NO SE TRATA SÓLO DE ZAPATEAR Y HACER PALMAS
El arte flamenco —mal conocido, escasamente comprendido e históricamente desprestigiado en la propia España— suma al auge que viene experimentando en estos tiempos, un condimento inesperado: profusión de artistas (especialmente bailaores), nacidos no sólo en Sevilla, Granada o Cádiz sino también en Nueva York, Lima, Kioto, Montreal o Buenos Aires. Y ya no el flamenco erróneamente entendido como la expresión espontánea de una pasión sin freno, sino como un lenguaje técnica y expresivamente muy complejo.
El flamenco en Buenos Aires tiene hoy profesionales excelentes, una cantidad asombrosa de alumnos distribuidos entre muchos maestros y un número cuantioso de espacios teatrales destinados al género. El panorama es tan amplio que para ilustrarlo sólo es posible elegir algunas personas y ciertos lugares representativos. Comencemos con el Avila, un restorán con tablado flamenco en Avenida de Mayo al 1300, regenteado por Miguel Hernández (hijo). El Avila comenzó a hacer shows hace dieciséis años y tiene en Miguel —un sujeto tan irascible que termina por ser simpático— su factotum gastronómico y artístico: “¿Si soy aficionado al flamenco? Es la única música que escucho desde niño”, dice.
¿Qué cambios vio en estos dieciséis años? Me refiero al público.
Como últimamente han venido más artistas flamencos (no estamos hablando de lo que pasó aquí en los 40 y 50), hay gente un poco más enterada y ya no te piden aquellas coplas que te pedían. No trabajo con un público de entendidos, pero mira que tampoco hay muchos entendidos en España misma. Los verdaderos entendidos son muy pocos allí y la gente en general aprecia los palos más fáciles, no digo los más comerciales, sino los más fáciles. Palos jondos como las seguiriyas (uno de los ritmos más dramáticos), son pocos los que los comprenden.
Por lo tanto en el Avila no se baila ni se canta por seguiriyas o soleares.
A veces se hacen soleares, también bulerías —más o menos festivo, según cómo se haga—; alguna rumba, quiero decir rumba catalana que no será flamenco pero tiene bastante arte.
Y terminan por sevillanas.
No, en general terminamos con rumbas. Sevillanas, se hacen dos o tres por noche. Mira, de sevillanas estoy hasta la coronilla. Los únicos que están capacitados para escuchar diez sevillanas seguidas son los sevillanos, los tontos o los japoneses. No hay quien lo aguante. Vas a la Feria de Sevilla y a las diez sevillanas quieres irte a meter la cabeza en el río.
¿Pero su público las pide?
No mucho; y si le hiciéramos caso a la gente terminaríamos en el manicomio.
¿Que días hacen show?
De jueves a sábado, seguro; los otros días, depende de la cantidad de público. Esta semana hicimos todos los días. ¿Cómo reúno a los artistas a último momento? Son del gitanal de aquí, del barrio.
Se dice que la mayoría de los artistas que están haciendo flamenco profesional hoy, pasaron antes por el Avila,
(se encoge de hombros) Será. La gente tiene el derecho de ganarse el dinero como puede y de hacer el arte que quiere. Pero yo te digo que estos muchachos que hay hoy aquí, están por encima del promedio que se escucha en Buenos Aires; tocan entre ellos, hacen flamenco con su son, su compás, con lo que tienen que tener.
¿Se elevó el gusto del público en relación al flamenco con la llegada de buenas compañías y buenos artistas?
No sé. Viene el Farruquito, que es magnífico, que tienes que sacarte el sombrero cuatro veces frente a él, pero que no alcanza a llenar el teatro; lo llenan otros que no se lo merecen.
A pocas cuadras del Avila se abrió, hace poco más de un año, el restorán y tablado Cantares. Construido en 1901 por inmigrantes andaluces, cerrado durante los últimos veinte años, fue descubierto por María Balmayor, que abrió allí un restorán español y organiza con el talentoso bailaor Claudio Arias una programación de —llamémoslo así— “flamenco-fusión”. “En los años 30 y 40 —dice Balmayor— venían aquí como parroquianos Federico García Lorca, Carmen Amaya, Miguel de Molina. Buscando un lugar para abrir un tablado encontré este subsuelo, todo en ruinas y cubierto de tierra y telarañas; todo, excepto el escenario y las luces. En Cantares hacemos los miércoles una fusión de flamenco con bolero, al estilo del Cigala; los jueves, flamenco con malambo, un contrapunto entre el zapateado de Claudio Arias y el de Adrián Vergés, campeón nacional de malambo. Los viernes y sábado se hace un flamenco más puro y los domingos, flamenco sobre poemas de García Lorca.”
