OCULTO CON UN PASAMONTAÑAS, GUTIERREZ DEJÓ QUITO Y VIAJÓ A BRASILIA
Cuatro días después de que el Congreso, el pueblo movilizado y las Fuerzas Armadas, arrasaran con su gobierno en un virtual golpe de Estado, el derrocado presidente, Lucio Gutiérrez, dejó atrás la convulsionada Quito y emprendió con su familia el exilio dorado en Brasil, luego de que el gobierno de Alfredo Palacio le entregara el salvoconducto. Eran las 4 de la mañana de un domingo frío y lluvioso, el momento ideal para que el coronel burlara la guardia periodística en el frente de la residencia brasileña y partiera hacia el aeropuerto Mariscal Sucre de esta capital.
Militar al fin, Gutiérrez se preparó como quien va a la guerra, con pasamontañas y traje de fajina. Amparado por las sombras de la noche, el ex coronel que apenas un año y tres meses atrás había asumido el poder tras obtener el 53 por ciento de los votos, se camufló en el interior de una camioneta 4×4. Con él iban otros tres militares, también con el rostro cubierto.
En la entrada principal de la residencia de Sergio Florencio Sobrinho una cofradía de periodistas hacían guardia, acompañada por no más de 20 “forajidos” que para mitigar el frío y la lluvia habían bebido demasiado. Cuando se abrió el portón del frente, los camarógrafos se agolparon frente a una 4×4 roja para tomar las últimas imágenes del naufragio, pero sólo era un simulacro para evadir la molesta custodio periodística.
Por la puerta trasera, a espaldas de la norteña Avenida 12 de octubre de esta capital, Lucio Gutiérrez —disfrazado del Subcomandante Marcos— y otros tres militares escapaban en otra 4×4, esta vez blanca.
Sólo un camarógrafo de una cadena local logró captar con nitidez y precisión ese momento por la puerta trasera. El inconfundible perfil árabe del ex presidente andino —esa nariz ancha y curvada en la punta—, se dibujaba detrás de los vidrios polarizados. En el aeropuerto Mariscal Sucre, a escasos minutos de la residencia, lo esperaba un helicóptero del ejército, acaso el mismo que lo había sacado apenas cuatro días antes del Palacio de Carondelet, en una imagen conocida por los argentinos. A bordo del aparato viajaría con su mujer Ximena y su hija Carina, de 15 años. La mayor, Viviana, de 20, —al parecer— para no perder sus estudios, se quedó en la capital ecuatoriana.
A las 5.50, cuando el cielo dejaba de ser negro, se volvía azulado y los cerros se dejaban ver, los Gutiérrez aterrizaron en la base aérea de Latacunga, 80 kilómetros al sur de Quito. En la pista, un Embraer de la Fuerza Aérea Brasileña los llevaría a territorio seguro: Brasilia y refugio de dictadores paraguayos como Alfredo Stroessner, el ex general Lino Oviedo o el ex presidente Raúl Cubas.
A las dos de la tarde de Brasil, la misma hora en la Argentina y el mediodía ecuatoriano, Gutiérrez desembarcaba en la capital brasileña, luego de que el avión de la FAB hiciera una escala técnica en Río Branco, capital de l estado de Acre.
El embajador de Brasil sintió que su pesadilla había llegado a su fin. Había vivido los últimos cuatro días, virtualmente, bajo el asedio de un puñado de manifestantes que, ante la indiferencia de las autoridades locales, le habían bloqueado su casa e, incluso, habían atacado a un colaborador y su auto cuando intentaban salir de la residencia.
“El intentaba mostrarse fuerte, calmado, pero estaba deprimido. El decía que la vida es así, pero estaba golpeado”, contó el embajador.
Lucio Gutiérrez había llegado el miércoles a las 16.30 a la residencia del embajador brasileño, luego de un “raid” en helicóptero que lo llevó al aeropuerto Mariscal Sucre para volar desde allí hacia las afueras de Quito. Pero una manifestación de “forajidos” que copó hasta las pistas se lo impidió.
Salió de allí en un vehículo y por celular se comunicó con la Embajada. A los cinco minutos lo autorizaron a asilarse. Llegó en el baúl de un auto color beige, al que le hicieron un agujero para que pudiera respirar, vestido con una camiseta del club quiteño Deportivo Aucas, un pantalón gastado, zapatillas y una gorra.
Según confiaron a Clarín fuentes diplomáticas, Gutiérrez pasó la mayor parte del tiempo en el segundo piso del señorial caserón de 1940. “El sábado, la cocinera quería hacer una feijoada, pero como ya teníamos el salvoconducto y podríamos salir en cualquier momento, decidimos no hacerla”, contó el embajador.
En menos de una semana a Lucio Gutiérrez le pusieron entre las cuerdas los “forajidos”, clase media convocada en manifestaciones por los móviles y el e-mail. El miércoles, las Fuerzas Armadas le bajaron el pulgar y el Congreso lo destituyó entre gallos y medianoche, y a las apuradas, por “abandono” de cargo, pese a estar solo, descompuesto y lloroso, en su despacho del Palacio de Carondelet.
Ayer, cuando Quito se despertó para vestirse de domingo de misa, y rendirle homenaje a la Virgen de la Dolorosa, Gutiérrez sentía en carne propio el dolor de ya no ser.
Este contenido no está abierto a comentarios

