ONCE AÑOS SIN TÍTULOS
Dolía ver su dolor. Era, más que nunca antes y que nunca después, el dolor de todos. No hacía falta que dijera su frase espontánea, lacerante, triste, inolvidable, para que cada argentino comprobara que detrás de sus ojos vidriosos había un vacío de los que no se pueden llenar. En el mismo día en que se cumplían ocho años y 24 horas de su coronación en México, el mismo jueves 30 de junio de 1994, Diego Armando Maradona vio por primera vez en 16 años un partido de la Selección en un Mundial desde afuera. Estaba destruido, sin reacción. El control antidoping había dado positivo.
Ya había llorado a solas en la habitación 714 del Sheraton Park Central de Dallas. El sentimiento más visceral quedó reflejado en una entrevista del periodista Adrián Paenza, para Canal 13: “Me cortaron las piernas, me arrancaron el corazón… ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer con mi vida?”, decía y se preguntaba con la voz quebradiza, con el llanto guardado en algún lugar de su corazón deshecho. Y después, con las lágrimas inevitables. Fue un testimonio sin tiempo, sin espacio, sin rating. Con su alma maltrecha. Hoy se cumplen 10 años de aquel jueves desencantador, el de la frase memorable, el de la tristeza de Diego y de todos.
Desde la Copa América de 1993, la Selección mayor de Argentina no gana nada. No sólo eso. Hay más: 1) Quedó eliminado en los octavos de final del Mundial de los Estados Unidos (2-3 contra Rumania en octavos). 2) En Francia 1998 terminó sexto, tras caer en los cuartos (1-2 contra Holanda). 3) En la Copa del Mundo de Oriente, en 2002, no pasó la primera ronda. 4) En las tres Copas América (dos con Passarella; una con Bielsa) que disputó nunca superó los cuartos de final.
Apenas se pueden mencionar entre los éxitos el primer lugar en las Eliminatorias para Francia y Japón-Corea. Y el muy buen 2001 de la Selección de Marcelo Bielsa, que terminó ese año invicta y reconocida por la FIFA como “La Selección del Año”. Y algunas consagraciones en Juveniles: la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, los Mundiales Sub 20 de 1995, 1997 y 2001, los Panamericanos 1995 y 2003, el Preolímpico 2004. Y punto. Nada como en los días de Diego. ¿Casualidad? No parece. Algo parecido le sucedió a Brasil en la era post Pelé: 24 años sin grandes títulos ni finales mundiales (de 1970 a 1994). Apenas se le puede contar entre los triunfos la Copa América de 1989, como local.
En estos diez años pasaron sólo dos entrenadores: Daniel Passarella y Marcelo Bielsa. Con un detalle que debe ser interpretado como positivo: se respetaron los contratos a rajatabla. Más: a pesar del fracaso de la Selección en la Copa del Mundo de 2002, a Bielsa se le renovó el contrato. “Este fue el mayor logro de mi carrera como entrenador”, dijo el actual técnico con relación a esta decisión que, tras el dolor de Miyagi (1-1 frente a Suecia), sorprendió a casi todos.
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Maradona volvió a jugar en Boca (31 partidos y 7 goles) tras la suspensión por dóping, que se levantó el 30 de septiembre de 1995. También fue técnico de Racing y de Mandiyú. Se fue, regresó, volvió a irse. Soñó que era posible el eterno retorno. Vivió como siempre: sin límites, con verborragia, con excesos, con generosidad, con picardía.
Y mientras Diego era noticia por todo menos por su luz de crack universal, la Selección atravesaba caminos sin ese líder necesario, capaz de sacarlo de los momentos duros. Sin esa figura proclive a absorber las presiones ajenas y deshacerlas con su talento. Sin ese hombre inquebrantable que marcaba el rumbo con el gesto valioso de jugar con el tobillo hecho una sandía, averiado, como en el Mundial de Italia 1990.
Pasaron muy buenos jugadores: Gabriel Batistuta, Claudio Caniggia, Diego Simeone, Roberto Ayala, Juan Sebastián Verón, Pablo Aimar, Walter Samuel… Pero ninguno pudo asumir el rol maradoniano. Ni siquiera en los mejores días del Kaiser Passarella; tampoco en los momentos felices del Loco Bielsa. Nunca. Incluso, ante los momentos menos gratos de esos dos ciclos, brotó (y brota) el “Maradoooo/Maradoooo…”, a modo de tributo al pasado, pero sobre todo de reprobación al presente. Ese presente que hoy continuará frente a Perú, en Estados Unidos. Ese presente que extraña a su pasado más glorioso. A ese Diego al que hace una década le cortaban las piernas…
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