NINGUNO DE LOS DOS SE ANIMÓ A JUGAR "LA FINAL"
Tenía el carácter de una final, de esas que no definen campeonatos, pero que determinan desenlaces. Chicago y Chacarita se jugaban en 90 minutos una porción relevante de sus pretensiones de permanencia. Y los dos guapos de barrio pu sieron varias cosas que se suelen poner en este tipo de partidos; y carecieron de las “otras”, esas que resuelven situaciones y que permiten ser exitoso ante la presión. Hubo coraje, despliegue, garra, entusiasmo. Faltaron el juego, la ambición, futbolistas menos obedientes, con sueños de superhéroe. Sobraron imprecisiones, cautela, desprolijidades. Era una final. Empataron. Y quedaron como antes de jugarla… Como si no la hubieran jugado.
Es cierto, para Chacarita el empate tuvo el significado de un mínimo respiro: evitó caer a la zona de descenso directo y mantuvo los dos puntos de ventaja sobre Chicago en la tabla de los promedios. Sin embargo, el concepto no varía: Chacarita sigue complicado. Un dato define su realidad: hace 15 partidos que no gana (desde la 15ª fecha del Apertura, 1-0 contra River).
Lo de Chicago queda explicado en ese tímido pero sintomático cantito de los hinchas, cerca del final, a modo de fastidio: “Y pongan huevo, la p… que los parió/Y pongan huevo que tenemos que ganar…”. Sucede que quedan ocho fechas y el equipo de Leonardo Madelón necesita puntos ya. Y un detalle: no depende sólo de sus resultados.
Fue un poco más Chicago. Y, por acumulación de méritos, quedó más cerca del triunfo. Pero pagó con dos puntos un pecado capital (en el fútbol): dejó pasar su momento favorable, no liquidó a su rival cuando lo tuvo a disposición, se equivocó en un centro y le empataron.
El gol de Daniel Tilger (de cabeza, tras un centro desde la derecha de Leandro Testa) fue el preciso testimonio de la diferencia entre uno y otro al cabo del primer tiempo. Con la habilidad de Elvio Martínez más el despliegue eficaz de Julián Kmet, Chicago desequilibró por los costados y allí sacó ventajas y generó las mejores situaciones.
Chacarita (en general, pero sobre todo en el primer tiempo) fue el garabato de un equipo luchando sin éxito contra sí mismo. Sin conductor, sin capacidad para generar riesgo ni juego asociado, con desaciertos defensivos, con dudas al momento de ir a buscar. Chacarita pareció, por momentos, un equipo inevitablemente condenado, a pesar de su voluntad inquebrantable.
Pero el fútbol es un territorio apto para todos los imponderables. Chicago parecía más cerca de la goleada que Chacarita del empate. Pero en su primer arribo del segundo tiempo, el ingresado Roberto Pompei tiró un corner, Jorge Casanova cabeceó por encima de todos e igualó. La anterior llegada de Chacarita había sido un penal no cobrado de César González a Mauricio Piersimone, a los cinco minutos del primer tiempo.
Para colmo, ya a los 30, el árbitro Rafael Furchi le mostró (con exageración) la roja a Jorge San Esteban y Chacarita —casi sin proponérselo— casi lo gana. Con uno menos, pero llegando de contraataque coqueteó con el triunfo. Pero no. Víctor Müller desperdició dos situaciones clarísimas. Y por eso, entre otras cosas, fue empate. En esa final que ninguno de los dos se animó a jugar…
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