Opinión: Consecuencias de la política ligera
La “Era Balbarrey” está llegando a su fin. Con mucha pena y nada de gloria. O apenas la gloria que le atribuye haberle devuelto el T.C 2000 a Santa Fe: ¿alguien recuerda a algún dirigente político serio, levantar la bandera de una competencia deportiva cómo ejemplo de “ejecución” de un plan de gobierno?
Balbarrey empieza a despedirse, y antes de que las urnas lo sepulten en otro doloroso pasado, los concejales que legitima e institucionalmente crearon la Comisión Investigadora que relevó los hechos ocurridos en las últimas inundaciones, le acaban de dar un golpe letal y de difícil reversibilidad: Balbarrey, tal como lo demuestran las 60 fojas del minucioso dictamen, deberá explicar porque no hizo antes, no dispuso durante, ni sancionó después.
Sobre eso, hay mucho escrito, y demasiadas preguntas sin responder. Ahora prefiero decir lo que algunos- abonados a suculentas cuentas publicitarias que el futuro promete esclarecer- prefieren ignorar y eludir, aún a cuesta del visible deterioro socio-cultural que sufre la ciudad y que indisimulablemente agravó la gestión (o la No gestión) del recoleto ingeniero a cargo del sillón de Muttis.
El paso de Balbarrey por calle Salta es el auténtico resultado de la ligereza, de la picardía, del negocio fácil, de la improvisación, del corto placismo. Devenido en intendente a consecuencia de sus amistades y abrazos proselitistas, el Ingeniero plasmó sobre los años de administración lo que los adjetivos arriba expuestos pueden pasmar: un estado ausente, abandónico de los sectores que lo votaron, negocios sucios (de poca y alta monta), funcionarios impresentables, comunicadores pagados hasta la ignominia del servilismo, y lo peor de todo: la ausencia de un plan real que comenzara a torcer el rumbo de una ciudad que lo reclamaba a gritos.
No se cambian las ciudades con “eventos”. Las ciudades se adornan y se perfeccionan con eventos, pero no se construye sobre ellos ninguna solidez estructural. La lluvia de marzo terminó por deshilachar las fantasías que se habían tejido sobre este asunto.
La ciudad de Santa Fe, tenía la obligación de contar con obras estructurales que evitaran una nueva tragedia, con desagües, con limpieza de los desagües insuficientes existentes, con controles de reservorios, con sistemas de bombeo que la defendieran del imponderable pluvial, con plan de contingencias, con funcionarios probos y capacitados, y honestos, que supieran afrontar una crisis de emergencias. Todo eso falló. O no se hizo, o no se quiso hacer.
Balbarrey es la expresión de la ligereza, en tiempos en los que necesitábamos profundidad. Por eso fracasó, por eso se despide por la puerta de atrás dando manotazos desesperados prometiendo hacer hasta el 2010 lo que no hizo desde el 2003. Muecas que se transforman en caricaturas de afiche electoral. Levedades que en el espejo le devuelven una imagen patética y final.
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