No a la invasión
El Cerro de los Siete Colores, la Quebrada de Humahuaca y los cardones pre históricos quizás eran demasiado para que lo disfruten apenas 500 habitantes, cada mañana, al despertase. A lo mejor por eso es que muchos inversores llegaron para establecerse allí, o a lo mejor porque es el destino de todo inversor, ese de alterar el ritmo y el paisaje de los lugares más bonitos.
Purmamarca se queja desde su plaza convertida en una feria artesanal que tiene más de comercial que de tradicional, pero nadie la oye. De lo contrario, los que la denominaron “Lugar Histórico Nacional” hubieran tenido el buen cuidado de impedir que la arquitectura incipiente violara todas las reglas de estilo de época que la hacen tan bella.
El Cerro de los Siete Colores, de origen sedimentario y experiencia en el arte de hermosear, tanto que data de 65 millones de años, es una combinación de colores que van desde distintos tonos de ocre hasta el violáceo y que pronto tendrá que cambiar su nombre, porque ya se ven más de siete.
Pero además de lo natural, Purmamarca conserva en sus escasas manzanas pobladas uno de los diez cabildos del país que no fueron víctimas de la furia modernista y una iglesia consagrada a Santa Rosa de Lima que hace besar su cúpula con los cerros desde 1648. En quechua, Purmamarca significa “pueblo del león”. Y hay hoy algunos leones que pretenden devorársela. Será cuestión de no decir “a sus plantas rendido”.
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