No es como antes (…por suerte)
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Editorial. Había una vez, una generación de jóvenes autoproclamada “maravillosa”. La maravilla que mutó en pesadilla hizo que la utopía termine en un reguero de sangre, torturas, estallidos y cadáveres en la inmensidad del Río de la Plata.
De esa historia no hubo arrepentidos, ni se propusieron regímenes legales especiales para morigerar la angustia de miles de argentinos que ignoran lo que sucedió con los jóvenes que abrazaron una causa como quien se abraza a una mina antitanques.
Otra juventud, ni más ni menos maravillosa. Ni más ni menos utópica, ni más ni menos rebelde, se tiñó, mayormente, de verde para pedirle a las instituciones republicanas y democráticas que modifiquen una ley que penaliza el aborto y enarboló otra ley en la que se establecía el “trazo fino” de una decisión del Estado que, necesariamente, debía estar acompañada con una política de acompañamiento, de educación sexual y “anticonceptivos para no morir”.
El ruido, el griterío y la intensidad del debate dejaron pasar esta mirada que puede medir dos mojones en la historia, con diferencia de 40 años.
De aquella juventud que vio la lucha armada como posibilidad de transformar la realidad y la muerte como variante posible de semejante decisión de vida a esta generación de pibes que se manifestaron frente al Congreso, lloraron y se angustiaron por el resultado de una votación para luego retirarse -más allá de alguna cámara que buscaba incidentes para justificar la presencia de móviles en el lugar-.
La diferencia en años –para la historia- es nula. Un suspiro. La evolución para la sociedad y las formas de convivencia es enorme. Sideral.
En el medio de ambas marcas y fechas calendario pasaron muchísimas cosas; agua y sangre –en demasía– corrieron bajo el puente. Y la lucha, la cotidiana de cientos de jóvenes y ex jóvenes, en lo que va del advenimiento de la democracia, hizo que ni la derecha se manifieste a través del horror, la tortura y las desapariciones de la instauración del Terrorismo de Estado, ni la izquierda grite furiosa y convencida “patria o muerte, venceremos”.
Ese equilibrio de algunos años –no los suficientes como para pensar que la locura quedó atrás- puede parecer menor visto desde este agosto de 2018. Bastaría preguntar allá por la mitad de la década del 70 si cambiarían una de sus banderas por evitar lo que, finalmente, ocurrió y fue la aparición de las bestias en plena noche.
Millones de jóvenes bajo el verde del pañuelo de la despenalización del aborto, algunos menos y varios mayores detrás del celeste pañuelo, ese que convoca a “defender las dos vidas”.
Unos por la libertad de elegir de las mujeres, los otros por la libertad de proteger a lo que consideran una vida. No se ponen de acuerdo en cuanto a cuando comienza esa vida humana, pero coinciden en algo. La diferencia se dirime en un recinto parlamentario y no en el campo de batalla matando al enemigo para arrebatarle el poder en el nombre de alguna ideología.
Cierto es, también, que de tanto escarbar puede que aparezcan los restos fósiles de los dinosaurios, como ocurrió en Santa Fe frente a la Catedral.

Fue en la plaza 25 de Mayo en que un grupo de matones agredieron cobardemente a un puñado de pibes de la manera más vil y abusiva, con golpes de puños y hasta mordidas. Los jóvenes –muchos de ellos menores de edad- pertenecían a la marea verde de millones de ciudadanos unidos por una causa concreta, los gordos siquiera representan a los azules que festejaron la no modificación de la ley.
Pero a partir de este suceso y la identificación de los violentos, se pudo saber que existe en Santa Fe -y sus miembros están entre nosotros- una agrupación electoral y partidaria abiertamente homofóbica, antisemita y pro nazi que se encuentra agazapada para aprovechar el descontento social y los niveles de violencia producida por una vida cotidiana cada vez más marcada por el estres.
Se llama Partido Vecinal, atrasan décadas y participaron de elecciones democráticas en los últimos años. Sus estandartes son réplicas absurdas de los símbolos fascistas y nazis.
Si hay un biotipo del marginal y bruto, ese rostro se pudo ver en los videos viralizados de la golpiza aunque, justamente, esta gente propugna una limpieza poblacional de aquellos que den con la categoría de “chorros” por apariencia (que es la de ello mismo, sorprendentemente).
Esto que apuntamos aquí -y la reacción de repudio absoluto de la sociedad en general, verdes, azules o rosados- brinda un argumento más acerca de una evolución de la sociedad que no tiene retorno. ¿Debería ir más rápido? Posiblemente. Pero va.
Algo similar ocurrió con Maldonado en la generalidad, la sociedad –en este caso el pueblo, por su identidad común- manifestó abiertamente su intolerancia a la represión desproporcional y a la desaparición física de personas que retrotraía a imágenes del Terrorismo de Estado.
A un lado y el otro, de la supuesta grieta, la coincidencia era Nunca Más. Debía encontrarse a Santiago Maldonado y no había chances de justificación a una desaparición forzada de personas.
No importa a este análisis el resultado, ni las valoraciones. Importa la reacción social contundente.
Es difícil poner en perspectiva la calidez del fuego ante la hoguera de las vanidades, no obstante es necesario apuntarlo, decirlo y recalcarlo.
No es lo mismo, no todo da lo mismo. Y lo más cercano a la democracia es lo que estamos viviendo en términos institucionales, más allá de lo insuficiente que resulta. Hubo una plaza colmada, vigilia bajo la lluvia, esperando el resultado de la votación de “nos los representantes”.
La plaza no fue bombardeada, y los cientos de miles volvieron a sus hogares luego de manifestarse.
Que no parezca poco… porque es muchísmo.
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