“Ojalá pueda irme a otro lugar donde no haga tanto frío”
La familia Alvez vivía en el barrio Pompeya hace poco más de un año. Fue cuando las aguas del río Salado entraron prepotentes a su casilla precaria ubicada en la esquina de Larrea y Dr. Zavalla. La “casa”, de chapa y cartón, se desmoronó y con ella la heladera, el televisor, las camas y sus cuatro ocupantes: Liliana, Carlos, Casandra y Leonela.Alcanzaron a huir del agua, pero no de las enfermedades. Los integrantes de la familia Alvez contrajeron leptospirosis y se trataron la afección en el Hospital de Niños, las nenas, y en el Iturraspe, los padres. Pero el derrotero de “los inundados” lejos estuvo ahí de poner un cierre. Se curaron de “la enfermedad de las ratas” – dice Liliana – y se instalaron en otra casilla, la del padre de Carlos, ubicada en Larrea y Urquiza, en la Vecinal Villa Elsa. Ahora, y desde hace seis meses, viven – o malviven – en el complejo de inundados levantado en San Lorenzo y Gorriti, en el Barrio 29 de abril, o “villa plastiquito”, como le dicen los vecinos, por las estructuras plásticas de las casillas.Ese barrio quedó inaugurado el 6 de febrero de este año, en medio del sofocante calor y el hediondo olor de los basurales cercanos. Al momento de la inauguración no contaba ni con instalación de agua corriente ni tampoco de energía eléctrica. “Recién hoy estaban colocando los caños para el agua”, se lamenta Liliana.En esa casa, o casilla, vive la Familia Alvez. Más precisamente en la Manzana 2, Casa 4. Ahora son cinco, porque se sumó el papá de Carlos, que aparece por la tarde, detrás del encandilante sol que cae por el oeste. Entre los cinco, sobresale Leonela Guadalupe, chiquita, de sonrisa amplia, dientes blancos y piernas flácidas. Tiene 13 años y pesa 18 kilos. “Tiene desnutrición crónica, de tercer grado”, dice la mamá. “Además tiene luxación de caderas y es cardíaca – dirá otra vez Liliana – otro problema que tiene es que no elimina la grasa del intestino grueso, los médicos nos dijeron que puede ser genético”. La hermana, Casandra Vanesa, tiene diez años y pesa 24 kilos.Leonela se trató en varios nosocomios santafesinos, incluso realizó varias consultas en el Hospital de Niños de Buenos Aires “Profesor Juan Garrahan”. Allí, la doctora María de los Milagros Uchina certificó el 8 de agosto: “Leonela presenta desnutrición crónica agudizada, por lo que es necesaria ayuda nutricional mensualmente (leche, fideos, yogurt, carnes) ya que los padres no tienen trabajo y la situación de la niña es de riesgo”.Los perros juegan, dispersos. Se suman unos cuantos gatos. Todos pulgosos. Se agrega una lechucita, de ojos amarillos, vidriosos, grandes. Liliana apunta: “hace como cinco meses que no nos dan la caja de nutrición, porque dicen que las nenas son grandes. Sólo nos dan la caja común, pero la última fue hace dos meses y traía cinco kilos de harina de maíz y un litro de aceite”, se queja la mamá de Leonela y Casandra, que dice ser rosarina y cobrar un plan Jefa de Hogar desde hace dos meses. “Carlos quiere, pero no consigue trabajo”.EL FRÍO EN LOS HUESOSLeonela se entretiene con los perritos. Cuando se ríe sobresalen los dientes delanteros, las paletas, blancas. Camina con dificultad, lo suficiente para hacer unos pasitos de la casilla a la calle. “Voy a quinto grado de la Escuela 1.341, como me inundé, me vine a vivir acá, hace cinco meses”, dice. “Me gusta esta casa, pero lo que pasa es que cuando hace mucho frío afuera, paso mucho frío adentro”, se queja y hace un gesto, pasándose las manos por los brazos, como frotándose. “Cuando duermo contra la pared me da mucho frío en la espalda. Me gustaría vivir en una casita que sea como esta, pero no tan fría, en cualquier otro lado, porque yo tengo que estar en un lugar ni tan frío ni tan caluroso, que sea estable, porque tengo problemas en las caderas, los ojos, tengo desnutrición crónica y parálisis facial”.Allí vive Leonela, atravesada por varios dramas. El desempleo de los padres, la inundación del río, la pobreza, el hambre, la enfermedad y el olvido. Solo parece no haber incorporado al inventario de pérdidas, la sonrisa fresca, la lucidez y unas ganas tremendas de despertar, al otro día, sin la espalda fría.
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