mal en las marcas, mal en todo sentido. E Independiente, con la frescura del Pocho Insúa y el atrevimiento de Jairo Castillo, empezó a crear peligro por todos lados.
Lo tuvo el propio Castillo y con todo el arco vacío le dio a las piernas del arquero. Fue una luz de alerta. Y enseguida llegó lo que nadie esperaba. El colombiano, ante la pasividad de sus marcadores, ingresó muy cómodo al área y definió a un costado.
El desconcierto, a partir de ahí, se hizo total en Newell’s. Gallego vociferaba con furia desde el banco y los jugadores no reaccionaban. Les costaba dar dos pases seguidos y en la marca daban ventajas enormes.
Ortega, como pudo, se puso el equipo al hombro y trató de sacar a sus compañeros de un pozo que parecía cerrado con siete candados.
Terminaron los primeros cuarenta y cinco minutos en medio de la incertidumbre de los hinchas rosarinos. Sí, no podían creer que su equipo, el que tantas satisfacciones le había dado hasta aquí, se entregara mansamente a su propia impotencia. Hubo, claro, reto largo y tendido de Gallego en el entretiempo. Y Newell’s, con Capria ya en la cancha, salió a jugar distinto. Nada del otro mundo, pero más decidido a merodear el área rival.
Independiente se tiró atrás y aguantó. Tuvo su chance e Insúa definió a lo grande.
Ahí toda la atención se centró en Liniers, donde Vélez no encontraba la manera de quebrar a Arsenal. Llegó ese empate y en Avellaneda no se habló más de fútbol. Fue el tiempo del festejo, de darle rienda suelta a la locura después de tanta tensión.
Este contenido no está abierto a comentarios

