OFENSIVA DEL GOBIERNO NACIONAL POR LAS MALVINAS
“Lo que queremos es negociar con profesionalidad. Buscamos restablecer en el plano diplomático la igualdad que, sabemos, no tenemos en el terreno económico y político. No pueden confundir el hecho de colocar la conversación en el plano racional con un comportamiento hostil”, dijo a LA NACIÓN uno de los funcionarios argentinos encargados de delinear la política sobre Malvinas.
La aparición del libro “Official History of the Falklands Campaign” (La Historia Oficial de la Campaña de las Malvinas), obra que el gobierno inglés encargó al historiador Lawrence Freeman (ver aparte), no hizo más que ratificar la posición que la administración Kirchner tuvo hasta ahora.
En el Palacio San Martín no quieren que se hable de “endurecimiento de la política”, aunque en los hechos lo es. Argumentan que la relación bilateral marcha por carriles de “profesionalidad absoluta” y que para que una negociación sea tal, todas las partes deben ceder con el propósito de llegar a un acuerdo mutuo.
En el caso concreto de Malvinas, los avances que se han registrado en cuestiones como la pesca, el desminado o el vuelo semanal que une el continente con el archipiélago -y que una vez al mes hace escala en Santa Cruz- se dieron “como parte de la restauración de la confianza mutua para llegar, en última instancia, a discutir la soberanía. En la medida en que ellos [por los ingleses] consienten el avance en las negociaciones, aceptan que se hable de soberanía”, explicó un diplomático.
El año pasado fue, según la visión de funcionarios británicos, “el peor momento” en las relaciones bilaterales desde el conflicto de 1982. Es más, antes de dejar la embajada en Buenos Aires, hace un año, Robin Christopher, aseguró que la administración de Tony Blair había “perdido la confianza” en la Casa Rosada por el tema Malvinas.
Los cortocircuitos comenzaron en noviembre de 2003, cuando la Argentina dejó de autorizar los vuelos chárter a las islas hasta tanto se aceptara que una compañía de bandera nacional pudiera unir el continente con las Malvinas. La temporada turística de cruceros que llegan al archipiélago hizo agua.
En abril de 2004, los chisporroteos fueron provocados por una incursión del rompehielos Almirante Irízar en lo que los ingleses, de modo unilateral, denominan “zona de exclusión”.
Como respuesta a la “política hostil” de la Argentina, el gobierno isleño no autorizó un vuelo humanitario de familiares de argentinos caídos en la guerra que aún no han podido inaugurar un monumento que construyeron en el cementerio de Darwin con el financiamiento de particulares. El último capítulo en la historia de desencuentros fue el duro cruce que protagonizaron Bielsa y los isleños en Naciones Unidas, hace un par de semanas.
Fuentes del gobierno argentino dijeron a LA NACIÓN que el libro de algo más de 1100 páginas, que cuesta alrededor de 500 pesos y que anteayer salió a la venta en Londres, no hace más que “blanquear” buena parte de los datos que ya se conocían.
Citan como ejemplo la difundida gestión del secretario de Estado británico, Nicholas Ridley, quien poco antes de la guerra de 1982 fue enviado por el gobierno de Margaret Thatcher para sondear la recepción de una propuesta que incluía “el traspaso de la soberanía sobre las islas” a los veinte años.
Sin embargo, contar ahora con información oficial británica respecto de cuestiones como el hundimiento del crucero Belgrano cuando se encontraba fuera de la zona de exclusión y a pesar de confirmarse que el buque se dirigía hacia el continente, o que hubo barcos británicos que estuvieron en el escenario del conflicto con armas nucleares, hace que funcionarios argentinos analicen “de modo detallado” si son viables acciones jurídicas o diplomáticas.
“Se trata de la interpretación británica del conflicto. Lo leeremos con mucha atención y lo cotejaremos con los datos argentinos”, fue la escueta respuesta del embajador argentino en Londres, Federico Mirré, al ser consultado ayer por LA NACIÓN.
Más allá de las acaloradas interpretaciones que disparó la aparición del libro, la gruesa capa de hielo que cubre las relaciones bilaterales -de modo particular, el capítulo de los vuelos chárter- parece no haber sufrido la más mínima variación.
“Esperamos que haya una propuesta satisfactoria”, dijo uno de los funcionarios argentinos encargados de la negociación cuando se lo consultó respecto de la posibilidad de que la Argentina fuera la que moviera la próxima ficha. Un detalle, no menor, es que en la vereda de enfrente la postura británica es idéntica: “Esperamos una contrapropuesta”, dicen.
La mayoría de los pronósticos indica que el virtual diálogo de sordos seguirá invariable por lo menos hasta fin de año, cuando los políticos argentinos y los isleños hayan sorteado las elecciones programadas para octubre y noviembre, respectivamente.
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