De entre los profesores —elegidos con el criterio de que se encuentran en una generación treintañera y son además bailaores con actividad profesional— habla Néstor Spada: “Alicia (Fiuri, con quien comparte vida y arte) da clases desde hace trece años; yo, desde hace diez. Hemos visto muchos cambios en este tiempo; por ejemplo, que la gente está mucho más informada y cuando vienen espectáculos de flamenco auténtico pueden llenar un teatro y hacer una buena cantidad de funciones; así fue con la Yerbabuena y con la compañía del Torombo. En el caso del Farruquito, a pesar de que no hubo ninguna difusión previa, hubo mucho público del medio flamenco, más de mil personas que se enteraron con la información que corrió de boca en boca.
¿Sus alumnos tienen rasgos distintos hoy en relación a hace diez años?
Mucha gente pensaba hace diez años que el flamenco era bailar la rumba de los Gispsy Kings; ahora no nos piden siquiera que les enseñemos la rumba. Pareciera que entienden más rápidamente.
¿Tienen ustedes algún método de enseñanza especial?
Comenzamos siempre por algo sencillo: tango flamenco, que tienen un ritmo de ocho tiempos, más fácil de entrar. Y para que la gente comience a bailar algo, hacemos sevillanas, que no es flamenco pero que se ha aflamencando. En segundo año, pasamos a ritmos más complejos, sobre compases de 12 tiempos.
Es muy habitual que los alumnos avanzados tomen seminarios con maestros que vienen de España.
Son seminarios en general bastante caros, pero que se llenan. Cada maestro —la China, por ejemplo, es muy buscada— tiene sus seguidores.
En tu propio caso, también viajaste a otros países para dictar cursos.
Estuve en Uruguay, en Perú, en Brasil. Hay buen nivel en todos lados, pero no tantos alumnos como aquí. En Brasil hay buenos guitarristas flamencos, como Fernando de la Rua —no confundir con el presidente— que trabaja en España. Pero aquí hay más cantaores y guitarristas. Quiero agregarte que tres o cuatro veces al año Alicia y Jorge Pinamonti dan clases de ritmos y palmas e historia del flamenco; este es un trabajo que en Buenos Aires no hace casi nadie. Suele pasar mucho tiempo hasta que la gente que se dedica al flamenco se da cuenta de la importancia que tienen las palmas. Pinamonti se ocupa de la evolución histórica y explica los cantes y bailes del flamenco, porque también es importante saber de qué se trata lo que estamos bailando. He visto aquí y en España que mucha gente se preocupa por la coreografía o por bailar de una manera técnicamente perfecta, pero no por lo que el flamenco tiene atrás, en su historia.
Laura Manzella inició su carrera de bailaora hace catorce años y comenzó a dictar clases apenas dos años más tarde. Es una maestra muy reconocida, de la que ya han salido discípulas tan bien formadas y a la vez tan personales como Clarita Giannoni, que baila en Cantares. Manzella ha logrado abrirse paso hasta el muy prestigioso Festival de Flamenco de Alburquerque, en Nuevo México, donde se presenta como solista y a la vez dicta cursos. Su trayectoria ha tomado un rumbo curioso en este último año: fue invitada a sumarse a la programación del Cabaret Faena, para el que pensó un espectáculo de flamenco auténtico, aunque deliberadamente bizarro en la puesta en escena y en el vestuario. En lo que respecta a sus clases, este año tuvo en su estudio porteño alumnos que venían de Brasil, de Chile, de Australia, de Japón e incluso de Andalucía.
¿Cuál es la edad en la que se comienza a estudiar baile flamenco?
Aquí, en Buenos Aires, raramente antes de la adolescencia.
¿Tenés algún método propio?
Enseño primero coreografías y luego la técnica, nunca al revés. Quiero que los alumnos le tomen el gusto a la danza y que después ahonden en las dificultades. Trabajo la resistencia y la velocidad. Y también le doy una gran importancia a la presencia. En el flamenco, la actitud es fundamental.
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