OJO ALEMÁN PARA EL CINE ARGENTINO
Cuando nuestro entrevistado posaba ante el fotógrafo, en el salón de su hotel, los empleados contemplaban la escena convencidos de que el huésped era un joven actor “americano”. Es lo que aparenta, con su porte juvenil y seductor, su metro noventa de altura y su mechón dorado, el inquieto Wieland Speck, que no es “americano”, ni actor, ni tan joven: dirige la prestigiosa sección Panorama del Festival de Berlín, en el que trabaja desde 1982. Nació en Alemania hace 52 años y en ésta, su tercera visita a Buenos Aires, no ha hecho más que ver films argentinos durante casi tres días (acompañado por el crítico Luciano Monteagudo, referente local de la Berlinale), con miras a elegir material para la edición 2004 de su festival.
Versatilidad
“En realidad, comencé como actor”, confiesa el visitante alemán, como para explicar su versatilidad para posar en la sesión de fotos. Pero aclara que pronto se puso del otro lado de la cámara, como videasta. De ahí pasó al cine y realizó varios cortometrajes hasta que, ya en los años ochenta, se dejó ganar por tareas de organización del festival.
Se sabe que la Berlinale -que se celebra anualmente en febrero- conforma, con Cannes y Venecia, la plana mayor de los festivales internacionales. Desde hace tres décadas, en esta muestra hay un área en la que rigen criterios no convencionales para la selección de films. Este espacio se gestó en Berlín hacia 1971, con el llamado Forum de Cine Joven, originariamente reducto de cineastas bisoños y rebeldes, emergentes del Mayo del 68, que mostraban allí los resultados de su experimentación. Fue el legendario Moritz de Hadeln (hoy director de la Mostra de Venecia) quien a principios de los años ochenta instituyó un área intermedia entre el cine informal del Forum y la rigidez de los films de la competencia oficial. Se la confió a otro prestigioso curador, Manfred Salzgeber, fundador de la sección Panorama (en sus inicios denominada Infoschau), que convocó a expresiones a medio camino entre lo decididamente experimental y un cine algo más profesional, lo que hoy se conoce como cine independiente.
Salzgeber tuvo, en esos tempranos ochenta, un asistente juvenil emprendedor que venía perfilándose como cortometrajista: aquí reencontramos, como al final de un racconto, a Wieland Speck, nuestro actual huésped, que desde hace diez años es el sucesor de Salzgeber en la dirección de Panorama. “Este espacio permitió la consagración de cinematografías y de cineastas hoy reconocidos internacionalmente”, señala Wieland, y como casos concretos menciona a Gus van Sant, Tsai Ming-liang, Aleksander Sokurov y muchos de los productos -hoy de moda en el mundo- de la cinematografía de Corea: “Hoy, el coreano Kim Ki-duk, el de “La isla”, es una estrella, pero su primera película asomó en Panorama”, argumenta Speck con orgullo.
Desde 1992
Al hacerse cargo de esta sección, en 1992, Wieland continuó aplicando los criterios de su antecesor, esto es, atender a los gustos del público berlinés, afecto a temas fuertes, que exigen coraje cívico, y a estéticas atrevidas, en films cuya exhibición en esa paralela del festival apunta a compradores que luego los distribuirán en Alemania y en toda Europa. Cabía averiguar si el cine que se produce en América latina responde a esas premisas. “Por suerte, sí -responde Speck-. Vine a Buenos Aires por primera vez hace seis años, seguro de que lo encontraría.” En esa ocasión se llevó “Un crisantemo estalla en Cinco Esquinas”, de Daniel Burman, que abrió la sección Panorama del Festival de Berlín de 1998. “El cine asiático ya se había impuesto en el mundo, y ahora le tocaba el turno a América latina”, agrega.
En algunos países de este continente al curador no le resulta fácil el acceso al material que le interesa, y para facilitar la tarea se vale de delegados en la Argentina, Colombia, Brasil, Paraguay, México y Bolivia. “Tratamos de mostrar, sobre todo a la prensa, manifestaciones nuevas -señala Wieland-, pero también hay expresiones clásicas que, aún lejos en el tiempo, han quedado en la memoria, como el cine de Manuel Antín o el de Glauber Rocha.”
Hay una pregunta de rigor, de interés central para el cinéfilo argentino:
-¿Qué encontró en los films que vio en estos días en Buenos Aires?
-Vi dieciséis largometrajes y diez cortos. Sería prematuro decir algo acerca de ellos porque la selección es un proceso lento que recién empieza, pero no deja de sorprenderme la calidad de lo que hay, considerando las deficiencias económicas por las que atraviesa aquí la industria. No veo grandes diferencias respecto de lo que encontré en las visitas anteriores, esto es, cuando seleccioné la de Burman, en 1997, y “La ciénaga”, de Lucrecia Martel, en 2000, que no incluí en mi sección sino en la competencia oficial de 2001, en la que se llevó el Premio Alfred Bauer. En cuanto a la energía puesta en los films, no advierto grandes cambios; más bien hay una continuidad.
-Respecto de lo que se hace en el resto de América latina, ¿cómo está nuestro cine, tanto en lo técnico como en lo estético?
-Creo que lo más importante que se produce en esta parte del mundo se centra en tres áreas: el cine de América Central, en México (que es un mundo aparte), el de Brasil y el de la Argentina. Lo que se hace aquí maneja un lenguaje muy actual y una técnica avanzada. La mayor diferencia del cine argentino con los otros dos reside en un cierto parentesco con el de España, aunque éste hoy no está atravesando por una etapa fuerte, sobre todo considerando que Berlín era, para España, el festival más importante. De hecho, la primera repercusión internacional de Pedro Almodóvar, con su tercera película, “La ley del deseo”, en 1987, fue gracias a Berlín.
El Festival de Berlín tuvo su mayor desarrollo durante la prolongada conducción de Moritz de Hadeln (veintidós años). En 2001 fue reemplazado por el actual director, Dieter Kosslick. Wieland afirma que no se ha verificado un cambio sustancial en este trasvasamiento, después de tantos años. “Sin embargo, hay una marcada diferencia en cuanto a estilo -apunta-. De Hadeln es un funcionario a la vieja usanza, muy profesional, un tanto distante; Kosslick es un comunicador, totalmente en otra línea: abraza a la gente, a la vida, a la industria. De todos modos, De Hadeln es un luchador, y le sacudirá el polvo a Venecia. Es conservador, con las prerrogativas de su ascendencia, la aristocracia europea de varios países, pero curiosamente con pensamiento de izquierda, un poco a lo Visconti.”
En la despedida, Wieland Speck pone un énfasis especial en destacar la labor que despliega el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires: “En sólo cinco años -señala- ha creado un enorme respeto internacional por su fomento de la cinematografía independiente, sobre todo ante el público general. En este sentido hay semejanzas con Berlín, donde no funcionan las mismas reglas que en Cannes (las estrellas, el glamour, la exhibición en la playa), sino un contacto con el público común y una pasión por el verdadero cine.”
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