No se lo digan a nadie
Al norte de la provincia de San Juan manda Pismanta. Es un lugar bien ubicado, camino a Chile, al borde de la cordillera. Tiene lo suyo. Paisaje acogedor y termas revitalizadoras. Además, un hotel privado, cosas de este país, al que hay que acceder irremediablemente si uno desea un baño de aguas emergentes.
Pero si Pismanta es una opción económicamente inviable, Rodeo, su vecina, puede recibir a un viajero que necesite descansar. No tiene más que 5 mil habitantes el pueblito donde todavía se duerme con la puerta abierta, a menos que venga el zonda. Y le sobra naturaleza para albergar a los que, de a poco, lo han convertido en una escapada pesquera de fin de semana.
En Rodeo hay tantos álamos como vientos quieran soplarlos. Parece que el invierno se ha demorado y el otoño los peló en forma. Las hojas caídas crujen como una dentadura de niño con frío y se levantan como cometas infantiles hacia Los Andes, soñando con cruzar de contrabando del otro lado de las cumbres plateadas.
No obstante, el plato principal está al finalizar el pueblo. Allí se levanta el dique Cuesta del Viento, una obra que fue concebida para aprovechamiento hidroeléctrico pero que acabó por constituir un pingüe negocio para los que ejecutaron la obra y no cumplió más que a medias con su rol.
En el Nahuel Huapi de Bariloche dicen que se esconce Nahuelito. En cambio, en el lago que se ha formado con la construcción del dique Cuesta del Viento dicen que se esconde un negociado soberbio. En verdad, San Juan vio cómo le edificaban varios diques y cómo ninguno le solucionaba los problemas de riego ni de inundación.
Sin embargo, para el que quiere mirar mucho y preguntar poco, nada como darse una vuelta por aquí. El agua verdosa deja ver el fondo del lago donde una bandada de patos se baña como si se tratara de turistas en el Mediterráneo. El viento pone olas y las olas escalones blancos que se llevan muy bien con los colores de las montañas circundantes.
Y el tiempo se hace amigo de los patos, de las montañas y de las olas, nunca inoportuna, hasta parece que no transcurriera o, lo que es mejor, que no llegara. Es Rodeo. Vale la visita. Mucho lo vale. Para mirar. Y también para preguntar lo que será tema de otro capítulo.
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