NO ES BUENO QUE EL MONSTRUO ESTÉ SOLO
La saga Pepito Cibrián continúa. Ahora a través de “herederos”. Llega Frankenstein, un musical dirigido por un asistente y discípulo de Cibrián, Hernán Kuttel, y adaptado por un actor y una actriz de sus elencos. La historia escrita en 1816 por Mary Shelley durante un verano lluvioso en los alrededores de Ginebra, se podrá ver en clave musical (todos cantando y bailando), a partir del 5 de setiembre en el teatro Coliseo. Con orquesta en vivo.
En el escenario conviven mujeres en ampulosos vestidos cortesanos con bailarines en jogging y polainas, como recién salidos de la serie Fama. Entre el elenco hay una obsesión por el retrato, se sacan fotos unos a otros con camaritas digitales. En grupo, de a dos, de a tres. Afán de inmortalizar el momento sobre las tablas.
Mientras los utileros mueven una escalera gigante de mentiroso cemento, el monstruo Frankenstein se pasea solo por un costado. “Mirá que falta maquillaje, eh”, aclara el actor a la fotógrafa como diciéndole que aún queda más fealdad por mostrar. La prueba de micrófonos permite apreciar los distintos registros de cada uno de los cantantes del elenco, 38 en total. Todos repiten la obertura en su estilo. Cuando terminan, se lanza el ensayo general.
“Es peligroso, muy peligroso, creerse Dios”, advierten de entrada, cantando a los gritos, con caras amenazantes, los bailarines y cantantes de la obra. Para que quede claro. Cualquier intento en la línea del mito de Prometeo encadenado (uno de los preferidos por los anarquistas), quien robó el fuego a los Dioses aún sabiendo el castigo que le esperaba, puede terminar muy mal. Algo así como lo que escucharon Adán y Eva en sus primeros días en el Paraíso: “No coman del fruto del árbol de la inteligencia”.
“Como le pasó a Víctor Frankenstein”, pareciera querer decir el musical. El científico apasionado que deseaba crear vida y que para lograrlo no dudó en pasarse noches y noches asaltando sepulcros, buscando huesos, entre gusanos, hasta reconstruir la maravillosa máquina humana. Y le salió eso, “este inmundo ser”, “un engendro”, “un cadáver demoníaco”, como él mismo lo llama en la novela original, apenas el pobre abre los ojos.
Abogada, cantante y actriz, Tiki Lovera (adaptadora de la novela al musical junto a Gustavo Arduini) se incorporó al elenco de Pepe Cibrián a los 40 años, entre chicos de 20. Nieta del escritor chileno Pablo De Rokha (cuyo nombre lleva en la actualidad una población en la ciudad de Santiago de Chile), Tiki se fascinó con la novela de Mary Shelley por dos razones. Una: el tema de la ciencia y la ética. “Me parece que el deseo de Víctor de vencer a la muerte y crear vida sin pensar en las consecuencias de esto se relaciona a lo que pasa hoy con la clonación”, asegura Tiki apasionada.
Aunque reconoce que si ella misma se dedicara a la ciencia seguramente estaría experimentando con clones, prefiere recapacitar y autoaleccionarse: “Pero ¿qué puede pa sar? O sea, hay que hacerlo con cuidado”.
Quizás por no querer resultar tan reaccionaria decidió agregarle una frase. “Hay una parte en donde Víctor dice: ‘quizás algún otro pueda lograr lo que yo no he conseguido’. Porque en realidad es una posibilidad. No es que estamos en contra del avance de la ciencia, está bien que avance, pero hay que advertir que hay peligros y que hay que tenerlos en cuenta. Esa frase no estaba y se la agregué, porque me dije: ‘si yo no estoy en esta postura de que la ciencia no avance'”.
Sin embargo, el tema que más le impactó al leer la novela es el de la soledad y la falta de amor que sufre Frankenstein.
El monstruo —que en realidad nunca llega a tener nombre propio y recibe por extensión el de su creador Víctor Frankenstein—, es negado por su “padre”, apenas despierta a la vida. Cuando el doctor Frankenstein contempla el resultado de sus actos, se impresiona, tiene miedo y huye. “Que se haga cargo otro”.
Frankenstein queda así abandonado a su suerte, mala, por supuesto. Asusta a todo el que lo ve, sufre infinitas privaciones, frío, hambre, desprecio. “Si bien en algunos momentos la gente puede odiar a Frankenstein por lo que termina haciendo —reconoce Tiki—, yo creo que se tiene que identificar con su estado de soledad, el rechazo que sufre, la discriminación por ser distinto”.
Por eso, asegura, quisieron dotar a ese personaje con una “sensibilidad especial”. Lo mismo, con su imagen. Por ejemplo decidieron evitar los clavos que tenía en su cabeza, con los que lo inmortalizaron en la clásica versión cinematográfica que realizó James Whale en 1931.
“Queríamos que sea creíble —asegura Hernán Kuttel, el director—, buscarle la parte humana, para que llegue a la gente su conflicto de no haber pedido nacer y encontrarse con el rechazo”.
Nada hay más triste que el relato que el propio monstruo le hace a Víctor donde le cuenta cuánto deseó el contacto humano, algo de cariño y dulzura para sí. Cómo llegó a sentirse el ser más incomprendido y aislado del mundo. Sólo después de eso se convierte en asesino. “Entre los millones de seres que poblaban la Tierra no había ni uno solo capaz de sentir piedad por mí —razona el monstruo—, ¿Por qué tenía yo que ser bueno y tolerante con quienes eran mis enemigos encarnizados?”
Para Tiki la moraleja sería: “La violencia es lo que genera violencia, el hecho de no ser aceptado ni siquiera por su creador. Porque apenas tiene una muestra de ternura, él da inmediatamente”. Para fijar esa idea se tomó algunas licencias, agregar un personaje y hasta cambiarle el final. Todo en función de una pregunta: “¿qué pasaría con Frankenstein si hubiera sido recibido con amor?”
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