Óleo de mujer con sombrero
Hay muchos recovecos para llegar a Tafí del Valle pero ninguno para ir a la casa de Isidora Alvarez de Guanco, la coplera del pueblo. Sus coplas le queman en la garganta, como los vinos amigos que se ha tomado y como el horno donde se cuecen las empanadas que sus manos, cuando dejan la caja, preparan para el vecindario, en ese paraíso donde todos se conocen.
“La Isidora” es demasiado grande para ser tan bajita. Una trenza le sujeta la cabellera y unas polleras se le caen casi hasta el piso como cuando galopaba montando “el Colorao”, ese pingo que, cerca de los 70, sus hijos no la dejan merodear más. Por tener de oro la garganta es que le han dado “El queso de Oro”, premio para los mejores del valle y por tener el vino prohibido, es que le brotan las penas y las coplas.
Isidora canta coplas desde que era chiquita, cuando le robó la caja a su mamá y no le importó que le dieran una paliza. Se fue al río a cantar una vez y no dejó de ir nunca. Se pasó la vida cantando a caballo, para el pueblo o en los escenarios, sin que importara nada porque la cuestión era cantar lo que el alma mandara.
Siempre tiene a mano la caja y los palillos, como también el recuerdo para su compinche Rosita Guanco, la otra coplera de Tafí que se fue a tocar más alto de las montañas. También guarda los recuerdos por su marido como un tesoro y los rezos a la virgencita del Valle como una obligación. Es que Isidora, vida de coplas, no ha tenido nada fácil.
Muchos se preguntan que tiene “La Isidorita”, que León Gieco la llevó a cantar con él, Leda Valladares le grabó unas coplas, Miguel Angel Estrella la reverencia y Mercedes Sosa anda preguntando por ella cada vez que vuelve a su Tucumán. Y no hay que preguntarse tanto. Nomás es cuestión de pararse un rato delante de Isidora Alvarez de Guanco y sentirla un poco, escucharla otro.
Habla desde un lugar que ha de llamarse el alma y canta con las tripas en la mano, como se canta para hacer rebotar la música en la montaña o para que se sepa lo que es cantar. Nació en el Valle de Tafí y nunca se va a morir allí ni en ninguna otra parte porque las esquinas la nombran, los poetas la guardaron en versos y las nietas quieren ser como ella.
Sin haber leído a Bécquer, “tiene alegre la tristeza y triste el vino”. Sabe que no es la misma desde que le dijo adiós a la bebida pero también sabe que si seguía tomando no iba a poder cantar más y “la copla es mi vida”, se apura a aclarar, como si uno necesitara algo más que sentirla para darse cuenta.
Isidora Alvarez de Guanco se llama la coplera del pueblo, hija del valle, la que llega más hondo, la que tiene los ojos profundos y marrones como la montaña y la que no cobra poco o nada por cantar en Cosquín o donde la llamen porque –ya lo dijo- la copla es su vida. Si se dan una vueltita por Tafí, pasen a verla. Les hará un guiño o unos tamales y les cantará quiénes somos.
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