NEWELL´S INSISTIÓ MUCHO, PENSÓ POCO Y LO PAGÓ CARO
No hay caso. La punta se ha convertido en un dolor de cabeza. Para todos. Se llamen Newell’s o River. Estudiantes o Vélez. No hay distinción de raza ni de clases en este torneo Apertura, convertido en el reino del revés a fuerza de resultados insólitos. Tenía que ganar ayer el equipo que conduce Américo Gallego. Era un mandato que bajaba desde las tribunas. Que recorría cada rincón de la cancha. Algunos, los optimistas de siempre, se regodeaban observando al limitado adversario de turno. Sacaban cuentas. Sumaban tres puntos empujados por la lógica de la pasión. Error. Grosero error.
Fue empate. Y las proyecciones más atrevidas, las que permitían extender las diferencias en la cima, se hicieron añicos. El vaso, claro, tampoco está vacío. Newell’s sigue primero. Pero claro, ahora las ventajas se estrecharon. Sobre todo porque se aproximó River, uno de los rivales más respetados. A Newell’s lo visitaron los peores demonios. Aquellos que suelen acechar en situaciones extremas. Aquellos que se derrumban con juego o con personalidad. Con atrevimiento o con determinación. No pudo ahuyentarlos. Y por eso la tarde terminó en desencanto.
El partido fue como una película repetida para Newell’s. Al menos de las que ya se observaron en Rosario. Encontró en su camino a un rival preocupado por entorpecer movimientos, dispuesto a explotar la contra, con ambiciones recortadas. Pero esta vez, a diferencia de otras tantas, las cul pas también deben recaer sobre Ortega y sobre Scocco, sobre Marino y sobre Capria. Sobre todos los jugadores de un Newell’s que no supo aprovechar una docena de situaciones para definir un pleito que debió ganar.
Salió a jugar su partido Olimpo. A hacer ese negocio de números tan flacos, tan pequeños. Por eso Gregorio Pérez armó un equipo con dos líneas de cuatro, un enlace y un punta (Delorte) obligado a soportar la presión de los rivales en soledad. Todos ellos tenían como misión explotar la pelota parada y el juego aéreo. Pero Newell’s le opuso sus mejores armas: la pelota contra el piso, el recorrido por las bandas, la movilidad de sus hombres más hábiles. Así convirtió el partido, por momentos, en un plano inclinado. El problema fue que chocaba demasiado en los metros finales. Hasta que apareció Ortega y con una jugada mágica abrió el marcador.
Con el resultado a favor, Newell’s cometió el peor de los pecados. Rifó situaciones y permitió la resurrección de su rival. Un centro de Buján, un error compartido entre Leandro Fernández y Villar, terminó en un cabezazo goleador de Páez. A partir de ese momento, el equipo de Gallego fue a buscar con los músculos tensos y la mente extraviada. Ortega se puso el equipo al hombro desde la posición de enlace, pero no fue suficiente. No logró quebrar el empate. Newell’s pudo llevarse el premio mayor: sumarle alguna certeza, un mínimo alivio al final de su recorrido por el torneo. Pero no lo logró. Por eso el desencanto.
Este contenido no está abierto a comentarios

